miércoles, 13 de mayo de 2026

…por si alguien ha muerto

 …por si alguien ha muerto

 

Una charada coral de antes de la pandemia

 

1

 “Vengo por sí alguien a muerto. Clavo los ojos en la mesa; en la pequeña taza de porcelana blanca con una lista azul. Observo el portátil de baja* de la mesa y encendido. Es entonces cuando me percato de que sigue ahí, y de que lo sabía todo. No puedo hacer nada para remediar la situación... Demasiado tarde. No creo que pueda llegar a mi destino...

* de baja: debajo

Informe Geir

El subinspector entra en el lugar del crimen, observa todo minuciosamente y, después de un tiempo largo que parece de contemplación, dice:

     —El asesino es gallego o tiene alguna conexión con Galicia, probablemente de Pontevedra.

     —¿Y como puede saberlo? —contesta el ayudante.

     —La porcelana con el decorado azul es típico de Galicia, este concretamente es de Sargadelos, y además el salvapantalla del ordenador encendido tiene abierto un periódico de Pontevedra: ”Diario de Pontevedra” .

      —Estamos ante de un caso de ajuste de cuentas entre las ligas de contrabando en Galicia.

     —Parece que no llegaron a su destino… Sigue buscando, necesitamos más pistas”

 2

 El comisario retoma el último informe, y lo desecha. Tras la ventana trepida la ciudad. Su mirada se pierde por el cristal durante unos segundos, pero solo ve el puzzle sin componer y las piezas dispersas sobre su escritorio. 

Antes de esfumarse, Inés dejó una nota con una corrección. La examina de nuevo. De todos los documentos, lo único cierto son las desapariciones. De pronto lo entiende. “*debajo”. Es la clave. Toma el teléfono y hace una llamada.

     —Teniente Sabaté, ¿está segura de que el portátil sigue encendido bajo la mesa?

 3

 La respuesta le reafirma en sus sospechas. Le parece inverosímil, pero, a lo largo de sus muchos años de servicio en la ciudad, otras hipótesis suyas, muy poco ortodoxas, habían confirmado su buen juicio. No obstante, como no puede ser de otro modo, se cuida mucho de destapar sus cartas ante sus subordinados. Conoce chascos chuscos muy sonados. Antes debe atar convincentemente los cabos. El caso está adecuadamente enfocado. Un asunto cobra prioridad, y el comisario Wyo —ese es su nombre— ordena tajante:

     —¡Que bajo ninguna circunstancia se desconecte, ni se apague, ese maldito ordenador, teniente Sabaté! Ocúpese de que se cumpla esta orden.

     Cuelga con un golpe seco; con mano firme aferra el vaso de whisky y se lo echa al coleto de un trago.

 

Informe Maravillas

 

Con desesperación miré al pequeño ordenador sabiendo que él despejaría todas mis dudas sobre el asesinato. Pero, ¿cómo salir de allí? De repente me di cuenta de que al lado estaba el pasillo de acceso a la caseta de jardinería: la puerta entreabierta parecía que me invitaba a entrar... Al salir cogí el portátil y, ya en el pasillo, me encontré con varios empleados, pero sin levantar sospechas, pues ¿quién iba a sospechar de un simple jardinero...?

     Al cruzar la verja empezaron a sonar las alarmas, ¡Habían descubierto que ya no estaba allí el aparato!

     Corrí a toda prisa hasta llegar al lugar donde había quedado con el inspector González, mi jefe.

     —Aquí tiene hah, hah, creo que él hah, hah lo sabe todo.

     —Bien, bien, Zapata, nunca me defraudas. Pero relájate, hombre, que ya todo ha pasado. Vamos a tomarnos algo.

     Ya en el bar pedimos un café, y, para mi sorpresa, la taza era idéntica a la que había encima de la mesa: de porcelana blanca y con una lista azul.

     —Nos están siguiendo, jefe! Y ésta es la prueba...   

 4

 Su experiencia, maldita sea, le aconseja no dejarse llevar por la primera impresión: por lo evidente. Suele llamar a engaño, maldita sea, dice, como le pasó a Juan, que llegó a casa y se encontró a su esposa y a Luis, su mejor amigo, desnudos en la cama. Justo cuando estaba a punto de decir algo, Luis se levantó de un salto y le espetó:

     —Espera, espera, colega, ¿a quién vas a creer, a tus ojos o a mí? Es fácil dejarse llevar por el momento, le razona, pero, blanco y en botella..., no necesariamente siempre es… eso.

     El empirismo le lleva al análisis de la información para determinar si es fiable. Y en el caso que le ocupa, advierte que la taza de porcelana tiene rasgos fenicios, más característicos de la costa mediterránea que de la atlántica.

     A la vista de este dato, piensa, es imprescindible dilucidar quien ordenó a la Sargento Inés que fuera a ver si había algún muerto, sin prevenirla de los riesgos…

     El comisario Wyo, satisfecho de su progreso, se sirve otro lingotazo.

 5

 Wyo abre “Platón y un ornitorrinco entran en un bar…”, de Thomas Cathcart y Daniel Klein, y lee:

  “…lo que determina la conducta humana son una serie de condicionantes biológicos inconscientes.”

     Este Freud es la leche, piensa. El portátil, sobre su escritorio, parece mirarle con temor. Está como a la expectativa, o sea, en stanbay.

