martes, 11 de diciembre de 2018

LA MANZANA



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FIERA DE AMOR

Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
no hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor,
había ya estragado mis garras y mi instinto,
cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
y clamé al imposible corazón... la escultura
su gloria custodiaba serenísima y pura,
con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
y desde entonces muerdo soñando un corazón
de estatua, presa suma para mi garra bella;
no es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
sin sangre, sin calor y sin palpitación...

¡con la esencia de una sobrehumana pasión!

de Delmira Agustini
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XLII

bajo los abedules
le pregunté a la rosa
por la niña orgullosa
de los ojos azules.
Oculta por los tules
del sauce, del zarzal,
pasea virginal
su pie por el jardín.
La busco cual mastín
detrás de algún rosal.

De apuntes, de 2001
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LA MANZANA

Desearía no haber tenido relación con este sórdido asunto, pero cuando se es un gusano no siempre se tiene elección.
En aquella ocasión, como en otras muchas, fue el hambre y un cúmulo de desastrosas casualidades las que produjeron la catástrofe. Las manzanas, siempre las manzanas. Como a Blancanieves, a Eva y a los protagonistas de otros cuentos infantiles, a mí también me arruinó la vida una apetitosa manzana. El único consuelo fue que Guillermo compró a los testigos y cambió manzana por cabeza en el relato de los hechos para convertirse en héroe. Mientras tanto nadie reparó en mí, salvo Guillermo, claro, aunque imagino que con el tiempo olvidó mi fatídica intervención. Ahora que se acerca mi último vuelo de mariposa, necesito contar el final real de la historia para acallar mi conciencia. Guillermo no acertó en la manzana, mató a su hijo y no fue por mala puntería. Rompí su concentración al asomar la cabeza fuera de la manzana para ver qué provocaba aquel súbito silencio.

De Miguel Torija Martí
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martes, 4 de diciembre de 2018

EL CUADRO

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Surrealismo arquitectónico natural de la Pedriza:

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GALATEA

No sabía qué hacer aquella tarde.
Tú estabas enfadado y no querías
salir. Me fui al Parque del Oeste
y estuve paseando mucho rato
sin encontrar un alma. En el invierno
casi nadie pasea por los parques.
No pensé nada. Me senté en un banco
y encendí un cigarrillo. De repente
un hombre joven se sentó a mi lado.
Le miré y vi que había un solo ojo
en mitad de su frente, un ojo oscuro,

tristísimo y brillante. Me miraba
como pidiendo ayuda, suplicando.
Ninguno de los dos dijimos nada.
Él miraba mis ojos y yo el suyo.
En silencio empezó a llorar despacio,
se avergonzó y se fue. Yo no hice nada
por detenerle. Tú no te creíste
ni una palabra de esta historia, pero
yo me lleno de angustia y de tristeza,
aunque quiero evitarlo, si recuerdo
al cíclope del Parque del Oeste.

De Amalia Bautista
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XLI

En el jardín están las mariposas,
los alhelíes y las clavellinas,
las margaritas y las amapolas
y los rosales con flores y espinas.

En el jardín cantan los ruiseñores
y los jilgueros cuando nace el día;
y por la tarde, con los resplandores
del sol poniente, cantan todavía.

En el jardín la vida es un encanto.
El jardinero riega cada día
con amoroso, dulce y suave tacto…
(¿Qué habrá detrás de la jardinería?).

De apuntes, 2001
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EL CUADRO

Fue por matar el tiempo. Alguien los había sentado en la misma mesa, el silencio se hacía incómodo y tarde o temprano tendrían que hablar.
-¿Y usted a qué se dedica?
El tono de frase hecha casi resultó grosero, pero a Marco no se le ocurría otro modo de empezar una conversación con alguien del que sólo sabía que rascaba compulsivamente el mantel con un tenedor.
-Pues... no sabría qué decirle -contestó el otro con una tímida sonrisa.
Bien, pensó Marco. Era un comienzo ambiguo, ideal para divagar durante la hora escasa que duraría la cena.
-¿Por?
-Digamos que soy coordinador de márketing.
-Ah.
Marco no sabía nada sobre coordinadores de márketing, en realidad no le interesaban lo más mínimo, y aquella conversación habría discurrido por los cauces habituales de correcta monotonía a no ser por un detalle que atrajo su atención.
-Pero lo que de verdad me gusta es la pintura.
Se llamaba Ernesto Calvo, aunque Marco ya no recordaba su nombre. Y en ese momento se arrepintió por no haber puesto más atención cuando fueron presentados.
-¿Es pintor?
-Bueno, sí. Me gusta, pero no vivo de ello.
-Yo sí.
-¿Cómo dice?
Marco era pintor.
Una curiosa coincidencia. La mejor manera de pasar el rato y, por qué no, la velada. Cuando la cena concluyó y Marco volvió a reunirse con Ana, su compañera, le presentó a este hombre pálido y delgado, cercano a los cuarenta, que miraba hacia todos los lados para no fijar la vista en nadie. Lo invitaron a tomar una copa en su casa.
-Así Marco podrá mostrarle algo de su trabajo -dijo Ana, incapaz de disimular cierto tono de orgullo.
-Oh, será un orgullo.
-No es gran cosa -mintió Marco-, pero, como ya le he dicho, vivo de ello.
Ernesto Calvo resultó ser un hombre agradable, buen conversador, a pesar de su aparente timidez y, a juicio de Marco, un gran conocedor de pintura. Por si fuera poco, no escatimó elogios sobre sus obras. La mayoría de ellas estaban basadas en el estudio de la fauna animal. Marco utilizaba técnicas y estilos muy diversos para retratar todo tipo de especies, deteniéndose sobre todo en la expresión de los rostros. Era, según sus palabras, una "búsqueda de lo humano". Potenciaba las miradas y los gestos faciales, intentando crear personajes y arquetipos sociales. El resultado era algo enfermizo, incluso antinatural, pero confería a la obra todo su carácter.
En el centro del taller, cubierto por una sábana, se alzaba el lienzo más voluminoso de todos.
-Es bastante grande. ¿Qué animal representa? ¿Puedo verlo? Ante la curiosidad manifestada por Ernesto, Ana tuvo que aclarar:
-A Marco no le gusta mostrar sus obras hasta que están terminadas.
-Oh, entiendo. Sí, a mí también me pasa.
-De todas formas, ni yo mismo sé bien lo que es. Llevo meses haciéndolo y deshaciéndolo. Sencillamente, no quiere salir.
-Lo mejor en esos casos es parar durante un tiempo y retomarlo más adelante. No es sano obsesionarse.
-Para usted es fácil decirlo. No tiene que entregarlo en una fecha determinada. Yo, como ya le dije, me gano la vida con esto.
-Es un encargo -explicó Ana.
-Claro, claro, yo no tengo fechas de entrega, tiene usted razón -Ernesto bajó la mirada, como si se disculpara, y Marco creyó detectar cierto tono de orgullo herido en sus palabras-. No obstante, le dedico bastante tiempo, más que cualquier otro aficionado. Me relaja, ¿sabe?
-La pintura puede ser una buena forma de terapia -afirmó Marco, y en una ingenua asociación de términos añadió:
-Supongo que el márketing debe de generar mucho interés, ¿no?
Ernesto negó con la cabeza y tomó aire, como si se dispusiera a exponer una vieja y meditada teoría.
-Son las manías.
-¿Cómo dice?
-Desde la infancia arrastro una fuerte propensión a las manías. A veces me indigno conmigo mismo, porque soy incapaz de controlarlas. Manías estúpidas, sin sentido, que me hacen perder el tiempo y la energía. Sólo la pintura me ocupa lo suficiente como para olvidarlas.
-Todos tenemos manías -apuntó Ana, ligeramente incómoda ante la extraña confesión del visitante.
-Sí, claro, supongo.
Marco pareció de pronto muy interesado. Recordó que él siempre terminaba de subir todas las escaleras con el pie derecho. No importaban los extraños juegos de pasos que tuviera que hacer con tal de que su pierna izquierda fuera la segunda en alcanzar el descansillo. Por supuesto, nadie había percibido aquella peculiar costumbre, fundamentalmente porque con los años había adquirido la facultad para calcular desde la base de la escalera con qué pie pisar para acabar correctamente. Le preguntó a qué tipo de manías se refería.
-Oh, pues... lo cierto es que me daría apuro citar muchas de ellas.
-Entonces no lo haga -se apresuró a contestar Ana-, las manías sólo tienen razón de ser para el que las padece.
-No, no, ponga un ejemplo -insistió Marco.
-Bueno. Hay una que practico continuamente, casi siempre de un modo inconsciente... Prométanme que no se van a reír. Es que... ¡es tan estúpida! Resulta que siempre tengo que terminar de subir las escaleras con el pie derecho. Absurdo, ¿verdad?
Se hizo un breve silencio. Ana se llevó la mano a la boca, recordando que había prometido no reírse. Marco hizo lo mismo, pero con una expresión muy distinta.
-Pues soy capaz -continuó Ernesto- de intuir durante el ascenso con qué pie voy a terminar, y si no es el derecho, rectifico dando una zancada de dos peldaños.
-Tiene usted razón. Es bastante absurdo -confirmó Ana mientras buscaba la mejor manera de dar por terminada aquella velada.
Pero la velada no había hecho más que empezar. Al principio, Marco se quedó sin palabras. ¿Era posible que dos personas completamente desconocidas compartieran una práctica tan arbitraria como necesaria en sus vidas?
-¿Por qué hace eso? -dijo.
-Francamente, no lo sé.
Marco tampoco. Pero antes de confesar a su invitado que él hacía lo mismo, decidió probar suerte con uno de sus más profundos, extravagantes y absurdos hábitos.
-Veamos. Usted, cuando se va a acostar, ¿cómo coloca el calzado?
-¿Qué quiere decir?
-¿Hace algo especial? Me refiero a...
-Sí, sí. Ahora que lo dice, siempre dejo el zapato derecho un poco más adelantado que el izquierdo.
-¡¿Apuntado ligeramente hacia la puerta más próxima?!
Ernesto le miró con extrañeza.
-¿Cómo lo sabe?
-¡Yo hago exactamente lo mismo desde hace años! ¡Y también lo de la escalera!
-¿De verdad haces eso? -Ana dio un paso atrás, como si estuviera ante dos chiflados-. Nunca me lo habías dicho.
-Confesarlo es casi tan absurdo como hacerlo, cariño.
-Qué extraño -murmuró Ernesto.
-Sí, es muy extraño. ¡Más aún, es fascinante! El súbito entusiasmo de Marco contrastaba con el gesto escéptico del otro. Quizá eran dos coincidencias demasiado peculiares como para ser tomadas en serio. Quizá Marco Soto, aquel pintor de ojos vidriosos permanentemente aferrado a un Martini, no era en ese momento un interlocutor muy fiable. Quizá sólo le estaba tomando el pelo.
-¿No me estará tomando el pelo?
-¡Pero qué dice! ¿Cómo iba a saber si no lo de la puerta?
-Sí, claro.
-Coincidencias -sentenció Ana, reprimiendo un bostezo.
-Es mucho más que eso -Marco empezó a dar vueltas por el estudio, agitando suavemente su bebida-. Es un acontecimiento, un punto de encuentro, un cruce de personalidades... Esto tiene que significar algo. Quizá... ¡Sí, ya lo tengo! Algo relacionado con la política: derecha, izquierda... -hizo un gesto de balanza con las manos, invitando a Ernesto a decantarse. Éste negó con la cabeza.
-No me interesa la política.
-Seguro que votamos al mismo partido el año pasado. Ernesto ni siquiera había votado. Pero Marco insistía en que aquellas dos manías compartidas implicaban forzosamente un vínculo más profundo.
-¿Qué edad tiene?
-Cuarenta y tres.
Marco, treinta y siete.
-¿En qué mes nació?
-Octubre.
Marco, en junio.
-No, no, tiene que haber algo. Algo en común. ¿Dónde estudió usted? ¿Tiene hermanos? ¿Está casado...?
Unas veces sí, otras muchas no. Las respuestas de Ernesto iban dejando claro que ambos no eran demasiado parecidos, ni siquiera demasiado diferentes. No obstante, estaba claro que a los dos les gustaba charlar, especialmente sobre técnicas de pintura. Aquello no era muy justo para Ana, experta en fisioterapia. Un par de horas después, cansada de mirar el reloj y de servir copas, decidió irse a la cama.
Tuvo un sueño muy intenso, de esos cuya sensación se prolonga durante días. Soñó que a través de la puerta entreabierta del dormitorio se perfilaba el pie derecho de su marido, llegando al rellano de la escalera seguido del izquierdo. Y luego vio cómo se descalzaba y dejaba los zapatos en aquella extraña posición.
Suavemente extraña...
Cuando el rostro de Marco se aproximó para besarla, Ana sintió un escalofrío al descubrir que era Ernesto Calvo.
No supo si despertó por la visión o por el barullo de voces procedente del taller. Marco y Ernesto estaban discutiendo. No habría decidido intervenir de no ser por el ruido de un vaso estrellándose contra el suelo.
Los encontró frente a frente, a ambos lados del enorme lienzo, ahora al descubierto. Ernesto estaba rojo de ira, sudaba y hacía aspavientos con las manos, llegando incluso a tocar algunas partes del cuadro.
-Esto, y esto… ¡Y esto!
Marco, aún con la sábana blanca entre las manos, negaba con la cabeza y casi parecía a punto de sonreír de incredulidad.
-¿Pero no se da cuenta de que eso es ridículo?
-¡No es ridículo! ¡Es un hecho! ¡Es una infamia!
Ernesto sostenía que aquel cuadro era una imitación. El original, repetía una y otra vez, había sido ya pintado por él hacía tan sólo un mes.
-¿Pero cómo, cuándo, dónde iba yo a copiarte? ¿Para qué? ¡Si ni siquiera lo he terminado!
-Ya lo sé, ya lo sé. Tan sólo dos pinceladas de rojo aquí y aquí, y su copia estará consumada, ¿no es así?
Marco se apresuró a cubrir de nuevo el lienzo, antes de que el visitante rayara la pintura con las uñas.
-No voy a negar que ambas obras puedan tener el mismo concepto, que empleen técnicas similares, en definitiva, que se parezcan...
-¡No se parecen, son idénticas! Usted pintaba animales y de pronto pinta esto. ¿Por qué ha cambiado de tendencia?
-Ya le he dicho que ni yo mismo sé lo que es. ¿De verdad cree que he decidido fríamente qué es lo que voy a pintar?
-Usted decide fríamente qué es lo que va a copiar. Todo esto es una farsa. Me ha traído aquí con un propósito muy claro. Primero me hace creer que tenemos cosas en común...
-Manías.
-Y me muestra el cuadro para que yo, el pobre aficionado, diga: "¡Oh, sí, es otra coincidencia!".
-¡No es una coincidencia! -Marco subió repentinamente el tono de voz. Aquel individuo empezaba a irritarle-. No es una coincidencia porque dos obras de estas características no pueden ser iguales. ¡Es una abstracción, por Dios!
-Vayamos a mi estudio y se lo demostraré.
Ana se vio obligada a intervenir.
-No creo que sea una buena idea. Otro día quizá...
Pero la decisión ya había sido tomada. Marco dejó su copa sobre una mesa y se frotó las manos.
-Por supuesto que iré. Ahora mismo.
Ana agarró a su marido por el brazo y lo condujo hasta un rincón del taller, mientras el visitante descubría de nuevo el cuadro, como si quisiera recrearse en su indignación.
-En mala hora decidí mostrárselo.
-Marco, no vayas.
-Cariño, sólo quiero aclarar este asunto. Ese hombre ha bebido más de la cuenta...
-Tú también.
-Lo que dice es tan absurdo.
-¿Y si es cierto? ¿Y si llegas allí y te encuentras con un cuadro idéntico al tuyo?
-¿Pero qué dices?
-Piensa por un momento en que exista esa remota posibilidad.
-No existe.
-Sí, pero piénsalo. Piensa que quizá sea tan simple y arbitrario como eso.
-¿Cómo qué?
-Como que compartís dos manías... y un lienzo. Escucha, he soñado que...
-Es imposible -Marco remató una a una las sílabas de su sentencia, como si dictara un veredicto.
Luego la besó y se fue.
Ana volvió a ver a su marido una vez más, en el depósito de cadáveres. Él y Ernesto estaban medio calcinados.
Tras considerar varias hipótesis, la policía llegó a la conclusión de que la noche del accidente, después de un violento forcejeo, una de las dos víctimas intentó prender fuego a un enorme lienzo. Las llamas se propagaron por toda la casa del señor Calvo, acabando con su vida y con la de su invitado.
Cuando Ana fue citada para identificar los cuerpos, miró a uno y otro, contuvo un gemido y susurró:
-No sé quién es quién.

