martes, 23 de abril de 2019

gesto del agua


Lagos de La Alhóndiga, Getafe
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libro sincero
apremio de respuesta
gesto del agua

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GESTOS


Una mirada, un gesto,
cambiarán nuestra raza. Cuando actúa mi mano,
tan sin entendimiento y sin gobierno,
pero con errabunda resonancia,
y sondea, buscando
calor y compañía en este espacio
en donde tantas otras
han vibrado, ¿qué quiere
decir? Cuántos y cuántos gestos como
un sueño mañanero,
pasaron. Como esa
casera mueca de las figurillas
de la baraja: aunque
dejando herida o beso, sólo azar entrañable.

Más luminoso aún que la palabra,
nuestro ademán, como ella
roído por el tiempo, viejo como la orilla
del río, ¿qué
significa?
¿Por qué desplaza el mismo aire el gesto
de la entrega o del robo,
el que cierra una puerta o el que la abre,
el que da luz o apaga?
¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra
que cuando siega,
el de amor que el de asesinato?
Nosotros, tan gesteros pero tan poco alegres,
raza que sólo supo
tejer banderas, raza de desfiles,
de fantasías y de dinastías,
hagamos otras señas.
No he de leer en cada palma, en cada
movimiento, como antes. No puedo ahora frenar
la rotación inmensa del abrazo
para medir su órbita
y recorrer su emocionada curva.

No, no son tiempos
de mirar con nostalgia
esa estela infinita del paso de los hombres.
Hay mucho que olvidar
y más aún que esperar. Tan silencioso
como el vuelo del búho, un gesto claro,
de sencillo bautizo,
dirá, en un aire nuevo,
su nueva significación, su nuevo
uso. Yo solo, si es posible,
pido, cuando me llegue la hora mala,
la hora de echar de menos tantos gestos queridos,
tener fuerza, encontrarlos
como quien halla un fósil
(acaso una quijada aún con el beso trémulo)
de una raza extinguida.

Claudio Rodríguez
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ME DICES…

Me dices, si te digo que si quieres,
con toda tu pasión y sentimiento,
que toda mi razón y pensamiento
los tengo puestos, siempre, en los quereres.

Si no te digo nada, cuando quieres,
me dices, con dolor y sentimiento,
que no tengo razón ni pensamiento
para satisfacer esos deberes.

Quisiera comprender lo que me dices.
Saber con la mirada tus caprichos.
Adivinar tu sed, tus sinsabores.

Así podré curar tus cicatrices;
borrar esas palabras que no has dicho,
y, luego, desnudarte de temores.
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CATARATAS 2
(El día después)

Un cielo gris oscuro, de tormenta
en un halo de truenos y de calma.
Constelación que más allá del alma
se rompe, se desarma, se fragmenta,

y luego, renaciéndose, argumenta
otra constelación que se derrama
en pulsación y forma de una rama,
en el silencio gris de la tormenta.

Insisto en mantener el ojo bueno
cerrado mientras miro fijamente
el espectáculo del operado,

que, hipnótico, contempla un mundo ajeno
desde el dolor, en un viaje ausente
a un gran descubrimiento inesperado.

Pb
abril/2019
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LA PALABRA

Expectantes palabras,
fabulosas en sí,
promesas de sentidos posibles,
airosas,
aéreas,
aireadas,
ariadnas.
Un breve error
las vuelve ornamentales.
Su indescriptible exactitud
nos borra.

Ida Vitale
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martes, 16 de abril de 2019

ÍTACA


a un paso del tiempo
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seguidilla

Ay, Candela, Candela,
no me azabaches,
que me veo en tus manos
libre de anclajes,

y en tus esquinas
por hacerte una copla
soy seguidilla.

