sábado, 30 de abril de 2022

Mujeres que caminan.


MUJERES QUE CAMINAN

    —Hay guerra. Siempre hay guerra. Las explosiones y los disparos nos acompañan. Apenas le hacemos caso. Algunas veces llegan noticias de asesinatos, de limpieza étnica, pero seguimos viviendo. Siempre hay quien lo justifica. A veces te toca de cerca. Entonces lo ves de otro modo, pero enseguida te acostumbras. Es una forma de vida.

    —Yo, Um Chawki, contaré lo que veo a mis hijos e hijas; a mis nietos. He perdido a diecisiete miembros de mi familia. A mi marido. A mi hijo de doce años…

    Nos desalojan de mi casa: vivíamos en Bir Hassán, y nos obligan a trasladarnos al campamento de refugiados de Chatila.

    Son falangistas, y los acompañan tres soldados israelíes. Nos separan de los hombres y nos obligan a caminar por la carretera hasta la ciudad deportiva... Vamos muchas mujeres. Lloran y chillan. Dicen que han matado a sus hombres.

    Al amanecer logro huir con mis hijas. Los soldados israelíes nos permiten abandonar el perímetro: actúan de forma arbitraria, permiten el paso a unos, y se lo niegan a otros…

    Dejo a mis hijas en la escuela de un barrio cercano, y regreso a Chatila de madrugada. Viene conmigo otra mujer que ha perdido a toda su familia. Nos aproximamos al barrio de Orsal. Hay muchos cadáveres amontonados. Están irreconocibles… hinchados, con la cara deformada… Identifico a veintiocho cadáveres de una misma familia libanesa…, dos son mujeres con el vientre destripado… Intento localizar por la ropa a mi hijo y a mi marido… Busco todo el día.

    Amanece, y vuelvo…, no reconozco a ningún cadáver de la gente de Bir Hassán.  No encuentro los restos de mi hijo, ni los de mi marido. En mi ausencia, un grupo de falangistas en retirada viola a una de mis hijas.          

    Pienso en lo sucedido día y noche.

    He criado sola a mis hijos, a mis hijas... Me vi obligada a mendigar. No lo olvidaré nunca. Quiero vengar todo lo ocurrido. Mi corazón está de luto. Es negro, como el color de mi vestido. Contaré lo que vi a mis hijos, a mis hijas, a mis nietos...

    —Soy Siham Balqis, y resido en el campamento de Shatila. Tengo 26 años. Escuchamos disparos la noche del jueves, pero no nos sorprende, es la guerra, para nosotros es un sonido habitual.

    Vivo en el campamento de Shatila, al final de las dos zonas de chabolas. Vienen los milicianos. Han comenzado por el campamento de Sabra, y avanzan hacia el norte. Nos alcanzan el día sábado por la mañana.

    Son las siete. Se acercan tres falangistas y un soldado israelí, y nos ordenan salir de casa. Uno de los libaneses se lanza hacia mí para atacarme, pero el israelí lo para, como para demostrar que él es mejor que ellos.

    Por la conmoción generada, una vecina libanesa se dirige a los combatientes, diciendo que ella ha escuchado que están matando gente. Los combatientes desestiman sus comentarios; ella insiste, y les pide ayuda para los palestinos llevados al Hospital Gaza, al final del campamento de Sabra. Entonces preguntan por la ubicación del hospital, se van hacia el lugar, lo rodean y cercan a unas 200 personas que se encuentran dentro. Luego ordenan a los médicos y enfermeras salir del edificio: la mayoría son extranjeros o libaneses.

    Un joven palestino de apellido Salem, de 21 años, se pone un atuendo médico e intenta salir para escapar. Los milicianos libaneses lo intuyen, y, al descubrir que es palestino, le llenan el cuerpo de balas.

    A continuación forman grupos: las mujeres a un lado, y los hombres a otro. Escogen a los hombres al azar y hacen que se arrastren por el suelo. Deducen que, quien se arrastra bien, es debido a algún tipo de entrenamiento militar, y entonces los trasladan a un banco de arena, y los asesinan. Los falangistas libaneses, a los que quedamos vivos, nos obligan a marchar sobre los cadáveres esparcidos por las calles hacia el gran estadio deportivo que se ubica a las afueras del campamento.

    Caminamos sobre los cuerpos de los muertos, y entre las bombas de racimo. Paso al lado de un tanque, donde el cuerpo de un bebé de pocos días se encuentra aplastado e incrustado entre las ruedas de oruga del vehículo.