de ALEJANDRO AMENÁBAR
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martes, 27 de noviembre de 2018

ALGA ENREDADA


Foto Paquita: Callejón de las Abejas, en La Pedriza
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ALGA QUISIERA SER, ALGA ENREDADA...

Alga quisiera ser, alga enredada,
en lo más suave de tu pantorrilla.
Soplo de brisa contra tu mejilla.
Arena leve bajo tu pisada.

Agua quisiera ser, agua salada
cuando corres desnuda hacia la orilla.
Sol recortando en sombra tu sencilla
silueta virgen de recién bañada.

Todo quisiera ser, indefinido,
en torno a ti: paisaje, luz, ambiente,
gaviota, cielo, nave, vela, viento…

Caracola que acercas a tu oído,
para poder reunir, tímidamente,
con el rumor del mar, mi sentimiento.

de Ángel González.
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XL

Hoy deseo dedicarte
unas palabras de amor.
No lo presumas tan fácil:
en corazón se me agita
al repetir que te quiero
en el hueco de la noche.
Pero quiero confesarte
que me tocó la fortuna:
aquella vez que nos vimos,
fue un no se qué… ¡qué sé yo!
y desde entonces noté
ese "nosequeseyo"
siempre que pensaba en ti.
Me salía la emoción
solo soñar con tu aroma,
perdido en las discusiones
con mi propio pensamiento:
busco razones al aire
porque la duda me llama.
Pero el roce con tu piel…
Entonces me lo creía:
¡todo podría pasar!
Y despierto divagaba
en vigilia con tu amor,
aunque nada te decía,
siempre lleno de temores
de que tú me despertaras.
Eras mi sol y mi día,
mi luna de noche negra,
mi faro de salvación
cada vez que buceaba
en mi tormenta de amores.
De futuro dialogamos.
(Del respeto, del amor.)
Solo esa vez a la tuya
mi mano, leve suspiro,
se acercó.
Y padecí mil tormentos.
Era tanta mi alegría,
tu rubor tan colorado,
la melodía, tan suave,
de tu voz...
Ahora invoco los recuerdos
y la emoción me desborda,
y me embarga la ternura,
y me abrasa la pasión.
Vivo cada noche y día
el minuto,
de aquella felicidad:
y ese no sé, ¡qué sé yo!

De apuntes, 2001
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SIMPLEZA POÉTICA

Que últimamente se diga que la poesía se está poniendo de moda es para preocuparse. No porque se lea y se escriba más poesía, sino por eso de "estar de moda" que, como bien se sabe, es algo pasajero, destinado a olvidarse pronto y ser sustituido.
No es tanto estar de moda como que haya más abundancia, sobre todo de gente que se dice poeta, más que de lectores. Y esa abundancia viene por la mayor cantidad de alfabetizados y la facilidad para escribir en redes o publicar un librito o salir en un libro comunitario. También es posible que ocurra por la crisis de valores y económica que sufrimos, que ya dijo Cervantes que "el año que es abundante en poesía suele serlo de hambre".
De tener la posibilidad de escribir, porque no se es analfabeto, a ser un escritor, hay una distancia similar a la de sostenerse flotando en una piscina o ser Michael Phelps, Mireia Belmonte o Johnny Weissmüller.
Entre escribir unos versitos e incluso publicarlos y ser un poeta hay la misma diferencia de la que tenemos cualquier pelanas canturreando en la ducha o en el coro de la parroquia y Luciano Pavarotti atacando el Nessun dorma.
Pero la simpleza a la que hago referencia en el título es uno de los aspectos más desastrosos de la nueva montonera de poetas que circulan por nuestros papeles y recitales. Me refiero a todos esos simples que afirman escribir y no corregir "porque se pierde espontaneidad"; a todos esos bobos que insisten en que cuando llega la inspiración hay que soltarla tal y como viene y no retocar nada porque eso es lo más poético.
Los sentimientos, por buenos o aparentes que sean, no garantizan un poema, lo he dicho muchas veces. Hay que añadir ideas, inteligencia, lenguaje, oficio, esfuerzo en suma; y aún así hay muchas veces que ni por esas.
A cualquier poeta de verdad, rara vez le sale un poema de un tirón, no digamos un libro. Y cuando ocurre, la mayoría de las veces es porque venía bullendo en la cabeza desde hacía tiempo. Aún esos poemas "de sopetón" suelen ser revisados una y mil veces por sus autores si es que lo son de verdad y no meros junta-palabras.
Es ley la frase del gran Paul Valery: "Un poema no se termina, simplemente se abandona". O lo que es lo mismo: el verdadero poeta repasa, corrige, quita y añade hasta que ya no puede más porque ese es el oficio, la sustancia de la creación artística, la responsabilidad de dejar la obra lo más perfecta posible. E igual le sucede a casi todos los pintores, los músicos y demás familia de creadores.
Y todo lo que no sea eso, es por lo general petulancia, torpe soberbia, vacía vanidad y ganas de ir de listo por la vida, que se convierte en ir sólo de listillo y termina en simple zoquete.
De todo esto son buena muestra las imágenes con las que ilustro este articulillo: Sendas páginas autógrafas de José Zorrilla, Gustavo Adolfo Bécquer y César Vallejo, llenas de tachaduras, correcciones y acotaciones —pentimentos, que dicen los pintores—.
¿Son sospechosos de ser malos poetas esos tres autores? ¿Es que no son modernos y no lo fueron en su tiempo? ¿Es que no tienen ni idea de lo que es la inspiración, la emoción y los sentimientos?
Queridos mequetrefes del "todo vale", del "me ha salido así", del "todos tenemos derecho", del "si leo me contamino" y de "el sentimiento no hay que retocarlo", permitidme (o no, tanto me da) que os aplique la frase de Calderón en el Alcalde de Zalamea: "¡Ah, villanos con poder!", entendiendo aquí como poder el saber juntar las letras y como villanía el no saber hacerlo más que con vulgaridad o cursilería y en "sostenella y no enmendalla" que hacía otro borrico en las Mocedades del Cid, de Guillén de Castro.
Tachad, colegas, tachad. Os aseguro que en este escrito he tachado yo más que lo que he dejado en el sufrido papel.