     Wyo suelta el libro, toma un sorbo de Jhony Walker y se encara con el dispositivo. Éste se ilumina y muestra la última búsqueda.

     —¡Escupe!, —le dice Wyo. Y la página abre el itinerario que alguien había planificado para un viaje de fin de semana.

 

6 (flash-back)

 

Wyo se recuestaba en su sillón, ponía su nuca contra sus palmas entrelazadas, sus pies apuntando al techo desde el escritorio, y se dedicaba a divagar, considerando lo útil que fue su reflexión de ayer: 

“una habitación, una taza, un portátil. Y dos desapariciones. No hay muerto. La habitación es un despacho. La taza, mediterránea. Solo queda el portátil.”

     En un impulso se levantó con brusquedad, y se lanzó hacia la habitación dominado por un presentimiento; rompió con un empellón el precinto de la puerta y se acuclilló bajo la mesa. El portátil le miraba sorprendido desde su pantalla.

     —¡Háblame, bicho!, —le gritó:— ¡cuéntame lo que ya sé!

     El portátil callaba. Es un último modelo de la manzana mordida. Hubiera dado igual apagarlo. Seguía activo hasta sin batería: estaba dotado de AI.

     Wyo lo sacó de debajo de la mesa, y se lo llevó a su despacho…

 Y 7

 Esto se acaba; nos vemos en Biolibere, piensa Wyo redactando sus conclusiones sobre el asunto:

     “… y a la Sargenta Inés, La Capitana Sonrisas le solicitó un trámite, en cuya enunciación aquella confundió lo de “moros en la costa” por lo del "muerto..." Algo debió alertarla; quiso esconder el portátil de la vista de algún intruso ocasional, y lo dejó bajo la mesa. Luego tuvo que marcharse a un evento de Atletismo con sus chicos, y dejó la críptica nota. Volverá para el ágape. 

    La Capitana, que astutamente preparó el complot lanzando la equívoca mención sobre el muerto, se fue a una misión secreta...”

     Wyo no pasa por alto la foto: desafiante desde el centro del arco de medio punto recién pintado, con las rocas milenarias de fondo, le vino a la memoria al agente 007, al principio de cada una de sus aventuras, en la luz del cañón de una pistola.



sábado, 24 de enero de 2026

La maleta


 

LA MALETA

"Con frases cortas y un lenguaje preciso nos haces evocar el mundo rural, sus costumbres y formas de vivir, nos envuelves en la calma y felicidad de lo cotidiano."

Mercedes Fernández Almorox

"Me ha emocionado mucho leer los relatos de Victoria, no solo porque he reconocido en ellos la calidez humana de la gran mujer que conocí cuando yo era muy jovencita, también he visto en ellos a una mujer luchadora e incansable, rebelde y muy adelantada a su tiempo. Una gran comunicadora. Un derroche de fantasía y realidad que ella conjuga con un toque muy personal.

Ana Martín

"Para Libere Letras es un honor contar con una autora como Victoria Vadillo. Sus relatos son únicos porque reflejan vivencias que también lo son , así como su pasión por la escritura. por eso conmueven. Victoria nos recuerda que el don de narrar es profundamente humano y pertenece a quienes, como ella, lo cultivan con placer y generosidad."

Lola Illamel

 Junto a una compañera del Club Sonrisas (foto 2025)

Recién cumplidos sus 85 años, Victoria Vadillo (Victoria López González) accede a publicar su primer blibro: "Escribí historias que nunca compartí". Nació en Nódalo, (Soria), en 1940, y narra las vivencias de su infancia y juventud con la autenticidad y calidez que muestra la experiencia; es un placer escucharla, y una lección constante gozar de su presencia.  


 La maleta

Hoy me he parado a contemplar mi maleta. Esa que siempre ha estado conmigo, la que me ha acompañado siempre, la que ha sido testigo mudo de todos los acontecimientos de mi casa, de mi familia. 

Veréis, es una maleta especial, ella no ha viajado demasiado, no, más bien poco. Alguna vez al pueblo, a unos 200 km, pero poco. Eso sí, cada vez que lo ha hecho yo la he tratado con cariño, como un tesoro, siempre a mi lado, con cuidado de que no se estropeara. En el tren siempre la colocaba con esmero, que nada la rozara para que no se estropease y lo mismo en los autocares que iban al pueblo. Mi maleta. Una bonita, de color marrón medio, un marrón alegre y llamativo. Por dentro es preciosa, tiene forro de seda del mismo color, que le daba una elegancia y una categoría como no os podéis imaginar. 

Yo voy a contar un poco a lo que se ha dedicado mi maleta durante su vida. 

La compré hace exactamente 48 años, fue para cuando iba a nacer mi segundo hijo, para llevarla a la clínica con su ropita. Todo nuevo, planchadito, alguna cosa de su hermana mayor, camisetitas, pañales, algún jerseycito…, todo bien colocadito. Como veréis, su primer uso fue precioso, la ropa de un bebé ¡Casi nada! hasta el médico al hacer su visita y verla, le dio unos golpecitos diciéndo: ¡vaya maleta que tienen estas mujeres! Yo me sentí muy contenta de que esa maleta fuera la mía. 