    En el estadio los israelíes gobiernan las acciones. Aquí es donde han traído a mi hermano Salah, de 30 años de edad, para ser interrogado. Aquí los hombres son interrogados, torturados y asesinados. Muy pocos salen con vida. Los israelíes los amenazan, diciéndoles: "Si no cooperas con nosotros, te entregamos a los falangistas".

    La familia de Abú Maher había huido de sus hogares en Safad, en el Israel actual, y vive en el campamento. En un principio no da crédito a los hombres y mujeres que le apremian a huir de su casa. Una vecina se pone a gritar; me asomo y veo cómo la matan a tiros. Su hija echa a correr; los asesinos la persiguen gritando ¡Mátenla, mátenla, no la dejen escapar! Ella me grita, pero no puedo hacer nada. Al final logra escapar.

    —Soy Wadha Sabeq, tengo 33 años, y vivo en Bir Hassán, un barrio predominantemente libanés a las afueras de los campamentos. El día viernes por la mañana, nuestros vecinos nos dicen que tenemos que presentar nuestras identificaciones impresas en la embajada de Kuwait,  ubicada fuera del acceso al campamento de  Sabra, así que nos fuimos todos.

    Me llevé a mis ocho hijos, de entre 3 y 19 años de edad.

    Cuando pasamos por Shatila, nos detienen los falangistas. Nos llevan con otros, y separan a los hombres de las mujeres. Los combatientes se llevan a 15 hombres de mi familia, incluyendo a mi hijo Mohammad,  de 19 años de edad, a mi hijo Alí de 15 años de edad, y a su hermano de 30 años.

    Alinean a los hombres contra la pared, y nos dicen a las mujeres que tenemos que trasladarnos al estadio. Nos ordenan caminar en una sola fila, y no mirar ni a la izquierda ni a la derecha. Combatientes falangistas caminan junto a ellos para asegurarse del cumplimiento de esas instrucciones.

    Esa fue la última vez que vi a mi familia.

    Una vez en el estadio, esperamos. Todavía no sabemos lo que está pasando; imaginamos que quieren revisar nuestros documentos de identidad. Después de pasar todo el día en el estadio, los israelíes nos envían a casa.

    A la mañana siguiente, regreso al estadio para preguntar acerca de los hombres.

    Una mujer se acerca hasta el estadio gritando, y nos dice que tenemos que ir al campamento a reconocer los cuerpos.

    Corremos hasta el campamento, y, al ver los cuerpos esparcidos por el suelo, me desmayo. No se pueden reconocer, sus caras y sus cuerpos están cubiertos de sangre, y desfigurados. Sólo se puede identificar a la gente por la ropa que lleva puesta.

    No puedo encontrar a mis hijos, a ninguno de mi familia. Recurrimos a la Media Luna Roja, a los hospitales, todos los días, para preguntar por ellos. Nadie tiene respuestas.

    Nunca encontramos sus cuerpos.

    (corren lágrimas por sus mejillas)

    —Soy Jaled Abú Noor, un adolescente que dejé el campamento para ir a las montañas para adiestrarme en la milicia antes de que los falangistas aliados de Israel entraran en Sabra y Chatila. No siento culpa por no haberme quedado a luchar contra los violadores y asesinos. Lo me que siento es hundido.

    Exigimos justicia, procesos en tribunales internacionales… pero no hubo nada. Nadie fue declarado responsable, nadie compareció ante la justicia. Por eso tuvimos que sufrir en la guerra de los campamentos de 1986 (a manos de libaneses chiítas), y por eso los israelíes pudieron dar muerte a tantos palestinos en la guerra de Gaza de 2008-2009. Si se hubiera juzgado a los asesinos de hace 30 años, esas otras matanzas no habrían ocurrido.

    —Soy Jameel Khalifa, de 16 años de edad recién cumplidos. Es sábado por la mañana, y vemos bajar a los soldados por el banco de arena. Se dirigen a las casas. Vemos tanques acercándose, militares israelíes, falangistas libaneses, alguno viste de civil, alguno con máscaras. A medida que los combatientes comienzan a golpear las puertas de las casas, la mayor parte de mi familia escapa por la parte trasera a la vivienda vecina. Al oír las órdenes de los soldados de que no nos iban a disparar si nos rendíamos, una mujer de edad avanzada destroza un pañuelo blanco, y reparte tiras a cada uno de ellos para poder agitar la tela de color blanco e  impedir que los militares disparen.