de Enrique Gracia Trinidad
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martes, 20 de noviembre de 2018

LECCIONES DE VIDA SEXUAL


Aguja en la zona alta del Callejón de las Abejas, en La Pedriza

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PEQUEÑAS SEDICIONES


hay tanta gente sola

seria perdida mustia
emborronada
que sueña que sucumbe

gente que se detiene
en los semáforos
y hojea –es un decir-
revistas de países
a los que nunca irá

ánimas solitarias cuerpos solos
con tedio se masturban y a menudo
piensan en el pasado

lejos de ser felices se conforman
con la mención de la felicidad

están al día de todas las noticias
de todas las canciones
los libros las películas

son buenos anfitriones y organizan
cenas con compañeros de trabajo
en pisos de alquiler

recogen entre todos
la mesa
tristemente

después vuelven a casa
y así viven

todos creen merecer algo mejor


inédito de Javier Vela
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XXXIX

Una brisa de canela,
de refrescante sonrisa,
si te imagino a mi vera.

Con el sol del mediodía
me asaltan desde las piedras
comezones y morriñas.

Una poquita de sal
y unos granos de pimienta
son la suerte que me espera.

Se cruzan, traban y enredan
los caminos de mi vida;
pero a ti ninguno llega.

de apuntes, 2001
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CINE: LECCIONES DE VIDA SEXUAL

LA FICHA 'Kinsey' Director: Bill Condon Intérpretes: Liam Neeson, Laura Linney, Chris O'Donnell, Peter Sarsgaard, Timothy Hutton, John Lithgow País: EEUU Duración: 118 minutos.

Alfred Kinsey (1894-1956) dedicó 20 años de su vida al estudio de un tipo de avispa que ni vuela ni pica. La avispa de agalla. Kinsey recogió y analizó hasta un millón de ejemplares de estos insectos, y llegó a relevantes conclusiones de la ciencia entomológica. Kinsey, en verdad, era un tipo que lo hacía todo a lo grande. El mismo celo enfermizo con el que coleccionó avispas y las examinó al trasluz lo aplicó después a su siguiente objeto de estudio: la sexualidad humana. Suyo fue el llamado informe Kinsey, obra capital sobre el comportamiento íntimo de hombres y mujeres que, en el ecuador del siglo XX, dejó patas arriba a la sociedad americana, tan proclive al grito y el pataleo cuando se trata de hablar simplemente de sexo.

El retrato. Bill Condon, director de sensibilidad dulce e infrecuente (Dioses y monstruos, 1998), retrata en Kinsey los recovecos y aristas de un científico excéntrico y extrañamente oblicuo, interpretado por Liam Neeson con formidable presencia escénica. Un personaje singular y ambiguo, homosexual reprimido y masoquista según unas biografías, abiertamente bisexual según otras; traumatizado en su niñez por un padre castrador, retrógrado y moralista; capaz, en fin, de pincharse el prepucio con una aguja hasta sangrar para experimentar la sensación de dolor que algunos de sus encuestados decían sentir cuando practicaban sexo.
Condon explora la vida de Kinsey en un insólito juego de equilibrios entre pasión y moderación, entre ciencia y esperpento, eludiendo vicios y trampas propios del biopic, género con peligrosa tendencia a la exaltación y la hagiografía. El director neoyorquino se acerca a Kinsey a través de entrevistas rodadas en blanco y negro, las mismas que el científico hizo masivamente en sus estudios sobre sexualidad, y viaja con él desde su adolescencia en la reaccionaria Indiana de principios de siglo hasta sus penúltimos días en compañía de su esposa, allá por 1956.

Insectos y sexo. Kinsey fue una autoridad mundial en el estudio de las avispas de agalla. Siendo profesor de Entomología en la Universidad de Indiana, conoció entre el alumnado a la que sería su mujer, Clara McMillen (Laura Linney). Ambos eran vírgenes y sus primeras experiencias sexuales fueron un desastre. Siempre tan científico, Kinsey consideró que era necesaria una metodología sobre sexualidad. Poco a poco le pilló el truco -y de qué modo- a la relación marital, y empezó a dar cursillos de matrimonio en la universidad, donde explicaba a jóvenes parejas cuestiones básicas de sexo: masturbación, excitación, posición. Las avispas quedarían relegadas a la vitrina del coleccionista.

La encuesta. Obseso recolector de datos y estadísticas, Kinsey trasladó la rigurosa metodología de estudio entomológico a la investigación del comportamiento sexual humano. Para tal fin diseñó un completísimo cuestionario a modo de cuadrículas y comenzó las entrevistas que, entre 1937 y 1953, llegarían casi a 20.000. Con preguntas íntimas y espinosas como "¿con que frecuencia tiene relaciones sexuales?", "¿a qué edad empezó a masturbarse?" o "¿qué acto masoquista prefiere?"

Las conclusiones. Las principales conclusiones del informe son: a) el 92% de los hombres y el 62% de las mujeres se ha masturbado alguna vez; b) un tercio de los hombres ha tenido una experiencia homosexual y un 4% se declara sólo homosexual; c) el 42% de las mujeres sólo ha tenido sexo con un hombre en su vida; d) el 10% de las mujeres nunca ha llegado al orgasmo, y e) casi el 50% de los hombres casados ha practicado sexo oral, un 45,5% en el caso de las mujeres.
Nadie, hasta Kensey, se había atrevido a hablar de sexo a la cara. Sexual behavior in the human male (1947) y Sexual behaviour in the human female (1953) hicieron crujir la moral del país de pies a cabeza. "Les estás diciendo que sus abuelas e hijas se masturban. ¿Cómo no quieres que se escandalicen?", le dice su esposa, Clara, en un momento de la película. Kinsey hizo despertar a América el sentido de su propia sexualidad.
Una objeción: pese a lo extenso de la muestra, siempre cabrá la duda sobre la veracidad de los datos. La posibilidad de contrastar el informe Kinsey, uno de los axiomas del método científico, es nula.

El escándalo. Visto hoy, tanto ruido social podría parecer gazmoño. Cincuenta años después de las conclusiones de Kinsey, el sexo sigue teniendo muy mala prensa. Las hordas moralistas y ultraconservadoras de EEUU han vuelto a estigmatizar el sexo. Aprovechando el estreno del filme de Condon, salieron a la calle para boicotearla. "El sida, el aborto, el divorcio y la pornografía son parte del legado de Kinsey", bramó el grupo ultraconservador Morality in Media. En el fondo, las cosas del sexo no han cambiado tanto. Qué curioso. Kinsey tendría todavía mucho trabajo.

De Julián García, 2007
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martes, 13 de noviembre de 2018

EL HOSPICIO


Canal hollada, canal vencida
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EL HOSPICIO

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.

Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de agrietados muros y sucios paredones,
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!

Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,

a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

de Antonio Machado
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XXXIII


Era bravía la rosa.
Disfrutaba los colores,
al compás de sus primores,
desbordado de alegría.
Por esa rosa bravía
que me daba sus amores.

Me dijeron que tu cuerpo
ya no valía la pena.
Que ya no estabas tan buena.
Fue tanto lo que te amaba.
que más que correr volaba
para ver tu piel morena.

Un beso te mando yo
en esta noche de luna.
Con este beso me acuna,
sangre de mi corazón,
esa boca de piñón,
esos labios de aceituna.

Con tu canto y con tu risa
vas ganándote a la gente.
Con tu mirada inocente
a todos vas conquistando.
Y aquí me tienes, llorando.
¿Por qué serás diferente?

En el plantar, la virtud
siempre se sitúa en medio:
si lo riegas sin promedio
se te pudre con pesar
Si lo dejas de regar
se te seca sin remedio.

Los valores del deseo
que sientes por agradar,
no se te pueden pagar.
no tienen tasa ni precio;
La arrogancia y el desprecio,
nunca los voy a olvidar.

Un sentido de poder
hay en lo de manejar
del que quiere dominar.
Y, como no hay dos sin tres,
está el de no obedecer
contra el vicio de mandar

Te huelen a boquerones
esas manos que tu tienes.
Te huelen a boquerones.
A mi me huelen a rosas
a jazmines y claveles
esas manos tan hermosas.

De apuntes, 2001
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EL INTERFONO