Después ha contenido de todo: ropa de los niños que quedaba pequeña, trajes de bautizo, de comunión, el mío de boda… ¡tantas cosas! 

En nuestro pisito de 50 metros, la he utilizado para todo. Ha sido una más de la familia. Pensándolo bien creo que se ha alegrado de las cosas buenas y celebraciones, lo mismo que ha sufrido por enfermedades, discusiones, la muerte de los abuelos, etc. 

Ha estado arriba encima del armario, debajo de la cama, siempre cerquita de nosotros. Ahora está más lejos, pienso que la hemos separado un poco de nosotros. Está en la buhardilla, porque ahora tenemos buhardilla, como véis hemos cambiado. A lo mejor mi maleta está un poco triste porque ya no se entera de casi nada. Pero a cambio ella guarda hace muchos años lo mismo: adornos de Navidad. Cada año, por la Inmaculada, el 8 de diciembre, la bajamos al salón para colocar bolas y espumillones en el árbol (que también llevan con nosotros un montón de años). Los adornos son los mismos o casi de cuando mis hijos eran pequeños; y se vuelve a su sitio pasados los Reyes. 

Yo creo que ella es feliz, se le nota. Por fuera está un poco estropeada, rayada, un asa arreglada con un alambre… pero por dentro, sigue estando bonita con su forro impecable, precioso. Yo la comparo conmigo, que por fuera estoy echa una pena, cojeo, tengo colesterol, algo de corazón, muchas cosas, pero por dentro igual que mi maleta, estoy llena de cosas: escribir, andar, viajar, ver cosas, quiero ver a mis nietos mayores, todos trabajando; que no haya guerra y que para todos haya comida y luz suficiente para poder vivir felices. 

A veces, he estado a punto de tirarla al contenedor. Pero al ir a hacerlo he cambiado de opinión. ¡Como si ella fuera una más de la familia! Creo que a ella no le gustaría, por eso he decidido que esté siempre conmigo, hasta que yo acabe mi vida aquí en la tierra. 

Si tenéis alguna maleta como la mía, yo os aconsejo que penséis cuántas cosas ha vivivido junto a vosotros y lo penséis bien antes de tirarla. Os invito pues, a recordar día a día las cosas que ha hecho con vosotros. Seguramente os llevaréis más de una sorpresa. 

Con cariño 

Victoria

lunes, 24 de noviembre de 2025


Colores del otoño


PORQUE A VECES HAY QUE DESCANSAR

DE LA POESÍA SOCIAL

(a Luis Alberto de Cuenca)

 

Azules las piscinas

y llenas de sirenas

con bañadores divinamente escasos,

con tirantitos liebres

que juegan a caerse levemente,

con pies siempre desnudos

y llamadas al sol

para que creme

como una mano diestra

las pieles intocadas...

 

Azules

como unos ojos azules

que te miran

y no sabes si desean

o simplemente miran...

Y ese protocolo de la ropa...

Sacarse sin pudor la camiseta,

bajarse el pantalón o la faldita,

colocarse los pechos

en los tersos cazuelos con engaño

o sacarse sin más el bañador

de la fragua opresora de las nalgas,

solo con dos deditos...

¡Oh, Dios!...

 

Azules las piscinas

y el pelo recogido

en moños o coletas,

el antebrazo sobre los ojos

y el cuello presentado

para lamerlo a tientas

o llenarlo de flores

o de joyas carísimas

o de manos incluso...

¡Oh, Dios!...

 

Azules las piscinas de lapislázuli

cuando el cuerpo se estira

y alza su corto vuelo

para romper la calma

del agua tragacuerpos...

Y ser el agua

rodeando el volumen

y jugar a lo arquímedes

en ese más o menos...

¡Oh, Dios!...


Y los cuerpos mojados,

empapados y plásticos,

subiendo la escalera

de acero inoxidable,

los cuerpos apretados de agua,

enervados del frío pasajero

de ese salir al aire,

con sus puntas afiladas de pronto.

¡Oh dios!,

afiladas...

Y el goteo fantástico

que sucede sin más entre los muslos

mirando a contraluz.

 

Azules las piscinas

que topacian los cuerpos hundidos

que se deslizan

como cremosos peces imposibles,

azules como esos ojos

tan capaces de ahogar

y ser ahogados

en saliva reciente...

¡Oh, Dios!...

 

Pero ya están vacías las piscinas azules

o dejadas al gesto de la vida primaria

de las algas golosas

que todo lo hacen verde...

Despobladas piscinas

verdes de los otoños,

vaciadas de cuerpos

y de deseos cándidos,

solitarias por meses

hasta que el tiempo escampe.

 

©Luis Felipe Comendador 

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En las residencias...

 

En las residencias de ancianos, la relación con los objetos se desvanece. Buyng-Chul Han decía que los objetos, cuando son verdaderamente nuestros, guardan en su materia una huella del alma, un rastro del tiempo vivido. Pero aquí nada nos pertenece. Las cosas llegan y se van, impersonales, funcionales, ajenas a toda biografía.

     El cepillo, la taza, la manta: todos se parecen. No hay en ellos el peso del recuerdo ni la promesa del porvenir. Son objetos sin historia, sin tacto propio, sin ese brillo que nace del uso íntimo y del cuidado reiterado. En su neutralidad, los objetos institucionales nos devuelven a la intemperie, como si la vida se despojara de sus signos.