    Mi papá, que me acompaña, me dice que no salga del refugio, pero le digo que debemos salir. Las mujeres abandonan el refugio. Cuando mi madre sale de la vivienda, un combatiente libanés la empuja en el estómago con su Kalashnikov. "Te voy a matar, hija de…" Un soldado israelí observa de cerca, y le dice en hebreo que la deje. Mi padre sale del refugio detrás de mi madre. Al salir es asesinado de un tiro en la cabeza por el soldado israelí.

    Como todo el mundo, nos vemos obligados por los combatientes a desplazarnos. Estaba muy asustada porque habíamos visto cómo a los que trataban de huir los asesinaban francotiradores.

    En el camino, yo y otros niños logramos escapar por un callejón hacia una mezquita situada al interior del campamento; nos topamos con un grupo de gente mayor sentada afuera de la mezquita, y les decimos que los israelíes han llegado y están matando a la gente. No nos creen, nos llaman mentirosos, y nos dicen que los dejemos en paz.

    Viendo cómo la gente es ejecutada, mi familia consigue escapar a través de los muchos pequeños callejones y pasajes que componen el campamento.

    En mi huida, finalmente, llego al Hospital Gaza, y encuentro a mi familia. Nos las arreglamos para salir del campamento, y nos refugiamos en una escuela en el barrio libanés de Cornich el Mazraa. Sólo regresamos a nuestra casa cuando nos confirman que la masacre ha terminado.

    En al camino volvemos a ver cadáveres descuartizados: los falangistas y los israelíes han colocados minas bajo ellos y los han hecho explotar.

    Recuerdo el olor. Es muy fuerte, y se mantiene durante una semana, a pesar de que rociaron el campamento para deshacerse del hedor.

    —Soy Amina Sakaa. Nos obligaron a estar de pie sobre los cadáveres de nuestros propios vecinos. Mi hermana quiso tapar mis ojos, pero un soldado se lo prohibió porque querían que viéramos lo que estaba ocurriendo. 

    —Yo soy Sana Mahmoud Sersawi. Los israelíes se han apostado enfrente de la embajada de Kuwait, y en la estación de servicio de Rihab, a la entrada de Chatila; y piden por medio de altavoces que vayamos hacia ellos. Así es como caemos en sus manos. Nos llevan a la Cité Sportiff y hacen andar a los hombres detrás de nosotras. Pero les han quitado las camisetas y empiezan a vendarles los ojos. Los israelíes interrogan a los jóvenes, y la Falange entrega, aproximadamente, a 200 personas más a los israelíes. Y así es como nunca volvieron ni mi marido, ni el marido de mi hermana.

    Mi nombre es Munir. Los asesinos han llegado a la puerta del refugio, y gritan que salga todo el mundo fuera. Y afuera, contra la pared, ponen a los hombres que hay dentro, e inmediatamente los ametrallan. Yo miro. Los asesinos van hacia otros grupos, y los matan; luego vuelven de improviso, abren fuego indiscriminado, y todos caen al suelo.

    Yo me quedo tumbada, sin moverme; no sé si mi madre y mis hermanas viven. Oigo a los asesinos. Gritan: Si alguien de vosotros está herido, lo llevaremos al hospital. No os preocupéis. Levantaos...

    Unas pocas personas tratan de levantarse, o gimen, y de inmediato los rematan con disparos en la cabeza.

    —Soy Samiha Hijazi.  El jueves, durante el bombardeo, llegan los israelíes y, cuando empeora la situación, bajamos al sótano.

    El viernes leemos que ayer hubo masacre.

    Tras saberlo, me acerco a la casa de mis vecinos, y encuentro a Mustafa Al-Habarat herido, tumbado en el suelo del baño en un charco de sangre. Su mujer y sus hijos yacen muertos. Le llevamos al hospital y, nada más dejarle, huimos del campo.

    Al volver la calma, busco a mi hija y a su marido; durante cuatro días remuevo entre los cadáveres. Al final los encuentro: Zeinab fue asesinada, le quemaron la cara. A su marido le partieron con los machetes: estaba sin cabeza.