Una noche, mientras soñaba -lo recuerdo- con un mar sereno en el que nadaba rodeada de sol, el interfono que comunicaba mi dormitorio con el de mi hijo cambió su tenue luz verde por una intensa luz roja y un quejido sonó a través de él. Me incorporé y fui hasta el cuarto del pequeño, al que encontré dormido. Reprimí las ganas de acariciarle el moflete que se le espachurraba cómicamente sobre la almohada y regresé a mi habitación. Me acosté y, acurrucada de nuevo bajo la manta, froté los pies contra el colchón tratando de contrarrestar la frialdad del suelo que habían pisado hacía un momento. Sólo entonces, recuperado el calor del lecho, me percaté de que el sonido del interfono había sido extraño, probablemente fruto de mi sueño y no de mi hijo.
Estaba consiguiendo volver a dormirme cuando a través de la precaria piel de los párpados noté un cambio de luz; abrí los ojos bruscamente y vi que el aviso rojo del interfono centelleaba de manera intermitente. Sin embargo, ningún sonido salía de él. “Habré apagado el volumen y el niño estará moviéndose”, pensé, como si tal combinación de hechos explicase el fenómeno. Naturalmente no me conformé con esa hipótesis y volví a dirigir mis pasos hasta su habitación. El suelo estaba todavía más frío, la puerta estaba entornada en el punto exacto en el que la había dejado, mi hijo seguía durmiendo en la misma posición. Me acerqué hasta su cara, me llegaba su delicioso olor, dormía un sueño tranquilo y respiraba acompasadamente.
Me aseguré de que el receptor que había junto a su cama tuviera el volumen alto y volví por segunda vez a la mía.
Había conseguido relajarme cuando a través del interfono me llegó un llanto repentino e intenso. Me incorporé a toda prisa, corrí hasta el cuarto del niño y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza al encontrarle profundamente dormido. Miré el receptor durante unos segundos con la esperanza de encontrar una respuesta, permanecía de pie en medio del cuarto y sentía el suelo cada vez más frío. Dos posibilidades cruzaron mi mente. La primera, que mi pequeño hubiera llorado un instante en sueños, otras veces había ocurrido; la segunda, que se tratara de una interferencia y me estuviera llegando el llanto del niño del quinto.
De vuelta en mi cama, traté de olvidar lo ocurrido y retomar el sueño del mar y el sol. Imaginé e imaginé con la esperanza de que la imaginación conjurara al resto de mi cerebro y lo imaginado se convirtiera en soñado, pero no ocurrió. Milagrosamente conseguí dormirme otra vez, pero ese mar y ese sol se me escaparon para siempre.
Un “mamá” gritado con angustia me despertó de nuevo. Abrí los ojos y la luz del interfono, roja e intermitente, indicaba el sonido que captaba el receptor, incesante. “Mamá ven, mamá, tengo miedo”, se oyó con claridad. Entre el aturdimiento y los nervios se abrió pasó la certeza de que aquella no era la voz de mi hijo, así que recorrí el pasillo auténticamente aterrorizada. Y allí estaba él, que se había girado hacia la pared y dormía tranquilo… y solo. O eso pensé. Caí en la cuenta de que el niño del quinto tenía sólo dieciocho meses y apenas hablaba, así que no cabía duda de que tampoco podía tratarse de él a través de una interferencia.
Tenía mucho miedo y concentré todas mis fuerzas en evitar pensar. No debía pensar, no debía, tenía que no pensar, si pensaba iba a tener más miedo. Me metí en la cama y me acurruqué junto a él, tan cerca que mi nariz tocaba el pelo que le caía sobre la nuca. Quise verle la cara, y me estaba incorporando con sigilo para lograrlo, cuando una idea me detuvo: era necesario apagar el interfono, era prioritario, me espantaba imaginarlo en mi dormitorio, arrojando sobre la sagrada atmósfera de mi hogar una voz angustiada y desconocida. Anduve los ocho metros de pasillo con decisión y me planté ante mi cuarto. El interfono gemía, gemidos ajenos, infantiles y lejanos, estremecedores como una tormenta que se acerca. Detenida en la puerta, lamenté no haber apagado el receptor, aferrándome a la lógica de que así los sonidos habrían cesado. “Soy idiota”, me dije. Mientras me acercaba al aparato los gemidos se hacían más intensos, alternando con palabras ininteligibles. Toda la decisión de hacía unos segundos se había volatilizado y extendí mi mano hacia el interfono con más temor que si se tratara de un objeto incandescente. Rozaba ya con la yema del índice el botón de apagado cuando palabras nítidas y serenas se elevaron de pronto por encima del resto de sonidos: “Ven. Mamá, ven, por favor. ¿Por qué no vienes?”.
Cogí el interfono y corrí hasta la habitación de mi hijo, pero un ahogo de pánico apagó mi grito y mis fuerzas cuando al llegar le encontré sentado sobre la cama, como algunas veces le encontraba cuando me llamaba, solo que esta vez de espaldas, mirando a la pared de manera terroríficamente incomprensible. El aparato que sujetaba en mi mano derecha continuaba emitiendo lamentos, mi hijo seguía cara a la pared, como un pequeño buda o una estatua en la noche. Inmóvil. Me agaché hasta la mesilla y con la mano izquierda apagué el receptor, pero ni siquiera entonces cesaron las quejas en el interfono, que ardía entre mis dedos fríos. Me repugnó su calor, no pude contenerme más y lo arrojé al suelo con pavorosa ira sin poder ni querer evitar el estruendo que hizo al caer y destrozarse. Entonces mi pequeño se giró, me miró espeluznado y por fin rompió a llorar.
Le abracé y acaricié para sofocar sus sollozos. Fue un llanto largo e inconsolable, pero a mí me pareció vivificador, señal de que una parte de mi realidad volvía y ya no luchaba sola para alejar las sombras. Cuando cayó rendido y se durmió de nuevo, todavía respingó varias veces. Permanecí toda la noche a su lado, vigilante, dispuesta a enfrentarme a lo que quiera que fuera aquello que nos rondaba, preparada para plantarle cara al mismísimo Satanás si aparecía por la puerta, pero sin valor para levantarme a cerrarla y acabar con la horrible rendija por la que asomaba el pasillo oscuro. “El mar y el sol, estoy nadando en el mar, hace sol, mucho sol, nado en el mar…” me repetí una y otra vez durante las dos horas que transcurrieron hasta el amanecer.

de Elena Prado
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martes, 6 de noviembre de 2018

HOY DOBLAN LAS CAMPANAS


Hacia La Canal del Silencio, en La Najarra.
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Nacer
Flotar
Vivir, nada
Nada
Rosas cubiertas de lodo
Eco silencioso
en el eterno sabor del llanto
Hoy vuelve a mirar
a través del cristal
Oscurece
De nuevo el relámpago.
Golpea el cristal
Fuego, y más fuego
-no tenemos nada-
Murmura bajando la voz
Más relámpagos
El cristal se rompe
Su frente con él
Sus ojos con él
Sus labios con él
Su aliento con él
Cesan los relámpagos
Qué soledad absurda
en medio del humo,
en medio del polvo
en medio de nada.
Más rosas, más rosas
Rosas cubiertas de lodo
rosas cubiertas de miedo
rosas cubiertas de nada

de Zeneida Pizarro Verganzo
(Zene)
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XXXVII

En el parque de San Pablo
nos miramos a la cara.
Yo te lancé mi cumplido.
Tú no me dijiste nada.

Al cruzar la calle nueva
te dijeron un piropo;
te pusiste colorada…
y pasaste poco a poco.

La reja de tu ventana
tiene cadena y un perro
para alejar a los mozos
que solicitan tus besos.

Lo contaron en la esquina.
Lo daban todos por cierto:
por la calle paseaste
del brazo de aquel acento.

Con ese talle y figura
imagino veros juntos,
paseando –tú la i-
por la calle –y él el punto.

No lo quería creer.
No lo he visto con mis ojos.
Miraré para otra parte
hasta que cese el embrollo.

Porque sabes que te quiero,
aunque nunca te lo dije:
los ojitos que me clavas
no son de alguien que finge.

Como no te vi con él
y tu sentío me pierde,
mañana, noche sin luna,
a tu reja voy a verte.

de apuntes, 2001
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HOY DOBLAN LAS CAMPANAS


Hoy doblan las campanas.
Hay lluvia. Y hace frío.
En un lecho de luna,
leve, yace dormido,
como un cachorro manso
ansioso de descanso.

Fue niño. Trabajaba
el campo. Sus pasiones:
vivir la vida loca
sin miedos, sin temores;
pero sin compromiso:
es lo que siempre quiso.

No despreció mañanas
de siembras y laureles;
ni tardes de jarana;
ni noches de mujeres
hasta las madrugadas
de bellas alboradas.

Con una mano abierta
tomó de lo que había
en cada esquina torva.
Tal como se sentía,
mostrábase goloso,
y un punto generoso.

Amado fue, y amó,
y tuvo descendencia
que le aportó sosiego
a su vida; y conciencia.
Aunque alguna razón
le diera desazón.

Su sueño era tener
sin fondo, y derrochar,
y en su existencia larga
lo consiguió lograr
sin gran dedicación
y muy poca intención.

No le importaba nada,
y trabajar tampoco.
Ponía su atención
al listo como al loco,
para después reírse:
de todo hacía chiste.

Su mundo fue un lamento
por un tiempo ya ido:
-¡ahora –repetía-
debía haber nacido!
No se quería perder
los goces del ayer.

Poco a poco la vela
agotó su pabilo,
y en esta cruda noche
de otoño, se ha dormido
con la luna en un pozo,
y un coro de sollozos.


Octubre de 2018
Para Ángel, in memoriam
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martes, 30 de octubre de 2018

AY, VOZ SECRETA


agarrados a la tierra...
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AY, VOZ SECRETA

Ay voz secreta del amor oscuro
¡ay balido sin lanas!, ¡ay herida!,
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!,
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡ay perro en corazón, voz perseguida!
¡Ay silencio sin fin, lirio maduro!

Huye de mi, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

Deja el duro marfil de mi cabeza
apiádate de mi, ¡rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!

de Federico García Lorca
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XXXVI

Me siento acomplejado y prisionero
bajo la dura ley de la ordenanza
que dicta y ejecuta el refranero.

Mas no soy el primero que se lanza
al tren de los refranes, y bucea
en busca de cumplir una venganza.

Muy cierto es el refrán de alguna aldea
que dice que patrón es el que manda
cuando lo hay, y no quien se marea;

pero siempre se dijo al zarabanda
que olvide los asuntos de la villa
y a sus zapatos vaya con la banda.

Hoy día no resulta que la silla,
si no la sacas al escaparate,
la vendas sin pregones, sin semilla;

pero también es cierta, y acicate,
la regla de que no sabe de plato
quien no condimentó con aguacate.

Si te dieran la escoba y el zapato,
mientras el suelo limpias de la casa
no podrías bailar con el mulato.

Igual sucedería con la brasa:
sin la disposición de buena leña
el fuego quedaría en una gasa.

El Jefe difundió la contraseña
de que su palo cada cual llevara
como los marineros en su peña,

y luego divulgaban con su vara
maquiavélicos planes de desquite
para robar clientes en algara.

Y la oferta que puso en el envite
sirvió de regodeo a la canalla
mientras el pueblo entraba en el convite

mirando por la tele la batalla
que para conquistar nuevos clientes
lanzaron por las ondas y en la valla.
Y a los obreros, piedras en los dientes.

de apuntes, 2001
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(Carta de Charles Bukowski a John Martin, publicista de Black Sparrow Press; en 1969 le hizo La Oferta: 100 dólares al mes si Bukowski dejaba su trabajo en el servicio postal de EE. UU., (desde hacía casi 15 años), y se dedicaba exclusivamente a escribir. Aceptó. Dos años después, entregó a Black Sparrow Press su primera novela: Post Office (“Cartero” en español, disponible gratis en PDF).

12 de agosto de 1986

“Hola, John:

Gracias por la carta. A veces no duele tanto recordar de dónde venimos. Y tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman “De 9 a 5”. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar.
Ya conoces mi viejo dicho: “La esclavitud nunca fue abolida, sólo se amplió para incluir todos los colores”.
Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo.
Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Por sexo? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas?
Desde siempre, cuando era bastante joven e iba de trabajo en trabajo, era suficientemente ingenuo para a veces decirle a mis compañeros: “¡Eh! El jefe podría venir en cualquier momento y echarnos, así como así, ¿no se dan cuenta?”.
Ellos lo único que hacían era mirarme. Les estaba ofreciendo algo que ellos no querían hacer entrar a su mente.
Ahora, en la industria, hay muchísimos despidos (acererías muertas, cambios técnicos y otras circunstancias en el lugar de trabajo). Los despidos son por cientos de miles y sus rostros son de sorpresa:
“Estuve aquí 35 años…”.
“No es justo…”.
“No sé qué hacer…”.
A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no? Me di cuenta de que la banca del parque era igual de buena, que ser cantinero era igual de bueno. ¿Por qué no estar primero aquí antes de que me pusiera allá? ¿Por qué esperar?
Escribí con asco en contra de todo ello. Fue un alivio sacar de mi sistema toda esa mierda. Y ahora estoy aquí: un “escritor profesional”. Pasados los primeros 50 años, he descubierto que hay otros ascos más allá del sistema.
Recuerdo que una vez, trabajando como empacador en una compañía de artículos de iluminación, uno de mis compañeros dijo de pronto: “¡Nunca seré libre!”.
Uno de los jefes caminaba por ahí (su nombre era Morrie) y soltó una carcajada deliciosa, disfrutando el hecho de que ese sujeto estuviera atrapado de por vida.
Así que la suerte de, finalmente, haber salido de esos lugares, sin importar cuánto tiempo tomó, me ha dado una especie de felicidad, la felicidad alegre del milagro. Escribo ahora con una mente vieja y con un cuerpo viejo, mucho tiempo después del que la mayoría creería en continuar con esto, pero dado que empecé tan tarde, me debo a mí mismo ser persistente, y cuando las palabras comiencen a fallar y tenga que recibir ayuda para subir las escaleras y no pueda distinguir un azulejo de una grapa, todavía sentiré que algo dentro de mí recordará (sin importar qué tan lejos me haya ido) cómo llegué en medio del asesinato y la confusión y la pena hacia, al menos, una muerte generosa.
No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí.