     Entonces inventamos. Fingimos reconocer en una silla o en una taza algo de lo que fuimos. Les damos nombres, les prestamos afecto, y por un instante parece que nos devuelven la mirada. Pero sabemos que mienten, o quizás que solo cumplen su papel de consuelo. Aun así, en ese gesto de invención, hay una forma de resistencia: crear sentido donde todo tiende al anonimato.

     En ese mínimo acto —poner una flor en un vaso idéntico a los demás, doblar una manta como si fuera la de la casa antigua, guardar una carta en el cajón de una mesa compartida— se abre una grieta de humanidad. Los objetos no nos pertenecen, pero nosotros los tocamos con una intención que los rescata del vacío. Allí, en ese roce silencioso, la memoria todavía respira. Y mientras algo respire, aunque sea en lo más leve, la vida sigue diciendo su nombre.

 

© Inés Fontana Trotti


viernes, 19 de septiembre de 2025


Grafiti pintado en el exterior de la estación de metro de Arroyoculebro, Getafe

 ...Y como el Yin y el Yang...

"Yo, por trabajo, viajo todos los días en el metro. La rutina hace que cientos de personas, que no se conocen, coincidan cada día a la misma hora en la misma estación y, como en este caso del que les voy a hablar, en el mismo vagón. 

    "Cada mañana, temprano, de lunes a viernes, coincidí, durante más de un año, con la misma gente; gente muy distinta entre sí, cada uno con sus vidas y sus historias. Unos iban a trabajar, otros a estudiar, otros vuelvían de pasar la noche de fiesta... cientos de motivos que daban forma a ese mosaico de culturas, de personas. Gente alta y guapa; bajitos y rechonchos; de esa misma zona, o extranjeros de sitios muy lejanos; jóvenes, viejos... 

    "Resulta involuntario fijarse en la gente que viaja contigo, porque la mirada perdida acaba encontrándose. Yo disfruté siempre imaginando y especulando sobre aquellos con los que compartía vagón, que, como ya dije, solían ser siempre los mismos. Algunos me resultaban particularmente curiosos. Estaba, por ejemplo, el chico con cascos y capucha que no paraba de dibujar en su libreta junto a la anciana que jugaba al Candy crush. Las diferencias eran así de divertidas: la mujer de mediana edad, muy coqueta ella, vestida con colores vivos y atractivos, que tenía una tremenda melena rubia y ondulada, perfectamente cuidada... Y en contraste, un par de paradas después que ella, siempre se sentaba en los asientos de enfrente, como si del ying y el yang se tratase, un heavy/gótico/alternativo; siempre vestido de negro con sus cadenas y pinchos, y que también lucía una lustrosa melena negra. Me resultaba hasta gracioso ver a ambos, uno frente a otro, cada mañana.

      "Un día, la mujer de la melena rubia no apareció. No tenía por qué resultar extraño, pero... Al día siguiente tampoco; ni a la semana siguiente, ni al mes. Un abuelillo empezó a ocupar esporádicamente su asiento habitual, pero el heavy no parecía darle buena espina, y se mudó a otro vagón. 

    "Tras varios meses, una mañana reapareció la mujer de la melena rubia; pero, para sorpresa de los pocos que nos habíamos fijado antes en ella, traía tapada su cabellera con un pañuelo negro... y no solo eso: si ya he contado que antes lucía de forma presumida su estupenda figura con ropas alegres y coloridas, ahora vestía tonos apagados y discretos. Se la veía notablemente desmejorada: muy delgada, y con aspecto cansado. Incluso su tono de piel parecía haber perdido vida. 

    "Al día siguiente tampoco volvió a ser la misma de antes...: siempre con la cabeza cubierta y una expresión de tristeza en su rostro. Poco a poco fue acaparando las miradas curiosas y perdidas de los pasajeros que, unos por lástima, otros por mero morbo, ahora no se fijaban en su belleza, sino en el detalle de que ya apenas tenía vello en las cejas... 

    "Los días fueron pasando, y ella cada vez parecía estar peor, no solo físicamente, sino también emocional, presa de la depresión. 

    "Un día se le aflojó el pañuelo que cubría su cabeza... Ella reaccionó a toda velocidad, atándoselo, y prácticamente nadie pudo ver lo que ocultaba...; sin embargo, comenzó a llorar tímida y disimuladamente: se tapaba con la mano el rostro, y sollozaba tan bajito que, solo los que comprendímos la situación, podíamos oírlo. 