    —Yo, Mouna Hussein, me encuentro en mi casa, en Horch, embarazada de cuatro meses, y con otro bebé... Siempre hemos vivido en paz. Oímos llegar los aviones de combate israelíes, el ruido se hace insoportable, y en un momento empiezan los disparos. Tomo a mi hijo, y digo a mi marido: "Quiero ir a casa de mis padres, en el barrio Oeste". Nos alojamos en una casa grande, propiedad de un vecino. Los disparos se intensifican, los bombardeos aumentan. Nos encerramos en la casa. Son las seis. Excepto mi marido, y otro joven, somos mujeres con niños. Escuchamos gritar fuera; un hombre dice: "No uséis armas (de fuego), sino hachas. Si oyen disparos se escaparán". Una bomba explosiona al lado de la casa. Todos empezamos a gritar asustados, nos oyen y disparan. El joven muere asesinado ante nosotros intentando poner fuera un candil. Nos arrojan una bomba; hieren a una mujer, y el dormitorio se convierte en un río de sangre. Los soldados gritan: "fuera, fuera... si no salís dinamitamos la casa". Nos insultan, mientras mi madre abre la puerta: dice que quiere sacrificarse. Hay diez hombres armados, y dice a uno de ellos: "No nos matéis". Él contesta: "Todo el mundo fuera, poneos en una fila". Salimos uno tras otro, yo estoy detrás de mi marido, que lleva al bebé. Entonces le llaman, y, antes de irse, me da el bebé. Un hombre armado le pide que se dé la vuelta; él cree que quieren su tarjeta de identidad. Nada más darse la vuelta, le tirotean con sus fusiles automáticos delante de mí. Sin una palabra, cae al suelo. Yo espero mi turno, mientras me insultan. En un instante nos convertimos en huérfanos: mi hijo, mi madre, mi hermana, yo".

    —Mi nombre es Abu Roudeina. Estoy en casa, con mis padres y mi hermana, cuando empieza el bombardeo, y nos marchamos a la casa de mi tío. Al llegar a ella, el bombardeo vuelve y se acrecienta. En la casa nos separamos: unos van al dormitorio, otros se quedan en el salón. Un poco más tarde, llegamos a ser 25 personas. Nosotros nos trasladamos a la casa de un vecino. Oímos el llanto de una chica que ha sido herida en la espalda. Hombres armados aparecen en la zona, cerca de la casa. Escuchamos gritos, y disparos. Aida, mi prima, que ha ido a la tienda buscando un candil, es atrapada por un hombre armado. La coge del pelo. Ella grita, pide ayuda, y, cuando sale su padre para ayudarla, le disparan, le asesinan. Así saben que estamos en la casa. Entran rompiendo y destruyendo todo lo que encuentran a su paso... oyen nuestras voces, que les llegan desde el sótano, bajan buscándonos... Mi padre está sentado en una silla. Cuando los ve, me besa, pone unos colchones sobre mí, y pide a mi madre que cuide de los niños. El primo de mi padre dice a su mujer: "El niño es tu responsabilidad".

    Jamás olvidaré la imagen de aquel día. Está grabada en mi memoria.

    Nos piden seguirles a la calle. Después ordenan a los hombres ponerse contra la pared; al salir miro el cielo enrojecido, estamos al principio de la calle, y oímos el tableteo de disparos contra mi padre y mi tío. Cruzamos uno trecho flanqueado por hombres armados. Mi prima ve a su padre muerto, y empieza a gritar. Veo el coche de mi padre. Lo han abierto, y se han sentado en su interior; esto también lo  grabo en mi memoria, porque pregunto a mi madre: qué van a hacer con el coche, pero ella no responde. Cuando volvemos a andar, lo hacemos entre los cadáveres de la gente asesinada.

    Nos llevan al centro deportivo, y nos encierran en una sala en la que hay una mujer y sus hijos; a la sala llegan otras personas. Algunas en coche. Otras son asesinadas. Los tanques israelíes están cerca, y, de repente, una mina estalla en el camino, al paso de uno de ellos. Los hombres armados salen corriendo, y lo mismo hicimos nosotros.

    —Me llamo Amal Hussein, y hoy, miércoles, los aviones israelíes sobrevuelan la zona. Bombardean y disparan. Mis hermanos y mis hermanas están asustados; los que tienen miedo se van al refugio, que está detrás de nuestra casa. Un grupo duerme en la casa, y otro  en el refugio. Los aviones siguen encima, cada vez vienen más y más.