Tu muchacho,
Hank”
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martes, 23 de octubre de 2018

HOY ME GUSTA LA VIDA MUCHO MENOS...


El equilibrio de las cabras (por La Canal de los Guías)

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HOY ME GUSTA LA VIDA MUCHO MENOS...

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.

Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tanta vida y jamás!
¡Tantos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla...
Y repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!
Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.

Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,
y siempre, mucho tiempo, siempre, siempre!

de César Vallejo
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XXXV

Cómodamente sentado
en esta silla obligada,
disfruto de un desahogo
que poco a poco llegaba.

Tomo, clavado de un pincho
en la pared, un diario
de fecha descolorida
y letras de pintalabios.

Sin especial interés,
solo por pasar el rato,
echo un ojo a los papeles.
(El otro, lo había cerrado).

Cuando ya mi mal se iba
calmando, con gran esmero,
elegí una hoja clara,
y la partí por el centro.

Luego frunzo los fragmentos
estiro bien el despojo
y, con gran delicadeza,
me levanto y limpio el ojo.

de apuntes, 2001
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A MI HIJO DE 13 AÑOS, DE PARTE DE TU MADRE:
un contrato de iPhone, con amor

Querido Gregory:

¡Feliz Navidad! Ya eres el orgulloso propietario de un iPhone. ¡Impresionante! Eres un chico de 13 años bueno y responsable y te mereces este regalo. Pero aceptarlo significa aceptar una serie de normas y obligaciones. Por favor, lee con detalle el siguiente contrato. Espero que comprendas que es mi deber educarte para que seas un joven sano y maduro, capaz de funcionar en el mundo y de coexistir con la tecnología, no de vivir controlado por ella. El incumplimiento de esta lista significará que dejarás de ser dueño del iPhone.
Te quiero con locura y estoy deseando compartir varios millones de mensajes de texto contigo en el futuro.
El teléfono es mío. Yo lo he comprado. Yo lo he pagado. Te lo estoy prestando. ¿A que soy estupenda?
Siempre sabré la contraseña.
Si suena el teléfono, contéstalo. Es un teléfono. Di hola, sé educado. No ignores nunca una llamada si la pantalla dice "Mamá" o "Papá". Nunca.
Entrega el teléfono a tu padre o tu madre sin falta a las 19.30 en días de colegio y a las 21 en fin de semana. Permanecerá apagado durante la noche y lo volveremos a encender a las 7.30 de la mañana. Si es un momento en el que no llamarías a nadie al teléfono fijo -que pueden descolgar los padres-, no llames ni envíes un mensaje. Haz caso a tu instinto y respeta a otras familias como nos gusta que nos respeten a nosotros.
El teléfono no va al colegio contigo. Habla en persona con la gente a la que envías mensajes. Aprender a hacerlo te vendrá bien en la vida. Lo de las medias jornadas, las excursiones y las actividades extraescolares tendremos que estudiarlo especialmente.
Si se cae al váter, se cae al suelo y se destroza o desaparece, tú serás responsable de lo que cueste arreglarlo o sustituirlo. Corta el césped de algún jardín, cuida niños, ahorra dinero de cumpleaños. Algo pasará, así que debes estar preparado.
No emplees esta tecnología para mentir, burlarte de otro ser humano ni engañarle. No participes en conversaciones que hieran a otros. Sé un buen amigo antes que nada, o si no, mantente al margen de las disputas.
No digas nada, ni por mensaje, ni por correo electrónico, ni por teléfono, que no dirías en persona.
No digas nada, ni por mensaje, ni por correo electrónico, ni por teléfono, que no dirías en voz alta con sus padres presentes. Censúrate.
Nada de porno. Busca en internet información que no te importe compartir conmigo. Si tienes alguna pregunta sobre algo, házsela a una persona; preferiblemente a tu padre o a mí.
Apágalo, siléncialo o guárdalo en público. Sobre todo en un restaurante, en el cine o mientras estés hablando con otra persona. No eres un maleducado; no permitas que el iPhone te cambie.
No envíes ni recibas fotos de tus partes íntimas ni de las de otra persona. No te rías. Algún día tendrás la tentación de hacerlo, a pesar de tu gran inteligencia. Es peligroso y podría arruinar tu vida de adolescente, universitario o adulto. Es una mala idea, siempre. El ciberespacio es vasto y más poderoso que tú. Y es difícil conseguir que desaparezca algo de semejante magnitud, incluida una mala reputación.
No hagas millones de fotos y vídeos. No es necesario documentarlo todo. Vive tus experiencias. Quedarán almacenadas en tu memoria para toda la eternidad.
Deja el teléfono en casa a veces y quédate tranquilo con la decisión. No está vivo ni es una prolongación tuya. Aprende a vivir sin él. Tienes que vencer el miedo a perderte algo.
Descárgate música que sea nueva, o clásica, o distinta a la de los millones de chicos como tú que escuchan exactamente las mismas cosas. Tu generación tiene la mayor facilidad de acceso a la música que ha existido jamás. Aprovecha ese don. Amplía tus horizontes.
Juega a un juego de palabras o de preguntas de vez en cuando.
Mantén los ojos abiertos. Mira el mundo a tu alrededor. Asómate a una ventana. Escucha a los pájaros. Sal a pasear. Habla con un desconocido. Pregúntate cosas sin necesidad de buscarlas en Google.
Meterás la pata. Te confiscaré el teléfono. Nos sentaremos a hablar sobre ello. Volveremos a empezar. Tú y yo estamos aprendiendo sin cesar. Estoy de tu parte. Estamos juntos en esto.
Espero que te parezcan bien estas condiciones. La mayoría de las enseñanzas que enumero aquí no sirven solo para el iPhone, sino para la vida. Estás creciendo en un mundo rápido y cambiante. Es emocionante y seductor. Procura no complicarte las cosas siempre que puedas. Confía en tu inteligencia y en tu enorme corazón por encima de cualquier máquina. Te quiero. Espero que disfrutes de tu increíble iPhone.
Besitos

Mamá

Janell Burley Hofmann
11/12/2013
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martes, 16 de octubre de 2018

¡SI ME LLAMARAS, SÍ;


flores de otoño en un árbol de altura: 1700 mts.

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¡SI ME LLAMARAS, SÍ;

¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría;
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.

Tú que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.

Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí; si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,

Nunca desde la voz que dice:
"No te vayas."

de Pedro Salinas
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XXXIV

Estuvimos alternando
en los bares con la peña,
cerveza, tinto, refrescos,
callos a la madrileña,
cortezas, frituras, vino,
una ensalada risueña
de cebolla con tomate
de cosecha lugareña.
Probamos el rico mosto
que sacó la linda dueña,
y acabamos bien cargados,
como cuba caribeña.
Inquieto pasé la noche,
pero fue peor la leña
de urgencias, más apropiada
de una cena navideña.
¡Ay! si no me funcionara
el canal de la cureña.
Un sofocón de dolores
en la tripa pedigüeña
promete consuelo grato
como viva contraseña.
Rotas quedan las mañanas
en la pradera trigueña:
camino con el temor,
por el campo y por la aceña.
Recelo de tropezar.
Hasta de soltar enseña
miedo pánico he tomado,
por si, con fuerza de greña,
un arroyo mal oliente
por el ojo se despeña.

de apuntes 2001
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MI NUEVO AMOR


Tengo un amor nuevo y con él aprendí muchas cosas. Por ejemplo, los límites. Tantos años de ir a lo del psicoanalista para escucharlo repetir siempre: “Pero usted se tira a la pileta sin agua”. A mí esa frase me producía consternación, porque una pileta sin agua es de lo más triste que hay. O si no, me decía: “Hágase valer, usted tiene una imagen muy deteriorada de sí misma, usted es inteligente, es creativa”. Eso a mí me daba como un destello de valor por un momento y después me sonaba a consuelo, como cuando alguien presenta a otra persona a un tipo o una tipa impresentables y para arreglarlo dicen: “es historiador” o “viajó a Tánger”, y como yo creo que lo que siento es verdadero amor, no necesito ni ser linda ni ser creativa ni viajar a Tánger: él me quiere por lo que soy. Y no le importa si soy un poco vieja, porque es como que no registrara esas cosas: para mi asombro me quiere sin condiciones. Con él aprendí la expresión de la mirada, que vale por mil palabras: no me asusta si en sus ojos veo una pizca de odio; sé que no es hacia mí como yo suponía antes, o tal vez el análisis anterior haya hecho efecto a posteriori; de pronto uno puede tener una pizca de odio en los ojos por cosas que recuerda, motivos privados. Yo sé con él cuándo debo acercarme porque no es violento para el rechazo y así —y a eso siempre lo consideré una prueba de convivencia que alabaría el analista— podemos estar cada uno en su habitación, pensando en nuestras respectivas cosas sin necesidad de perturbar preguntando “¿qué estás haciendo?” para joderse las paciencias mutuamente. Con él me ha surgido una femineidad insospechada, porque ante su sencillez —es de hábitos regulares y desea cosas simples— he depuesto toda rivalidad o competencia. Compartimos esa cualidad neutra que posee el tiempo después de cierta edad, en que no hay días terribles ni fiestas luminosas, porque los días se enlazan en el comer, dormir, trabajar y ver un poco de televisión.

Eso sí, él televisión no mira. A la noche, para separar un día de otro, nos frotamos la frente. Los únicos problemas vendrían a ser la dieta y una sola costumbre que no me gusta, porque es muy delicado en general: sólo come carne picada y se rasca las pulgas delante de la gente.

de Hebe Uhart (Moreno, Argentina; 2 de diciembre de 1936-Buenos Aires, Argentina; 11 de octubre de 2018)
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martes, 9 de octubre de 2018

LOS DÍAS DE UN VENCIDO


La Najarra: El collado de los guías

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APÓCRIFO MACHADIANO

Estos días azules y este sol de la infancia
vienen de un sueño mago que me lleva a Sevilla.
En el patio empedrado cantaba sola el agua.
En la plaza cercana, un son de golondrinas.

Por las calles en sombra, una sombra cansada,
camino del casino de tertulias cansinas.
Las niñas que bordaban su inicial en las sábanas.
El eco del pregón de las mercadurías.