jesús urceloy
4 de enero 2017

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ÍTACA

¿Y quién alguna vez no estuvo en Ítaca?
¿Quién no conoce su áspero panorama,
el anillo de mar que la comprime,
la austera intimidad que nos impone,
el silencio de suma que nos traza?
Ítaca nos resume como un libro,
nos acompaña hacia nosotros mismos,
nos descubre el sonido de la espera.
Porque la espera suena:
mantiene el eco de voces que se han ido.
Ítaca nos denuncia el latido de la vida,
nos hace cómplices de la distancia,
ciegos vigías de una senda
que se va haciendo sin nosotros,
que no podremos olvidar porque
no existe olvido para la ignorancia.
Es doloroso despertar un día
y contemplar el mar que nos abraza,
que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.
Recordamos los días del vino compartido,
las palabras, no el eco;
las manos, no el diluido gesto.
Veo el mar que me cerca,
el vago azul por el que te has perdido,
compruebo el horizonte con avidez extenuada,
dejo a los ojos un momento
cumplir su hermoso oficio;
luego, vuelvo la espalda
y encamino mis pasos hacia Ítaca.

Francisca Aguirre
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CATARATAS
(a Virginia Hernández Ortega,
Oftalmóloga en el Hospital de Getafe)

La conocí una tarde de niebla y de trinchera
en un coro de reos, pacientes, asustados,
-tendidos en tumbonas con brazos a los lados-
amables celadoras, y alguna ninfa huera.
Sonrisas afloraban en la nerviosa espera.
El turno me llegó, y recorrí en carrito
la ruta del suplicio, oscuro e infinito.
en donde se afanaban sus manos de lumbrera.
Un forcejeo sordo aprisionó mi brío
bajo un potente foco que me atrapó en el frío,
atado a una camilla de cielo sin azul.
Salí de allí molido, agotado, maltrecho;
con la esperanza intacta, temores en el pecho,
y mi agradecimiento al ángel de la luz.

2019
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LO DIJO POR LA RADIO LA MAÑANA

En el amanecer de tu ventana
pinta rosas de sol la primavera.
El hálito vital del horizonte
recorta con trazado sinuoso
azul de cielo. Las estrellas funden,
en pálidos retoques del albor,
vagas cornisas, turbias chimeneas,
antenas y fachadas.
Un anuncio tirano lo revela:
la radio lo repite
y, en tu mejilla, tonos encendidos
de frío y de semáforo lo avalan.
Autobuses urbanos pone luces
a sombras derrotadas, y el tren de cercanías
en la estación en gente se desangra.
Gente que te contempla con despego.
Como si no supiera nada.

Pero la vida grita lo evidente
y desborda la calma; y todo se conjura
—miradas, risas, inocentes gestos—
enfatizando lo que no adivinan.
Tú los miras, y callas.
Te llevan en el río apresurado
por sendas, galerías, antesalas,
escaleras que bajan y que suben
en fuga de riada, avenidas y calles
que se cruzan, y chocan, y dispersan
en el amanecer de la jornada.
Te llevan y protegen.
Como si no supieran nada.

Pero grita la vida; y la radio lo dice,
y la gente lo habla
con palabras nerviosas y tranquilas
lanzadas desde todos los rincones
de la ciudad, que ya está despertada.

Tu despertar…

Con gesto decidido y luz en tu mirada,
embelesada buscas perfiles al espejo.
Te dominan temores, y preguntas
porqué grita la vida
si quieres ocultarlo a las miradas.
Para entonces el sol, enardecido
con reflejos dorados,
compite con las luces de la calle
que vibran al compás de los latidos
—sutiles y profundos—
en un nido de nubes y de gasa.

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ENTERRAR A SUS MUERTOS

“Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. (…) Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aun lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto. Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular”.

Juan Gelman
en su discurso del Premio Cervantes, 2017
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martes, 9 de abril de 2019

OZYMANDIAS


Montañas lejanas
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La Historia la hacen los audaces, la interpretan los vencedores, la sufren los vencidos y viven de ella un montón de culos planos y calientes.