    Es jueves. Mi sobrino de tres meses, que duerme con mi hermana en el refugio, empieza a llorar: quiere comer. Por eso sale ella del refugio e intenta llevarle a casa. La acompañan cuatro niños. Cruza el camino que separa la casa del refugio, y los vemos desde la ventana del baño; entonces escuchamos los gritos de los niños y de las mujeres: los falangistas han invadido la zona de repente, nadie puede abandonar el refugio, y escuchamos los gritos de los niños, de las mujeres, de los bebés: los falangistas abren fuego sobre ellos, asesinándolos.

    Estoy en casa. Abro la puerta, y acompaño a mi primo pequeño al baño. Pongo mi mano en su boca para que nadie escuche su voz en caso de que hable. Quedamos en el baño, y entran a buscarnos; no nos encuentran, y, desde ahí, escuchamos los gritos y la masacre. De esta manera sé que fueron al refugio y cogieron a todos los que estaban dentro. Entre ellos había algunos parientes.

    Es sábado. Nos escapamos hacia el interior del campo.

    Tras la masacre, mi madre vuelve en busca de mi hermano y de mis hermanas. No puede reconocerles. Están en descomposición. Los quemaron en una fosa común.

    Mi padre ha enseñado a mi primo, el niño que sobrevivió, a llamarle papá.

    —Yo, Ali Salim Fayad, estoy en casa con otras personas. Hay un coche bloqueando la calle, y vamos a retirarlo. Es jueves. Ya de vuelta, vemos hombres armados frente a la casa. Ordenan  apartar a los hombres de las mujeres y los niños. Ponen a los hombres, como a nuestro vecino palestino y su familia, en fila contra la pared, y los fusilan. Mujeres, niños, asesinados en plena calle.

    Antes de disparar, los preguntan por sus tarjetas de identidad, las enseñan, y luego los matan. Los falangistas buscan en las casas mientras los israelíes los protegen con sus tanques y sus bengalas. Cuando  nos ven, nos disparan, y las balas me alcanzan en la espalda, el muslo y la mano. Me quedo tendido en el suelo. La noche está iluminada por las bengalas. Más tarde llamo a alguien que cruza la calle, y le pido que llame a una ambulancia. Y viene mi hermana, y me lleva al hospital de Acre.

    Al día siguiente los falangistas llegan al hospital, preguntan por mí a mi hijo, que está detrás de la puerta. Se llevan a algunos palestinos heridos, arrastran a un hombre de su cama, y le golpean con un hacha en la cabeza. Era joven. Le mataron.

Robert Fisk, periodista: "El hedor de la descomposición"

    “—Desde luego, quienes entramos en los campamentos en el tercer y último día de la masacre -el 18 de septiembre de 1982- tenemos nuestros propios recuerdos. Yo guardo en la mente la imagen de un hombre tirado en la calle principal, vestido con piyama y con su inocente bastón a su lado; la de dos mujeres y un niño baleados al lado de un caballo muerto; la de una casa particular en la que me protegí de los asesinos con mi colega Loren Jenkins, del Washington Post, y donde encontramos una mujer que yacía en el patio a nuestro lado. Algunas de las mujeres fueron violadas antes de que las mataran. Los ejércitos de moscas, el hedor de la descomposición… uno se acuerda de esas cosas”.

David Lamb, periodista: "Las madres morían aferradas a sus bebés"

    “—Fueron asesinadas familias enteras. Se ponían grupos de 10 a 20 personas contra la pared y las acribillaban a balazos. Las madres morían aferradas a sus bebés. Parecía que a todos los hombres los habían disparado por la espalda. Cinco jóvenes en edad de combatir fueron atados a un camión y arrastrados por las calles del campo antes de matarlos a tiros”.

Ignacio Cembrero, periodista: "Cuerpos amontonados de decenas de mujeres y niños".

    “—No sé muy bien por qué, pero entramos en Chatila por su lado más terrible. De sopetón el olor del aire cambió. El hedor era insoportable. Ahí, a mi derecha, yacían los cuerpos amontonados de decenas de mujeres y niños, muchos de ellos bebés, tirados en el suelo. Los habían matado disparándoles o acribillados a navajazos. Antes de morir las madres habían intentado salvar a sus hijos. De ahí que algunos bebés estuviesen sepultados bajo el cuerpo de su progenitora o incrustados entre sus pechos como para que no pudiesen ver el horror.