Mi padre entre papeles, de la noche hasta el alba.
Mi madre, en su silencio, absorta en la cocina.
Mis hermanos jugaban con el mundo en el atlas.
Yo miraba las horas pasar hacia otra orilla.

La penumbra fingida refrescaba la casa.
Era todo real y a la vez fantasía.
Niñez mía en el sueño de la ciudad más clara.
Qué rápido va el tiempo y qué lenta la vida.

de Felipe Benítez Reyes
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XXXIII

Tropezando. Desastrado.
Vacilante caminaba.
Con retrato corcovado
los zapatos arrastraba.

Una botella llevaba
con licor.
Y su aliento destilaba
mal olor.

de apuntes, 2001
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LOS DÍAS DE UN VENCIDO

Es curioso cómo cada día soy más consciente de la insignificancia de mi muerte si la comparo con lo que compendia en mí la muerte de los que quiero y no considero aún en tal proceso [¿en tal abismo?]. Y es que la muerte empieza a ser insignificante cuando toma el camino natural de lo ya vivido [precisamente porque se ha vivido].
En otro plano superior, también resulta mi muerte insignificante, pues en ningún caso supondrá la desaparición del ser lanzado en las generaciones.
Desde ese punto tengo claro [y ya demostrado] que no soy importante ni en el estar.
También es cierto que no hay experiencia de la muerte, es imposible, sino de la vida con su roce de muerte y su cúmulo de consecuencias traídas con o sin sorpresa… El sentimiento de falta es vida, la tristeza es vida, la añoranza y el recuerdo son vida…, y hasta el hecho de morir es vida hasta el justo último instante.
Y, sin embargo, la muerte nos conforma como seres en camino [es absolutamente vivaz], pues nos lleva hacia sí inexorablemente, lo que la convierte en una plataforma envidiable desde la que buscar expresión, desde la que preguntar y preguntarse, desde la que tomar valores o desdeñarlos.
Tomando a la muerte como punto de partida [y no de final] todo se configura posible, hasta cambiar los parámetros del mundo humano dándolos un giro [que se figura imposible] de 180 o de 360 grados. ¿Qué importa el uno o la nada si partes de la muerte? ¿Qué dificultad podemos poner a cualquier pretensión de ser o hacer si partimos de la muerte? ¿Importa el dinero, el poder, la posesión de objetos y campos infinitos si partimos de la muerte? ¿Qué libertad no es susceptible de existir si partimos de la muerte?

de Luis Felipe Comendador
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martes, 2 de octubre de 2018

¿Que quién es Luis Felipe Comendador...?


Foto: Pedro.

En La Najarra
"La canal de los guías"
buitres volando...
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Un poeta en Getafe

VER, OÍR Y CALLAR

Acaso es que eras sordo
y nunca oíste
los gritos de dolor de la mujer
que llora, cada día, al otro lado
de esa pared, delgada, transparente,
que separa tu hogar
del que es su infierno.

Tal vez es que eras ciego y nunca viste
las huellas de los golpes en su cara.

Tampoco ayer sentiste
su mano en tu antebrazo,
leve gesto que fue señal de alarma,
ni el miedo que,
a su paso,
inundó la escalera,
no sale una palabra de tu boca
que le sirva de ayuda. Aunque ya es tarde:
el cadáver ha sido levantado.

de Matías Muñoz Borja
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XXXII

Las luces me ciegan. Entorno los ojos.
Las letras me miran con matices rojos.

Línea es esa raya que se desternilla
tirándome letras desde la cuartilla.

Quisiera evadirme de las realidades:
calladas acechan a mis despertares.

Arrullan los ruidos mi dulce letargo,
y apagan el eco de sabor amargo.

En la negra noche de mis ojos, busca
sutil complacencia una idea brusca:

nada hay en el mundo que sea deudor
del grato abandono en este sopor.

de apuntes, 2001
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A la inmensa mayoría

"Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajo a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno". Blas de Otero.
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APOYO LUIS FELIPE COMENDADOR

29 de septiembre a las 10:58 •

Iniciamos una campaña para SALVAR LA IMPRENTA.
Ante todo queremos dejar bien claro la negativa total de Luis Felipe Comendador a esta iniciativa por entender que es algo personal y que sólo él debe solucionarla.
Nosotros no estamos de acuerdo, además de venir provocada por una situación absolutamente injusta, tenemos que tener en cuenta que hablamos de la persona más generosa y solidaria que conocemos, alguien que ha donado sus colecciones personales y todo su tiempo para las diversas causas solidarias, tuvieran o no que ver con SBQ. Además estamos hablando de un local que utiliza casi de manera exclusiva para las actividades de SBQ.
Vamos a hacerlo, vamos a ayudar entre todos.
Aquellos que entendáis que esto es para solucionar una situación injusta y ayudar a alguien que siempre está dispuesto a ayudar al resto sin preguntas, a alguien que nos ha enseñado lo que es el Humanismo Pequeñito pueden hacerlo ahora.
Con el dinero que se vaya aportando se podrá liquidar la deuda y si no se llegara a tanto, sí nos podrá dar la posibilidad de renegociar el resto para que el negocio pueda hacerle frente.
Lo que vamos a hacer es una especie de micromecenazgo. ¿Cuánto? Lo que podáis y queráis.
Buscaremos la manera de recompensar a todos los mecenas para que Luis Felipe no se sienta tan mal por recibir está ayuda. No debemos olvidar que no es necesario que nos lo devuelva, ya nos lo ha devuelto con creces antes de todo esto.

El número de cuenta:
IBAN ES12 2100 4146 3922 0001 8967 (La Caixa) (Titular: Luis Felipe Comendador).
Salvo que se desee hacer anónimamente, es importante que pongáis vuestro nombre completo y en el concepto “SALVAR LA IMPRENTA”. Esto no es más que para no complicar aún más las cosas a efectos fiscales.

Además de esta campaña de ayuda haremos todas las gestiones posibles para revertir esta situación que, repetimos, parte de algo injusto donde las leyes, en ocasiones, sirven para hundir a las pequeñas empresas que dan la cara frente a las grandes que desaparecen.

ESTA ES LA ENTRADA QUE NOS HA HECHO REACCIONAR:

Sé desde hace muchos años que ser el protagonista de tu vida es lo importante, que el triunfo y el fracaso son anécdotas en esta extraña historia de la culpa. Ayer se concretó en un documento de la agencia tributaria mi fracaso personal como pequeño empresario y no sé por dónde discurrirán las cosas en los próximos meses. Unos grandes impagos (para mí muy grandes, que quizás para otros sean pequeños) de clientes que fueron importantes en su día (Ploder, Horpresa, Gecobesa…) abrieron una brecha irreparable con la administración, que dejó pasar años sumando intereses, recargos, multas, durísimos embargos de crédito y otras gabelas, hasta el punto de multiplicar por tres o cuatro una deuda que en realidad no era mía, sino de quienes me dejaron al pairo con cierres, huidas y concursos de acreedores. Hoy me comunican que mi imprenta sale a subasta por la insultante cifra de 35.054,07 euros, mientras se le otorga un valor real de 308.681,00 €, y lo hará el día 28 de noviembre de 2018 previa publicación en no sé qué boletín. Yo no puedo hacer nada para solventarlo, pues no dispongo de esa cantidad ni del crédito necesario para cubrirla, por lo que me dejaré hacer hasta donde ellos quieran o hasta donde mi cuerpo y mi cabeza aguanten. Sé que soy mal gestor y esto que os relato lo avala, pero soy mal gestor por el incumplimiento de otros, por el amparo que la ley les dio y les da a quienes me dejaron con esta deuda. Quiero explicaros, por poner solo un ejemplo, que Ploder fue una empresa que subcontrató la administración para la construcción de los tramos de autovía Salamanca-Béjar, una empresa que no me pagó ni un euro de los múltiples trabajos que realicé para ella antes de su cierre fantástico justo el día después de entregar las obras al Estado, una deuda de la que la administración nunca quiso saber nada, y así seguiría con el resto, pero no tengo ya ganas de explicar cosas que no me van a solucionar el día de mañana. Que esto llegue a término por parte de la agencia tributaria va a dejarme en la calle y muy tocado para poder continuar con mi proyecto de vida, aunque soy un empecinado y voy a pelear por mí.
Os lo cuento para que suméis este dato en mi beneficio si es que alguno de estos días os fallo, pues, aunque no quiera, este asunto me dispersa.

Gracias siempre por estar ahí.

Un fuerte abrazo.

Luis Felipe Comendador
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¿Que quién es Luis Felipe Comendador?

-Es el ser humano más honesto, más humilde y más generoso de quien tengo constancia.
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martes, 25 de septiembre de 2018

UNA LECCIÓN MAGISTRAL


arte del pantano

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UNA LECCIÓN MAGISTRAL

Pocas veces surge la oportunidad de recibir una lección magistral de un maestro incuestionable. Esta es una de ellas, y no puedo por menos de mostrarla. Espero que lo disfrutéis…
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“Uno de los más hermosos sonetos de amor -y de vejez, y de triste alegría- que conozco es el 138 de don Guillermo Shakespeare. Me he atrevido -y ruego al alma de su autor que me perdone- a traducirlo al castellano, que ya es bastante y además, luego, a intentar una adaptación al endecasílabo castellano con rima en consonante lo más cercano que he sabido al original. Os pongo los tres: Original, traducción y adaptación. Que sea de vuestro agrado ya es un triunfo.
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William Shakespeare
Sonnet 138


When my love swears that she is made of truth,
I do believe her, though I know she lies,
That she might think me some untutored youth,
Unlearnèd in the world’s false subtleties.

Thus vainly thinking that she thinks me young,
Although she knows my days are past the best,
Simply I credit her false-speaking tongue:
On both sides thus is simple truth suppressed.

But wherefore says she not she is unjust?
And wherefore say not I that I am old?
Oh, love’s best habit is in seeming trust,

And age in love loves not to have years told.
Therefore I lie with her and she with me,
And in our faults by lies we flattered be.
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Traducción a verso libre blanco
Soneto 138 de William Shakespeare


Cuando mi amada jura que es sincera
yo, la creo, aunque sé que me miente
y así piensa que soy como un joven ingenuo
que desconoce las falsas sutilezas del mundo.

Por lo tanto, creyendo en vano que ella me cree un muchacho,
si bien sabe que mis días pasaron a mejor vida,
como un simple, doy crédito a su engaño
y así cada uno se limita a ocultar la verdad.

Pero, ¿por qué ella no admite que es infiel
y yo por qué no admito que soy viejo?
Oh, el mejor disfraz del amor es fingir la verdad

pues a los amantes no les complace calcular sus años.
Por lo tanto yo miento con ella y ella miente conmigo
y las dulces mentiras que nos contamos enmascaran nuestros defectos
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Adaptación a endecasílabo en consonante
Soneto 138 de William Shakespeare


Cuando mi amada jura que es sincera
aunque sé que me miente yo la creo
y que soy como un joven que no veo
la falsedad sutil que el mundo diera.

Por lo tanto, creyendo que ella viera
en mi triste vejez tan bellos años,
doy crédito sin más a esos engaños
que oculta esta mentira verdadera.