De “no pasa nada si a mí no me pasa nada”
Luis Felipe Comendador

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(…)
CALICLES. –Ciertamente.
SÓCRATES. –Continuemos; si se quita de toda clase de poesía la melodía, el ritmo y la medida, ¿no quedan solamente palabras?
CALICLES. –Forzosamente.
SÓCRATES. –¿Y no se pronuncian estas palabras ante una gran multitud, ante el pueblo?
CALICLES. –Sí.
SÓCRATES. –Luego la actividad poética es, en cierto modo, una forma de oratoria popular.
CALICLES. –Así parece.
SÓCRATES. –Por consiguiente, será oratoria popular de tipo retórico, ¿o no crees qué se comportan como oradores los poetas en el teatro?
CALICLES. –Sí, lo creo.
SÓCRATES. –Pues ahora hemos encontrado una forma de retórica que se dirige a una multitud compuesta de niños, de mujeres, de hombres libres y de esclavos, retórica que no nos agrada mucho porque decimos que es adulación.
(…)
De Gorgias
“Diálogos de Platón”
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OZYMANDIAS

I met a traveller from an antique land
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,

And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them and the heart that fed.

And on the pedestal these words appear:
“My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!”

Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away
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(Poesía -en verso- es un lenguaje especial, que consta de forma y fondo. En la traducción se pierde la forma, y puede difuminarse el fondo. Si le quitamos la forma, solo quedan palabras.)
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“MI NOMBRE ES OZYMANDIAS, REY DE REYES”

yo conocí a un viajero de una tierra remota
que halló dos pétreas piernas en medio del desierto,
enormes, sin su tronco; y entre la arena, rota,
al lado, su cabeza mostrando un rostro yerto.

su artífice talló su ceño, y en su boca
facciones de desdén, de furia y de desprecio,
las cuales sobreviven grabadas en la roca
con la fidelidad del molde y del maestro.

un pedestal halló, y en él ésta leyenda:
“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: temblad
ante mi poderío.” Pero dispersas quedan

las ruinas colosales de un pasado fugaz,
desnudas, infinitas bajo la ardiente arena,
que al transcurrir del tiempo desaparecerán.

Soneto del Poeta Inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822)
Versión/traducción libre de Lanreb
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ESENCIA DE MUCHACHA

Por la esquina del tajo en una casa
—martillazos y sierras y pilares—
revolotea
—hojas secas de aquel castaño viejo,
papeles de desidia
y mil pulverulencias cenagosas—
una falda ceñida a una muchacha.

Apacigua su vuelo con su mano.
Camina presurosa,
el recelo prendido de su cara.
Su cabello retoza con el viento,
y por momentos,
con la otra, rebelde, los separa.

Un albañil encofra en las alturas
—sube un serón repleto de argamasa—
y la distancia mide,
y le alegra la risa de sus manos
despabilándose las telarañas…

Pasa la moza frente a los montones
de ladrillos y sacos y esperanzas,
y su aroma se mete,
entrelazado en ráfagas traviesas,
por los huecos desnudos de la casa.

En los cimientos se aposenta
su esencia de muchacha,
y asciende por la soga
en el mismo serón de la argamasa;
y en el peón despierta,
y al maestro contagia,
entusiasmos, anhelos, soledades
que dan lugar a cientos de piropos
y silbidos soeces de alabanza.

Luce grana la piel de su mejilla
—el hoyuelo de fruta se afianza—
encendida de versos encofrados
y música estridente
caídos de lo alto en desbandada.

Le vence la premura
y en la acera se pierde caminando
por la blusa y la falda modelada
en ondas de bandera
mientras el viento
desdibuja la huella de su paso
trazado en el polvillo
de mil restos de yeso y de argamasa.

Envuelta en los requiebros
de la casa metida en bastidores
—inhóspita, mas viva en ese instante
por la esencia sutil de la muchacha
y el requiebro de los encofradores—
su silueta se pierde en otra esquina
ocultándola al tajo de la casa.
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A UN NIÑO DE DIEZ AÑOS ASUSTADO
(20 de marzo de 2019)