    “Acabábamos de descubrir la matanza de Sabra y Chatila, la mayor de civiles palestinos desde que empezó el conflicto árabe-israelí. Eran las nueve de la mañana del sábado 18 de septiembre de 1982 y ya hacía calor en esos campamentos de refugiados en los suburbios meridionales de Beirut. Pero a esa hora aún ignorábamos la magnitud de lo que, 30 años después, se sigue recordando con pesar e ira en el mundo árabe.

    “Nos topamos con el horror nada más franquear la entrada de Chatila. Estaban allí los cadáveres de los palestinos descomponiéndose bajo un sol de justicia y nubes de moscas. Recuerdo que conté más de sesenta cadáveres aunque el número total de muertos rondaría finalmente los dos mil, según las estimaciones más fidedignas. Eran casi todas mujeres, algunas, las más jóvenes, con las faldas levantadas o desnudas de cintura para abajo porque probablemente habían sido violadas”.

Fançoise Demulder, reportera gráfica.

    Logro que un miliciano tolerare mi presencia. Contemplo sobrecogida cómo matan a mujeres, niños y ancianos, sin titubear ni experimentar remordimientos: oculta bajo un pasamontañas, tal vez deseaban que circularan testimonios gráficos del horror desatado. Aparece una anciana palestina. Lleva un pañuelo en la cabeza, y los brazos extendidos. Suplica clemencia, mientras su marido huye con sus nietos sobre un fondo de casas incendiadas. La fotografía obtuvo el premio World Press Photo, y a mí me convirtió en la primera mujer que obtenía ese galardón.

Jean Genet, escritor:             "He visto lo que (el ejército israelí) hizo."

    “—Las masacres no se perpetraron en silencio y en la oscuridad. Alumbrados por los cohetes luminosos israelíes, los oídos israelíes estaban, desde el jueves por la tarde, a la escucha en Chatila. Qué fiestas, qué juergas han tenido lugar allí donde la muerte parecía participar de la bacanal de los soldados ebrios de vino, ebrios de odio, y sin duda ebrios de alborozo por complacer al ejército israelí, que escuchaba, miraba, animaba, reprendía. No he visto al ejército israelí escuchando y mirando. He visto lo que hizo.

    “Hay que saber que Chatila y Sabra son kilómetros y kilómetros de callejuelas estrechas, las callejuelas son tan angostas, tan esqueléticas que dos personas no pueden avanzar a no ser que uno de ellos se ponga de perfil, obstruidas por escombros, bloques, ladrillos, harapos multicolores y sucios, y por la noche, bajo la luz de los cohetes israelíes que alumbraban el campamento, quince o veinte francotiradores, aun bien armados, no hubieran logrado hacer esta carnicería.

    “Los asesinos participaron en gran número y probablemente también escuadras de verdugos que abrían cabezas, tullían muslos, cortaban brazos, manos y dedos, arrastraban, trabados con una cuerda, a gente agonizando, hombres y mujeres que vivían aún porque la sangre ha chorreado abundantemente de sus cuerpos, hasta el punto de que no he podido saber quién, en el pasillo de una casa, había dejado ese riachuelo de sangre seca, desde el fondo del pasillo donde estaba el charco hasta el umbral donde se perdía en el polvo. 

Genet escribió el libro "Cuatro Horas en Chatila" PDF, 43 Página, en español

Cuento de ocupacion 

por Cesar Augusto Salomon

Pasa el tiempo entre las crónicas de las Conversaciones de Paz, reuniones secretas, intifada, esperanzas… y un día llega la noticia: que habrá devolución de zonas ocupadas; que cerrarán los campos de refugiados; que no se levantarán más asentamientos; que no llegarán nuevos colonos… a pesar de sus protestas, de su sentimiento de propiedad de la tierra; de negar la  existencia de Palestina.

    A pesar de ello, los campamentos se abren. Parece un sueño, pero es real. Los campamentos dejan de ser tales, y los niños vuelven a sonreír; corren por sus estrechas calles, renace el bullicio, abren los viejos cafés, y los ancianos se reencuentran. Ya no hay toque de queda, es cosa del pasado.

    Nain y Kaled ya no están solos; ahora viven con su pueblo, juntos. Han encontrado al hermano de su padre, Gamal, el tío que no tuvo hijos porque los opresores mataron a su esposa, una bala perdida, dijeron; y, como era  palestina, no hubo investigación: no tenía derechos. El tío Gamal no volvió a casarse, y Dios le da la gracia de tener dos hijos; dos niños que  habían quedado solos. Fue la soledad la que los unió. La felicidad los embarga, a los tres. Nadie sabe si fue un milagro, o el destino trazado en esta tierra de tanto dolor para un pueblo que se sentía olvidado.