Pero, ¿por qué ella niega que es infiel
y yo por qué no admito que soy viejo?
El disfraz del amor es ese espejo

falso donde la edad cambia la piel.
Si yo miento con ella, ella también
y endulza esta mentira nuestro bien.


Traducciones /adaptaciones:
Jesús Urceloy / sep 2018
(Tomado de fb)
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XXXI

“Siempre”. La palabra
en su inmensidad.
“Nunca” es ese siempre
que niega la paz.
Palabras tajantes
para sancionar
dulzuras, problemas,
amores, verdad.
Pero son sinceras:
¡No mienten “jamás”!

de apuntes, 2001
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POR DONDE PISO

Por donde piso, antes cagaron las palomas… Es por eso que soy consciente del decurso de mis pasos, de dónde vengo y hacia dónde voy… Es por eso que sé que cada paso va a dejarme trazado por ese guano primigenio que me hizo hombre y que va a deshacerme.
Ser consciente de estar ocupando el espacio defecativo de las aves me hace más vitalmente mortal y me otorga cierta serenidad de ánimo para acometer el paso siguiente. Y es que no somos mucho más que parte del detritus, pero sobre todo no somos las absurdas normas que nos autoimponemos, la moral que nos aprieta ni las ridículas obligaciones a las que nos sentimos atados.
Y es que nunca podremos ser engranaje, porque somos azar puro, un azar marcado por el empecinamiento de ser más y mejor siendo menos y peor.
Por donde piso, antes cagaron las palomas… Y seguirán haciéndolo después de mi paso.
También después del tuyo.
En el entretanto, no se me ocurre una opción mejor que el humanismo y la sonrisa.

de Luis Felipe Comendador (diario de un Savonarola)
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martes, 18 de septiembre de 2018

Me he vestido de mí



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prometedora
iluminas la senda
bajo la zarza

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ME HE VESTIDO DE MÍ

Me he vestido de mí,
salgo a la calle
con un sueño
prendido en la solapa,
y siento que me miran
extrañados
porque el sueño
ha rasgado mi camisa
como un tenue
papel
o sutil gasa,
se va empapando
lenta,
hasta que caigo,
¡La camisa
es mi piel!
por eso sangra
al abrirme un ojal
donde prenderme
esa rosa de sueño
ya marchita.

De M. Sáez García, 2013
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XXX

Las voces inundan la sala.
Ancianos. Adultos. Chiquillos…
Los acompañantes

La espera, tomiza.

(Y nadie cuestiona
que sea ceniza.)

de apuntes, 2001
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QUE NO TE LO CUENTO YO, QUE ES ADAM SMITH

En «La riqueza de las naciones» Adam Smith afirma que es difícil ganarse la vida con profesiones que mucha gente está dispuesta a llevarlas a cabo por diversión, y ponía el ejemplo de los cazadores. Yo inmediatamente pensé en la escritura: mucha gente está dispuesta a escribir sin pensar en una recompensa económica inmediata. Expresado en términos económicos: existe un exceso de oferta de escritores. Lo raro, el material realmente escaso y valioso son los lectores. Los escritores (o al menos los que me buscan a mí) ofrecen algo devaluado (la escritura) y demandan de mí algo escaso y valioso (la lectura).
De esto aún no he hablado: también me escribe gente que quiere enviarme una reseña que alguien ha escrito sobre su libro. A estos les contesto que claro, que me envíen su reseña y entonces yo les enviaré alguna reseña que alguien ha escrito sobre mis libros. Entonces se produce el silencio. En términos económicos: el escritor quiere demostrar que existe una demanda de su trabajo (alguien le ha leído) y por eso es valioso. De lo que se desprende, como corolario económico, que el negocio no está en ofrecer libros sino en ofrecer horas de lectura. El negocio está en tasar un precio competitivo.
Creo que, al fin, están calando en mí las teorías sobre el emprendimiento. Mis profesores de la facultad de Empresariales de la Carlos III pueden estar hoy muy orgullosos. Ahí va un emprendedor por el pasillo, camino de abrir la nevera o algo.

De David Pérez Vega
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miércoles, 12 de septiembre de 2018

HE COMETIDO EL PEOR DE LOS PECADOS



El observatorio de las víboras
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HE COMETIDO EL PEOR DE LOS PECADOS...

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

de Jorge Luis Borges
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XXIX

Sé que mandas en el cuento.
Respeto tu señorío,
y admito tu desvarío:
lo digo como lo siento.
Una y otra vez, y ciento,
penaré tus veleidades.
Pero deja las maldades
que causan antipatía.
¿Por qué romper armonía
preso de tus soledades?

de apuntes, 2001
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Historias de Iruelas

OLA DE CALOR

En la parcela de enfrente sorprende el silencio. Solo queda la tienda grande; tres, más pequeñas, desaparecieron con el domingo, mientras salí al monte, y con ellas una nube de adolescentes que mantenían distraída a toda la calle. Vinieron invitados por los de la parcela de arriba, y se les veía un poco abochornados. A todos. El silencio de la parcela de enfrente, entre dos vacías, viene de la tarde de la desbandada. Quedó una pareja... Supongo que tampoco hoy han madrugado; no los vi el lunes, cuando salí al amanecer, y cuando regresé a media mañana aún estaba cerrada la tienda. Luego me fui al pueblo; volví al mediodía, y sólo después los vi salir a la sombra protectora de un toldo improvisado. Se abrazaron junto a la cremallera, se besaron, y volvieron a desaparecer en la tienda. Hacía un sol de justicia. No se oía ni el vuelo de una mosca. Solo el zumbido de un ventilador, quizá un pingüino. A veces un susurro..., gemidos de orfebrería...
Cuando cedía el calor, ella salía. Se sentaba ante una mesa; sacaba algo de beber, de picar. Se le unía él. Charlaban bajito. Los anfitriones pasaban y los miraban comprensivos. Al poco ya no estaban. Creo haber escuchado el siseo de la cremallera, y el ventilador, quizá el pingüino.
Cae la tarde. Un farolillo de camping derrama luz sobre la mesa. Ella pone algo de picar. Sale él y la acompaña. Poco después ya no están. Pasan los anfitriones, miran la tienda, cerrada; sonrien... Más tarde, lucen las estrellas, escucho a la chica en la parcela de arriba, con los anfitriones. Ríen. Recuerdo los gritos y las llamadas al orden de otros días... Él descansa sentado bajo el toldo improvisado, relajado, pasivo... Poco después sube arrastrando los pies, con una beatífica sonrisa iluminandole el rostro. Los días pasan. Sigue el silencio...
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martes, 24 de julio de 2018

la zarza en flor


la zarza en flor,
mañana moras
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El agua no está tranquila,
no está serena.

El agua tiene una pena.

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CARMEN (1916)

ALZHEIMER

En la casa de los vecinos
se escuchan gritos desalmados
y gemidos como agujas.
La vieja tiene alzheimer
y la hija le grita:
guarra y cagona.
La vieja chilla
espantada.
Se ha cagado las bragas.

Mi abuela también
se cagaba,
y tiraba la mierda
por la ventana del séptimo,
o nos la dejaba,
como los Reyes Magos,
en el fregadero.
Mi madre le reñía a gritos
y luego lloraba.
Después, la limpiaba
y le ponía polvos de talco.
Mi abuela gemía,
media hora,
como si se le hubiese rallado
la queja.
Y luego volvía a
cagarse.
Mi madre hipando
como un pajarito,
mi padre rugiendo
como una bestia,
y yo,
huyendo horrorizada para no presenciar
el espectáculo,
o para no tener que limpiar
la mierda.

de Eva Vaz
(la ternura de los lobos)
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XXVIII

Rea de una acusación
y en la sala presentada,
se le declara culpada
sin ninguna remisión.
Le pesa la decisión.
Siente que se le desploma
el cielo, cuando se asoma
a la mirada homicida
de la sala. Destruida
fue la paz, y la paloma.

de apuntes, 2001
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ABRIGO AZUL

Hace un frío de muerte, un frío triste
incluso para enero y para estar tan solo.
Y yo soy poco menos que una persona hundida
en las solapas de mi americana,
un ser raro del frío que gasta americana, un sospechoso,
alguien que bien podría enseñar una placa o un cuchillo.

Y ahora me acuerdo de mi abrigo azul
de pelo de camello,
el mejor que he tenido. Tú me lo regalaste.
Recuerdo que llegaste con él a la oficina y allí mismo
me lo probé. Mis compañeros
se reían y a mí me daba igual.
Era un señor abrigo, lo escogiste
a ojo de buen cubero: me caía perfecto.
Se podía plantar cara al invierno con un abrigo así.

Pero ahora no lo llevo y mira que hace frío en estas calles
de todos los demonios. El abrigo
estará a mil kilómetros, cálido para nadie, piel gastada.
Tú y yo estamos también a mil kilómetros
o a cien mil años luz, igual que dos cometas, y si nos encontráramos
sólo cabría un choque: un cataclismo.

Mi querida enemiga: finalmente
ocurrió lo que entonces, cuando venías con tu bolsa y en la bolsa el abrigo
y yo me lo probaba en la oficina
como se viste un príncipe en el día de su coronación,
ha ocurrido lo que era en aquel tiempo la peor de nuestras pesadillas: no estar juntos.
Y me pregunto cuándo, en qué momento, a lo largo de eones que han pasado, desde
que el mundo era
una gran primavera reluciente,
empezaron las cosas a ir tan mal,
tan rematadamente mal,
y a hacer tanto, tanto frío.

Y supongo que tú
también tendrás noches a la intemperie
—como esta misma— en las que haces recuento de errores y fracasos, y no sé
qué clase de calor será el que eches de menos.
Seguro que yo hice algo por ti,
pero no lo recuerdo, algo inocente o práctico, o generoso o noble,
que compensa todos esos errores
y a ti te reconforta en las peores noches
y a mí me salva.

Mi abrigo azul de pelo de camello.
En mi vida he tenido
un abrigo tan puñeteramente bueno como aquel.


de José Luis Piquero
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martes, 17 de julio de 2018

Muecas



Muecas

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VII

Mueca

Soy un pedazo de alguien.
Soy una vena, un depósito entre terrones
ya que el mundo entero me cayó encima.
¿Quién, bajo una montaña, sabe dónde está?
A veces me pongo muy nervioso,
porque pienso que ya todo
se ha acabado para mí.
Al ser lanzado por el vitral de la misericordia,
aaí en un mar de árboles, las olas astilladas.
La tierra salió corriendo.
Un trozo de tela, de ropa de alguien,
baila, se asoma, y se hunde de nuevo.
La bulla se dobla y se guarda.
La ola, que al crecer, no sabe más que tragar,
obliga todo lo horizontal a ascender.
Así el mundo se llena la boca de si mismo,
y sin poder cantar, busca el punto
en que se va de cabezas no a un abismo
sino a una nada insípida en que rodar,
donde se muele el espacio entre las cosas
y no quedará ni el vestigio de una membrana
para resonar.

de Mario Ángel Quintero
(inéditos)
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XXVII

Rebosa su corazón
de contento. Gritar quiere
con su canción, que se muere
lleno de satisfacción.
Lleno lleva su zurrón.
Las precauciones olvida.
Y la euforia desmedida,
perdida la suspicacia,
le proporciona desgracia
en cuanto que se descuida.

de apuntes, 2001
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CUANDO LLEGUE, CUANDO LLEGUÉ

Cuando llegue al otro lado de la valla
tendré un trabajo fijo
mi propio coche
y un móvil pantalla táctil
último modelo.