    "Al día siguiente, -recuerdo perfectamente que era viernes-, fue cuando ocurrió aquel detalle tan especial. Un par de paradas después de que subiese al metro la rubia con su pañuelo, entró, como, era habitual, el heavy. El muchacho iba vestido de negro, igual que cualquier otro día... Sin embargo, aquel maravilloso viernes llevaba puesto un pañuelo negro que le cubría toda la cabeza. Se sentó frente a la mujer, y se la quedó mirando fijamente, con una sonrisa. Ella, al principio, trató de esquivar la mirada; se la veía incómoda, aunque no podía evitar lanzarle miradas fugaces, nerviosas, y puede que asustadas. El Heavy, sin perder ni un momento su sonrisa, abrió su mochila negra llena de parches y sacó del bolsillo un lazo con un alfiler. Un lazo rosa. Y se lo colocó en la solapa de su chupa negra, en fuerte contraste con la monótona oscuridad de toda su vestimenta. La mujer, que ya no trataba de esquivar su mirada, le devolvió de todo corazón esa sonrisa, y, por un momento, volvió el color rosado y lleno de vida a sus mejillas... Yo, que observaba emocionado desde mi rincón, supe apreciar la increíble belleza de aquel gesto que estaba pasando desapercibido para los demás viajeros. Pero aun quedaba la mayor sorpresa de todas. El heavy, más heavy que nadie, que llevaba años agitando su melena en conciertos, se quitó el pañuelo... y mostró su cabeza recién afeitada. Se la acariciaba con la mano de un lado a otro, mientras sonreía. Todos pensamos en el sacrificio que acababa de hacer. La mujer, con la boca totalmente abierta por la sorpresa, se debatía entre la carcajada y la lágrima de felicidad por aquel gesto tan bonito y desinteresado. 

    "Aquel día no intercambiaron ninguna palabra, tan solo sonrisas y miradas de complicidad. Al lunes siguiente, la mujer seguía luciendo su pañuelo, pero esta vez era rosa, igual que su piel. Además, volvió a vestir de nuevo con el mismo estilo coqueto y presumido de meses atrás. 

    "Un par de paradas después entró en el vagón el heavy, con su ropa negra, sus cadenas y pinchos, su lazo rosa y su cabeza totalmente afeitada... pero esta vez no se sentó enfrente de la chica, sino en el asiento a su lado. Ambos estuvieron hablando todo el viaje... y así todos los días, a la misma hora... y yo, desde mi rincón, sentía siempre un pequeño cosquilleo en el pecho mientras veía cómo, poco a poco, les iba creciendo de nuevo sus hermosas melenas."

©Antonio Ayala Castejón/2025


martes, 20 de mayo de 2025

Volar mirando a la luna


 

Volar mirando a la luna

 

…mi hermana dice que cuando sea grande tendré que trabajar la viña porque lo dice ella que tiene quince años tres más que yo y tendré que escuchar a alguien que me mande y tendré que hacerle caso dice mi hermana que soy cabezón que yo querré hacer otras cosas. -¡Pirrón!, -me llama por mi nombre de una manera que asusta dice que me gusta volar y es que cuando cojo la bicicleta recorro la aldea volando mirando al suelo para no caerme y el trasportín está lleno de jabones que he comprado en la aldea de al lado cruzando el puente de piedra mi hermana dice que de eso no podré comer siempre que tengo que trabajar la viña y que para mí no hay escuela que valga la verdad es que el maestro no se entera de lo que hablo y mis manos se vuelven locas y él me las sujeta y yo le miro la boca y le vuelvo a mirar y nada solo veo su labio con bigote negro repite algo y me cuesta porque el maestro pone los ojos fijos en mi cara todo el rato pero mi hermana dice que es como picar en una piedra de esas que mi bicicleta brinca por las calles de la aldea de al lado me paro de vez en cuando allí en los puestos de la plaza y voy eligiendo los jabones que vende el artesano. - ¡Pirrón!, -me llama cuando suena la puerta de casa llego con el trasportín y la cesta vacía de jabones después de haber tocado a la manilla de cada puerta dice que me habré bajado y subido a la bicicleta trescientas veces para dos reales dice que me engaña el artesano que de eso no podré vivir que tendré que trabajar la viña ya veremos le digo eso sí me pide los reales que he ganado vendiendo los jabones y me mira y yo me fijo en su boca se mueve con genio y sus ojos hablan otra vez de la escuela pero su mano está boca arriba me estoy cansando porque cuando sea un poco más grande dice el maestro que aprenderé el lenguaje de las manos mis padres han muerto y dos reales a dos reales harán una bolsa yo mientras vendo jabones del artesano y no me engaña y me fijo porque las pastillas cada vez sueltan otro olor y las vende por algo será cada vez leo mejor los labios de mi hermana ella no tiene bigote y los reales que traigo me los guarda cuando sea grande pondré un puesto de jabones en nuestra aldea y sin prisas me haré con otra bicicleta con la que volar mirando la luna…

 

Ángeles Martín Ramírez

 

martes, 18 de febrero de 2025

 


Piñas en flor



Ama y haz lo que quieras


Noche de frío, la luna brillaba rara, viento, escarcha; la ciudad no se había despertado aun; una indefinible agitación preludiaba la ruidosa actividad del día.

      7 horas. Tren rumbo a Granada, madera, vapor, traca-traca, bamboleo, traqueteo.

      Los pasajeros, relajados, observábamos el paso de los edificios, luego campo, más allá granjas, una recta.

      No era extranjero. Cara alargada, barba incipiente, ni alto ni bajo; qué guaperas, que, sentada enfrente, eclosionada ante esa visión nada fantasmagórica, invoqué a Cupido. Afrodita se adelantó. Taquicardia. ¡Uf! ¡Qué calor!

      ¡Qué verborrea! Hombre y mujer platican del AMOR, no el de la esclavitud, sino el de Prevest:

      “He ido a todos los mercados

      y te he encontrado, mi amor.

      Pero huí al mercado de las esclavas

      y no estabas tú, mi amor.”