    Muchos se preguntan ¿Quién pedirá cuentas a los asesinos? ¿Quién hará justicia por los niños de Sabra y Chatila?

    Son preguntas sin respuesta. Los que partieron a una diáspora sin retorno, los ausentes…, ¿podrá olvidarlos el pueblo? ¿Podrá perdonar a los causantes de su dolor? ¿Perdonaron ellos al nazismo? ¿Perdonaron ellos al mundo por darles la espalda? ¿O todo fue una venganza del siglo XX?, se preguntan los Nain y los Kaled de los campamentos.

    Un día, en el campamento, Nain le preguntó a Kaled: ¿Es cierto que aquí nació el hijo de Dios?, porque, si es verdad, entonces nosotros somos su pueblo. Y, si es así, ¿cómo permite que suceda esto? ¿Fueron ellos los que crucificaron al Mesías? ¿Los que hoy nos matan?

     Nain duda de su fe, pero Kaled le dice que todos somos hijos de Dios. Y que, igual que Caín mató a Abel, hoy la historia se repite, pero que este dolor que hoy sufren, un día se acabará. Y ese día ha llegado: los campamentos se abren, y el pueblo vuelve a ser pueblo.

    La reconstrucción no se deja esperar, y Nain inicia sus estudios junto a Kaled, pues nunca los habían iniciado. Ahora son niños normales. El recuerdo es duro, nacieron en campos de refugiados, no conocían el mundo más allá de la alambrada, y al descubrir que hay otro mundo más allá de los muros y barricadas, han dejado de ser los niños de los campamentos.

    Cuántos niños sobrevivieron en los campos de refugiados de la Cruz Roja, de la Media Luna Roja, del Medio Oriente…, cuántas historias se repiten en Bosnia, en Croacia…

    Hoy Nain y Kaled viven en una aldea palestina, en la paz del campo, entre olivos y naranjos.

He recibido carta de Nain,  y en ella me cuenta que la paz no está sellada, pero han devuelto las zonas ocupadas. Y me pide que le publique este poema:

Asentamiento

¿Ves ese olivo? Lo plantó el abuelo de mi padre.
¿Ves ese naranjo? Lo plantó mi madre.
¿Ves ese limonero? Lo plantaron cuando yo nací,
y de ello han transcurrido catorce años.
 
¿Ves esa construcción? Es un nuevo asentamiento.
¿Ves como avanza? Dicen que llegará aquí.
¿Que será de mi olivo, del naranjo y el limonero?
 
¿Los dejarán? ¿Los arrancarán? ¿Me quitarán mi tierra?
¿Matarán mis sueños? ¿Lo sabrá mi abuelo?
¿Lo sabrá mi padre? ¿Lo sabrá mi madre?
 
En ellos está mi historia,
En ellos está la historia de mis abuelos,
de mis padres, de mi pueblo.
 
¿Ves esa construcción? Es un nuevo asentamiento.
¿Sabes?, dijeron que no levantarían más,
que nos devolverían la tierra arrebatada,
pero cada día avanzan más.
 
¿Ves cómo avanzan? Son los dragones de la tierra
que se arrastran por el campo y lo devoran todo,
Son las víboras de las noches oscuras.
 
¿Qué será de mi olivo?
¿Qué será de mi naranjo?
¿Qué será del limonero?
 
¿Qué pasará con mi historia?
¿Ves cómo avanzan?

 

Nain describe con crudeza un nuevo problema: los asentamientos, las nuevas construcciones en las zonas ocupadas, en las zonas que serán devueltas a los palestinos, son ahora el enfrentamiento con los colonos.

Para Nain y Kaled el futuro continúa incierto, la pesadilla no ha terminado.

de Cesar Augusto Salomon

 

“En todas las historias de desaparecidos siempre hay una mujer que camina”.

de José Pablo Baraybar, antropólogo forense.

 

 “… aquellas mujeres, vestidas de negro de los pies a la cabeza, iban de una fosa a otra por todo el país sin obtener resultados. Pero no perdían la esperanza y seguían el camino”.

de Guillermo Altares, periodista

“Una lección olvidada” (Viaje por la historia de Europa)

***

Experiencias vividas y contadas por sus protagonistas.

Tomado de la Red

 

pb/2021

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