Será fácil
dicen que allí hay pisos vacíos
que a veces, por exceso, no se recoge la cosecha
que en la calle hay electrodomésticos en buen estado
que la gente abandona porque se ha cansado de ellos.

Si
cuando llegue al otro lado de la valla
ser pobre, musulmán o ser negro
no será un problema.

Allí los derechos humanos

cuando llegue al otro lado
todo será fácil
nada será un problema

cuando llegué (con acento) al otro lado de la valla.
cuando llegué

perdonad,
pero ese,
ese,
será otro poema.

de Josef Antoni
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LOS DÍAS DE UN VENCIDO

Decía Sören Kierkegaard que “Los hombres son absurdos. Jamás emplean las libertades que tienen, sino que exigen las que no tienen. Tienen libertad de pensamiento, pero exigen libertad de expresión.”. Es para analizar, ¿eh? Como esa postura sobre el tiempo parado y el hombre quieto postulada sobre sí mismo, que plantea que cualquier artefacto mental o físico que lanzas al mundo vuelve directamente a ti.
Kierkegaard es, desde mi punto de vista, uno de los filósofos más interesantes y creativos a los que he accedido… El placer que muere justo en el momento de nacer, la imperfección de alcanzar metas por ‘lo contrario’, el valor de la melancolía, el hombre como resuelta equivocación natural, la pena como comodidad de la vida, la alegría de la quietud [quien está quieto no corre riesgos], la felicidad como puerta de la nada, la verdadera lucha de dar vida a tus espectros, la ridiculez de la prisa, la inocencia como absurdo, la esperanza de no dejar de ser niño, la intensidad en todo y sin medias tintas, la imperfección como prueba de perfección, la miseria de la existencia que contempla su gloria, el absurdo de correr tras los placeres y no gozarlos, el fraude de la verdad, esa cosita de que la muerte no promete nada pero lo cumple todo, la desaparición del mundo por un ‘júbilo general’, el recuerdo como proposición de vida completa y completada, el deseo de la pasión por la posibilidad, la religión como placebo en el que Dios sufre y los discípulos dormitan, su exhortación a la desesperación para entender el sentido de la vida, el valor de movimiento que contiene el detenerse, el otorgarle valor de categoría esencial a lo individual, la esencial necesidad de eternidad en lo temporal, la individualidad como salvación, el silencio como arte de eternidad…
Un tipo interesante con mil propuestas en las que arder sin prisa, con una impronta que seguir y con mil contradicciones que intentar resolver en un punto crítico. A mí me da mucha vidilla leerlo, tanta como leer a Pavese, a Pizarnik o a Angelito González.
Y el trabajo mental que me proporcionan sus lecturas me va centrando como hombre y me apoya en mi casi clara idea de individuo lanzado como una flecha hacia la nada.

de Luis Felipe Comendador Sánchez
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martes, 10 de julio de 2018

la suerte o el azar


la suerte o el azar
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PEQUEÑAS SEDICIONES

hay tanta gente sola

seria perdida mustia
emborbonada
que sueña que sucumbe

gente que se detiene
en los semáforos
y hojea –es un decir-
revistas de países
a los que nunca irá

ánimas solitarias cuerpos solos
con tedio se masturban y a menudo
piensan en el pasado

lejos de ser felices se conforman
con la mención de la felicidad

están al día de todas las noticias
de todas las canciones
los libros las películas

son buenos anfitriones y organizan
cenas con compañeros de trabajo
en pisos de alquiler

recogen entre todos
la mesa
tristemente

después vuelven a casa
y así viven

todos creen merecer algo mejor


de Javier Vela
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XXVI

Deslumbrante luna clara,
¿qué se oculta, toda llena,
en esta noche serena
a la espalda de tu cara?
Esa razón que te ampara
yo la quiero desvelar.
Tienes que solucionar
el dinero y los pesares;
la paz de los avatares,
y el favor para el hogar.

de apuntes, 2001
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SIESTA DE VERANO

Cuando te miro siento la emoción del balbuceo; del acontecer de la vida; del amanecer; de un algo… que me causa desazón. Imanta tu figura mi razón, y muda queda dentro de mi ser esa palabrería del querer. Imbécil. Testarudo corazón. Con tu viva mirada…, con tu arte, cosas que con tus labios no me cuentas revelas entre sombras de misterio. Y yo, que soy un alma triste y serio, zozobro en tus encantos y tormentas, siempre con el temor de molestarte.
(Solo sueño en rozarte sin prisas; sin falaz remordimiento. Tu piel sobre mi piel, los dos ardiendo.)

soneto con estrambote
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martes, 3 de julio de 2018

La vida es una ruta...


Surgencia en Caín, ruta del Cares.

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ATADO

Atado como un náufrago
al trabajo cabrón que me adocena,
sin saber de Hugo o Javi,
y arbitrando el comienzo
de otro septiembre lánguido y palurdo...
El trabajo me mata poco a poco,
como un tabaco raro
o un cáncer matemático y muy lento...
me mata por facetas, por órganos, por ganas,
por leves deserciones, por falta de carácter...
y ya no entiendo nada...
por qué soy, por qué sigo,
por qué me desheredo de todo lo que fui,
por qué aflojan las ancas de mis mil ideales,
por qué no huyo de aquí...
Septiembre siempre fue un mes paraíso
en este territorio degradado,
un mes de cambios netos
rizados de contrastes y de ganas,
un mes frontera y puente hacia el invierno
(donde sé ser más yo)...
pero ahora es todo abulia y tiempo muerto,
cadena en la cadena de lo impreso,
un algo igual que ayer que me lastima
en este pozo aciago del pagar...
pagar a todas horas
por algo que no he hecho o no he mordido...
Y es que me duele andar,
me matan los riñones y la espalda,
me rugen las entrañas intestinas,
me cruje el cuello y estas rancias rodillas
marcan inexorables su claqué...
y quiero irme y no puedo,
quiero volar y siento que mis alas
no responden al trazo de mi sien.
Me siento mal (en Béjar y en mi silla),
me sé atrapado y seco,
robado sin futuro por las cosas,
traicionado,
plomizo como un cielo de chubascos,
cascado y algo oscuro...
y tengo que salir de esta merienda
de tipo catastrófico hacia un féretro...
buscar estros con versos,
ocasiones de amar y ser amado,
rasgos nuevos que pongan luz/vereda
en papeles tirados,
sonrisas francas (como antes),
recuperar amigos, ser de nuevo
el centro inexcusable de mis cosas,
el que apaga la luz si le apetece
o la enciende de golpe a media noche,
el que no sabe nunca en qué torcida
esquina ha de marcharse
a volar lo pendiente y retorcerlo.
¡Atado como un náufrago a una roca!...
¿me entiendes?

de luis felipe comendador, 2012
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XXV

Ahí están jugando
como si nada,
borradas ya las riñas,
las dos cansadas.

Olvidó ya los gritos
de la mañana,
cuando los dos chiquillos
la impacientaban.

Voces, nervios y azotes,
mano velada,
congojas pueriles,
y lágrimas…

Le ha dicho a la niña:
la hora se pasa.
Y la niña decide.
La niña manda.

Ella está en la cocina.
Cena prepara,
mientras los dos chiquillos
van a la almohada:

se han quitado la ropa,
visten pijama,
(irán desde la cena
hasta a la cama).

La mamá ha conseguido,
con mucha calma,
que terminen los niños.
con su pitanza.

Y vestidos de noche
los niños danzan,
y entre juegos y cuentos
caen en la cama,

hasta que, sometidos,
sueño los llama.

Ella va, los arropa,
besa y apaga
musitando en su frente:
hasta mañana…


de apuntes, 2001
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SOBRE LAS HORAS (TRACTATUS AL MODO ANTIGUO)
(Áurea urcélica retórica 4)

Dos horas hay para el amor así como dos horas para la muerte. En realidad sólo existen doce horas para las doce cosas esenciales, pero como cada una necesita su tiempo de ida y su tiempo de vuelta se multiplican por dos. Por lo tanto también existen dos horas para el odio y para el sueño, para la holganza y para el estudio. Dos horas para el hambre y dos para el discurso, dos para la ignorancia y otras tantas para el vicio, dos para la reflexión y dos para la locura. Y no quedan más, por más que queramos mentirnos y decir que ésta para la amargura, que ésta otra para la felicidad, que aquella para la templanza, que esa otra para la envidia. Así hasta el infinito, puro engaño de las sensaciones.

Sin embargo –a excepción del sueño- nadie puede ni ha podido, pese a muchos estudios y averiguaciones, determinar de qué hora a qué hora van el resto de ellas. Si de dos a cuatro se ama más, si de siete a nueve habremos de morirnos. En eso los pueblos tienen sus costumbres y los individuos sus rarezas. Y el sabio aquel que determinó ante su señor que el tiempo de la comida debiera ser para el rico cuando le viniese en gana y para el pobre cuando hubiese de qué, en el fondo sólo utilizó del ingenio para administración de su cabeza, no fuese a salir rodando ante una mala respuesta o un antojo de su amo.

Entre los naturales del desierto es propio el amar después de las comidas, al medio día, que es tiempo de renovación de los humores y la sangre nueva anda de puro bullicio visitando arterias y tomando posesión de las articulaciones. Qué mejor manera para probarse y dar medida de su beneficio. No obstante jamás se hará este ejercicio tras la cena, que en todo debe ser frugal aunque bien regada en vinos y frutas, que facilitan más que la alegría de los músculos, el buen riego del pensamiento. Optan entonces estos habitantes por la charla con amigos y parientes, pues el ingenio se halla en su mejor momento y es bueno para el humor y la risa, de la que nadie sea ajeno. O eso dicen.

Con todo no es materia de exactitudes dar este horario por bueno en todas las latitudes, ya que las costumbres, bien guiadas por temperaturas y cartografías, van determinado en el transcurrir de los siglos sus verdaderos acomodos. Y hasta se han conocido pueblos que trocan en todo la práctica anterior, y que delimitan para la amatoria horas tan dispares como el amanecer o la misma madrugada.

El sueño es el único que ha sabido encerrarse y tomar de sí y para sí dos horas en cualquier paraje donde nos encontremos, sea norte o sea sur, sea mar o sea montaña. El sueño habita dos horas de la madrugada, de tres a cinco. El cuerpo le debe ese servicio y el pensamiento esa dádiva, y aquel que no cumple, aunque sea por obligación de su cargo y beneficio de su república, su mandato, sabe que acorta su existencia en tanto tiempo como el que tarda en volver a su homenaje. Y es propio de estas gentes la vida corta y el ingenio desbocado, pues en tales horas sueño y vida se confunden y alguna vez habremos oído, de los poetas sobre todo, que rehúyen del sueño por el prodigio que en sus escritos entonces sucede.

Y ahora, a dormir, que van a dar las dos y media.

De Jesús Urceloy, 2009
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