El asombro, los sentimientos… “Corazón, corazón no me quieras matar corazón” hacen estragos en nuestro pecho. Creí ser la Gioconda: sonrisa infinita, cierto aire de desliz imprevisible: una nínfula coqueteando con su Leonardo.

      Pregunté: ¿el azar existe? “Nada está escrito.” (Joseph Conrad). Las líneas de este pasaje duraron diez horas. Intercambiamos remembranzas: música, fotos, cine, pinturas. Cinco sentidos exprimidos en diez horas.

      El controlador exclamó: ¡Gra-na-da! Maletas en diez minutos.

      Ese cariño, duración diez horas, no fue efímero. Como era de noche, recordamos “Turandot”:

      “Nessum dorma…” Pálpito del alma, cruz y delicias, delicias del corazón. Empapados con las lágrimas de la lluvia nos despedimos.

      Nunca volví a verlo, desaparecía como un velero en el mar. Mis fueros persisten en una poesía. Hoy la he leído; parafraseando a Becquer, exclamé

      “Hoy lo he vuelto a ver;

      Hoy creo en Dios”:  


Un relato de Inés Fontana Trotti / 2024

martes, 31 de diciembre de 2024

Foto El castañar, otoño
 

La proporción áurea


 

a cada amor le incumbe

su ruina pestilente

 

a cada río

su texto migratorio

 

el costo es alto

la miniatura del deseo

inmensa

 

no te quedes sin ver

los ruiseñores imperfectos

 

ni el bajísimo cielo

en el que ardemos

 

con un pie en la eternidad

y otro en el barro

 

no instales una patria

en la cabeza

 

no todo el Nilo

en la palabra Nilo

 

escúchate avanzar

retrocediendo

 

en la esfera más lenta

sé feliz

 

 

María Negroni

UTILIDAD DE LAS ESTRELLAS, pg 31

VII premio internacional de poesía Margarita Hierro

FCPJH

PRE-TEXTOS

jueves, 3 de octubre de 2024

carta a mi padre

 


el horizonte

oro las ramas secas

fuego temprano



"Carta desde la eternidad

Getafe, 3 de noviembre de 2006, a las 6:30 de la tarde.

 

Mi querido papá, dentro de cuatro años* se cumplirán veintidós de cuando te fuiste, que desapareciste, pero no de nuestra vida, al menos de la mía; a pesar de ese tiempo, y de los catorce que yo salí del pueblo, y del seno familiar, no pasa día que no os recuerde a ti, a mamá y a mi muy amada abuela; puede parecer cursi, pero es lo que siento en estos momentos, en los que estoy sola en casa, y con un poco de morriña…, porque, papá, los años pasan, pero los sentimientos siguen vivos…, y, a veces, ¡qué vivos están!

      Yo sé que esta carta tú no vas a leerla, pero quizá en este instante estés detrás de mí, observando lo que hago, y veas que lo que me propongo decirte es verdad pura y dura. Como tú no sabías ni leer ni escribir, no notarás mis faltas de ortografía, que es un vicio muy feo, pero que yo no puedo remediarlo: como me lo afean mucho, cada día escribo menos, y así pasa, que escribo peor.

      Quizá piensas que a qué viene tanta letanía, que vaya al grano, pero, ya sabes, a veces cuesta hablar, y no quiero aburrirte con la vida tan estúpida que llevo; quizá yo me la he buscado por confiar demasiado en las personas de mi entorno, por no haber sabido poner freno a las impertinencias de los demás.

      También pienso que, quizá, yo no me quiera, pero papá, ¿cómo se quiere uno?, porque creo que tú tampoco te quisiste mucho, y los que estábamos a tu alrededor no supimos demostrarte el amor que te debíamos.

      Mira, papá, me avergüenza decírtelo, pero cuando te fuiste me di cuenta de lo mucho, muchísimo, que yo te quería; siempre pensé que yo quería más a mamá que a ti, ¡mentira!, papá, estaba en un tremendo error, pero bueno, ahora lo sé, y creo que tú también.

      Tengo que decirte que he luchado a brazo partido para que a mi nieto le pongan tu nombre; es una tontería, pero a mí me gusta.

      Papá, el motivo de esta carta es algo que quiero contarte, y yo sé que me vas a escuchar.

      Papá, esta carta empecé a escribirla el tres de noviembre, y la retomo hoy, nueve, más o menos a la misma hora. Te repito el motivo: quiero contarte algo. A ti, porque a otras personas mejor no decirles nada: sufro una enfermedad degenerativa que se llama Esclerosis Múltiple; bueno, pues en cuestión de tres días, dos personas distintas me han dicho, una, que de esta enfermedad se muere; y la otra, que una compañera que estaba como yo, ha muerto de ella.

      No temo a la muerte; lo que me aterra es quedarme como un vegetal: eso sí me preocupa; por mí, y por mi entorno más cercano.

      Llevo con esta enfermedad mucho tiempo, pero la puñetera no daba la cara. Desde mi primer embarazo empecé a sentirme mal: pensábamos que era por él, pero después del parto no me recuperé. Los médicos decían que no tenía nada, que todo estaba bien, y todas esas historias que te cuentan cuando no saben por dónde meter mano.

      Recuerdo que la lengua se me dormía, y a la vez temblaba; y, después de varios episodios, se fueron esparciendo. También me afectaba a pesadez en las piernas, cansancio…, y, en el mismo plan, los médicos decían que eran nervios, o que estaba todo el día escuchándome…, pero yo seguía mal, y a peor.

      Tres días después del parto del último embarazo, tuve un cólico nefrítico; lo achaqué al estrés, y ni fui al médico: con tantos niños no tenía tiempo para mí; ya sabes, papá, que estaba siempre sola por el trabajo de mi marido.

      Aquel cólico, a los siete meses, devino en una infección renal, que se complicó con mis problemas con los antibióticos, y se alargó en el tiempo… Apenas si tuvimos información por parte del hospital; no sabíamos lo que me había pasado, y el médico dijo que estuve a punto de perder el riñón derecho. Yo seguía mal.

      Los cólicos renales se hicieron crónicos, y durante ocho meses mis entradas en urgencias del hospital se repitieron con frecuencia: siempre decían que no encontraban nada y que los análisis estaban bien.

      Uno de los días de urgencias me vieron tan mal, que me dejaron ingresada; durante quince días me hicieron muchas pruebas, y encontraron el riñón derecho desprendido, y sangrante. Eso dijeron. También vieron algo en la columna, y, ¿sabes?, se fueron a lo peor: me buscaron un cáncer en los huesos. Solo encontraron tres hernias discales en las lumbares, dos pequeñas y otra calcificada.

      Ahí empezó el baile de la Parrala; uno decía que operar, otro que no, que no era para tanto…; yo empeoraba; cada dos o tres meses sufría episodios de decaimiento, que llamaban brotes, y me dejaba varios días en la cama. Estaba fatal.

      Durante diez años pasé un verdadero calvario entre médicos, hospital y familia, porque en casa hacían más caso a los médicos que a mí: si ellos no encontraban nada, lo más lógico es que pensaran que todo era psicológico. ¡Ay, papá!, cómo lo sufría. Esperaba quedarme sola para hartarme a llorar. Aquello que me pasaba no podía ser normal… cada vez más cansada, sin fuerzas en las piernas, temblores en el cuerpo (que como llegaban se iban), y, a continuación, desde la cintura hacia abajo, sin fuerzas; durante el día, y también por la noche, me despertaba y no podía moverme de la cama…, y sufrí alguna que otra caída tonta.

      Por ese tiempo empezaron los problemas con mamá, llena de años y achaques, porque querían que me la trajera…, mis hermanas no lo entendían… creían que yo quería evadirme de mis deberes hacia mi madre…, no puedes imaginar, papá, lo que sufrí con esa historia. Es más, a día de hoy todavía no se lo creen, aunque a mí ya me importa poco.

      Pero lo mismo sucedía en casa: tampoco tenía mucha credibilidad, o al menos eso me parecía a mí.

      Como cada día me encontraba peor, las idas al hospital eran continuas, y, en una de ellas, topé con un médico decente; pidió placas de las dorsales y las cervicales, y encontró una hernia entre la vértebra cervical y la primera dorsal, bastante grande, y con el hueso muy deteriorado; dijo que era muy peligroso tocarlo. Me sorprendió mucho porque, aparte de dolores de cabeza, y alguno que otro mareo, no notaba nada. Bueno, pues aquí empezó otra vez la juerga de los médicos, y yo peor: que si tal, que si cual…

      Otro día, en la consulta, cómo estaría yo que, ante el cachondeo del médico, me eché a llorar sin poder contenerme; no podía ni hablar; y parece que el médico se conmovió, porque me pasó a otra consulta: pensaba que podría tratarse de un tumor cerebral; yo le dije que yo no tenía eso; creo que dijo, para calmarme, que iba a consultar con otro colega, y que en dos días me llamaría; pero no lo hizo. A los quince días fuimos a preguntar, y efectivamente no había hecho nada. Entonces fui, o sea, me mandó al neurólogo. A este médico le conté lo que me estaba pasando con el firme propósito de que, si hacía lo que estaban haciendo los demás, yo no volvería al hospital.

      Me sentía sola por todas partes. En esta situación, decidí que lo que supiera mi mano derecha, lo ignorara la izquierda, o sea, ocultaría a los demás lo que me estaba pasando. Y siete años después lo seguía haciendo, no sé si está bien o mal, pero, papá, hay miradas, gestos, silencios, distanciamientos…, que no te dejan otro camino.

      Este médico se lo tomó en serio, e investigó una causa posible: concluyó que, de pequeña, seguramente sufrí una infección, borrelosis; suele ser mortal, dijo, pero yo lo superé, aunque me dejó huellas para toda la vida. Cuando confirmó el diagnóstico, todo fueron carreras. Por entonces los brotes eran cada vez más frecuentes y, con cada uno, yo empeoraba (pero con el candado en la boca). Empecé a tener problemas en la vista, y se reanudó el baile de médicos; un día, en urgencias, me enteré de qué enfermedad sospechaban; papá, la tierra se me abrió bajo mis pies, porque yo conocía esa enfermedad, y lo que pasaba con ella. Pero, por otro lado, suspiré de alivio, porque efectivamente yo no era una paranoica, no estaba loca; pero papá, para entonces yo había aprendido a ocultar las cosas a médicos y familia, y solo contaba lo evidente.

      Desde el año pasado tengo nuevos síntomas, y son preocupantes, aparte de otros que no menciono para no aburrirte.

      El día tres de noviembre, cuando empecé esta carta, tomábamos café después de comer, y empecé a hablar del tema. Decía lo incomprensible que era esta enfermedad, y mi marido comentó lo que le parecía que podía sucederme en el cerebro; entonces decidí contarle los nuevos síntomas que me notaba, pensé que debía saberlo; pero, papá, no me di cuenta de la hora que era, y él tenía un compromiso al que no podía faltar…, y menos para oír cosas que no parecían interesarle. Y yo, papá, mutis por el foro.

      Creo, papá, que a nadie le interesa lo que yo tenga que decir, excepto a ti, que has tenido toda la paciencia de la eternidad para escucharme; no sabes cómo te lo agradezco.

      Los síntomas nuevos son que me están afectando a todas mis funciones fisiológicas, ¡todas!

      Te querré siempre”

 

 

      * Cuatro años es la estimación de vida, una vez diagnosticada la ELA; en 2010 se le diagnosticó la enfermedad, y dos años de vida. Falleció en 2013.

 Esta carta se incorpora al libro "Los diarios de Elia, diarios de ELA", de 2015, el 26 de marzo de 2022, fecha de su descubrimiento en el fondo de un cajón, bajo su ropa.

44. CARTA A MI PADRE, 
del libro "Los diarios de Elia, diarios de ELA"

 


viernes, 6 de septiembre de 2024


 

Cayucos

 

Era de mi padre. Mi cayuco es una buena herramienta para la pesca, manejable y ligera; tiene veinte metros de eslora y tres de manga, su calado es escaso, sus francobordos bajos, y carece de área de cubierta; en proa van las artes de faenar: redes, sedales, boyas, luces…; el bastimento de combustible, agua, comida, utensilios de cocina; y los cestos para almacenar la pesca, muy variada y abundante en nuestros ricos caladeros. Un motor de 40 CV, en popa, bajo el timón, lo mueve. Somos seis conmigo, salimos a faenar de la isla de M´bour hacia el mediodía, el mar se cubre de cayucos, como un cardumen, yo patroneo el mío, tengo los permisos en regla, estudié en Malika y domino el arte de navegar, y el de la pesca, a veces vamos hacia Mauritania o Gambia, otras a Guinea-Bisáu, depende de los bancos de peces -llevo detectores y GPS-; nos ausentamos una o dos semanas, no más, Cabo Verde está demasiado lejos, es mar abierto y peligroso para un cayuco, aunque lo normal es pasar una noche en alta mar, a unos 60 km. de la costa, echamos las redes al anochecer, las recogemos antes del alba y distribuimos la captura por especies en los cestos mientras regresamos, jureles, marisco, sardinas…, para descargarla en el puerto a primera hora, allí esperan las mujeres: controlan, clasifican, venden, limpian, distribuyen y aprovechan los peces sin salida; la tarea nos permite vivir con desahogo, sin grandes ganancias, la vida es placentera, satisfactoria, somos felices… hasta el arribo de los grandes buques de arrastre de Occidente.

      Sus campañas son intensivas. Cubren la costa con sus mallas de más de seiscientos metros, esquilman los fondos, atrapan los bancos de peces, les cierran el paso con sus aparejos, no entra en los caladeros, cada vez pescamos menos, agotan nuestro medio de vida…; ignoran nuestras quejas, desprecian nuestros intentos de negociar, nos rechazan con armas, no dudan en golpear y trizar nuestros cayucos con sus buques y, al llevar su captura a puertos lejanos, nos condenan al hambre…

      Nadie nos ampara. La desesperación nos acosa. Alguien lo propone. No nos conocemos. Son muchos meses sin capturas. Flaquea nuestra voluntad. Es una decisión difícil. Vencen las ventajas: vemos el progreso de quienes retornan de Europa. Tenemos claro adónde vamos, al menos yo. Somos demasiada gente para el cayuco. Hay temor a perder la vida. Agoreros. Yo  calmo los ánimos, me respetan: la mar es mi amiga...

      Arribamos a Occidente. Gracias a mi pericia, a mis conocimientos de navegación. No tengo escrúpulos para decir que fui providencial en el viaje. Nos lanzaron al agua sin preocuparse de quién pilotaría la travesía. Lo peor de ella es el recibimiento. En la playa en la que embarrancamos, nos esperan. Nos encierran como si fuéramos piratas. Sobre todo a mí, que, desde el primer momento, digo saber patronear un barco. Y declaro que he traído a tierra la embarcación, y a la gente. Sana y salva. Hasta aquí...

      Me acusan de traficar con personas. Me dejan libre. Me prohíben trabajar sin permisos, sin papeles, pero me exigen que tenga un “trabajo fijo y digno” para conseguirlos…

      Os lleváis nuestras materias primas: metales; oro, plata, diamantes, cinc, hierro, coltán…; maderas…; el pescado. A cambio de armas...

      Habéis destruido nuestra forma de vida en M´bour, mi pueblo. Y, cuando queremos prosperar con vuestras leyes, no nos lo permitís...

      ¿Cuándo admitiréis vuestra deuda con mi pueblo…?

 

Abdoulaye Ndoye