No sé si tenía diez u once años; pero no más. No sé si pasaron un par de días o una semana entre una cosa y la otra; pero no más. Descubrir la masturbación y mi atracción por los hombres fue como el curso de un río, que va de un punto a otro de manera natural y sosegada. Y sin marcha atrás.
Por supuesto que entonces no pensaba en cómo sería mi vida en el futuro a partir de aquello. No fue traumático, ni me generó zozobra. Pasó y punto. Y me ayudó a entender algunas reacciones físicas que llevaba teniendo desde hacía un tiempo.
Recuerdo ver una película en que en un college inglés castigaban a dos niños y les azotaban en las nalgas desnudas delante de todos sus compañeros. Ver esas nalgas me produjo una reacción de miedo y satisfacción a la vez; recuerdo los cabellos erizados, el estómago encogido y mi excitación. Y una cierta vergüenza que entonces no entendía.
Descubrí el placer que uno puede darse a sí mismo con una maniobra tan sencilla. Y que en ese proceso lo que me venía a la cabeza eran imágenes de chicos. No sabía qué nombre tenía aquello. Pero intuí que era mejor mantenerlo para mí mismo. Y más o menos así viví los siguientes ocho o nueve años de mi vida: el final de mi infancia, mi adolescencia y mi primera juventud. Pienso en las cosas que a la gente nos pasan en esos años. Y todas las vives solo; o incluso no las vives.
Mi relación con la sexualidad fue durante mucho tiempo poco más que una relación íntima con mi placer. Con las imágenes mentales de compañeros, de actores, de fotos de futbolistas recortadas de los periódicos. No puedo decir que ni en la España o la Alcalá de aquella época hubiera un lenguaje perverso hacia lo que yo era. Por supuesto que escuchabas expresiones. Pero sobre todo lo que había era un gran vacío. No tenía muy claro en mi soledad si habría muchos o pocos como yo. ¿Los había que lo vivían con normalidad? ¿Era eso posible? Porque a mí en ese momento no me lo parecía. Sí, probablemente yo no fuera el único. Pero, ¿gente normal, de barrios normales, de colegios normales? ¿Los habría en mi clase? ¿Tendrían mis padres amigos con hijos como yo? Esto último era algo que me preocupaba mucho; quizás porque pensaba que eso reduciría su sensación de derrota, de fracaso, si algún día se llegaban a enterar.
En aquellos finales de los 80 y principios de los 90 las referencias en cine, tele, periódicos, radio, eran esporádicas y no siempre muy constructivas; no digo que fueran malas, pero nunca tenía la sensación de que a mí me sirvieran de mucho. Recuerdo cuando era niño que El País regalaba por entregas El libro de la sexualidad de la doctora Ochoa. En la página final de cada entrega venía una especie de trivial sobre sexualidad; cada domingo, disimuladamente, buscaba con ansiedad que pusiera algo sobre gente como yo. Era de las pocas cosas de calidad que estaban al alcance de uno en esa época. E incluso aquello te ponía tan nervioso que, cuando llegó el capítulo sobre diversidad sexual, no fui capaz de leerlo por miedo.
Si el tema aparecía en una película o serie recuerdo la emoción, y el pavor que me producía. Te debatías entre las ganas inmensas de verlo y disfrutar, o huir. Estómago encogido, piel de gallina, miedo sin saber muy bien porqué. Y vergüenza; mirabas a la tele sin desviar la vista, para que no se cruzara con la de nadie de los que te rodeaban, porque pensabas que si alguien te miraba en ese momento a los ojos sería capaz de leer tu mente y adivinarlo.
Digo adivinarlo porque afortunadamente (y aunque ahora esto me avergüence, entonces me parecía una suerte) crecí como un chico recio y de voz sólida. Nada de pluma. Es verdad que odiaba el fútbol y los videojuegos; pero tampoco me dedicaba a jugar con muñecas.
Eran las cosas de equipo las que no me gustaban, y prefería la soledad. No es que viviera aislado y no tuviera amigos, pero pronto empecé a construir una peculiar relación con el mundo exterior. Sería fácil para mi atribuir todo esto a lo que la sociedad me hacía. Pero algunas de mis particularidades las atribuyo a mi personalidad; y no culpo a nadie por ello.
La etapa final de la infancia fue fácil, porque me di cuenta de que yo tenía una sexualidad precoz pero muchos de mis compañeros ni siquiera habían desarrollado la suya. La primera adolescencia tampoco resultó especialmente complicada. Tus amigos, compañeros y compañeras empezaban a vivir y expresar su sexualidad, pero ahora era a ti al que le convenía hacerse el tonto, como si no estuvieras todavía en eso.
Pero el tiempo pasa, y la sexualidad ya no es algo que puedas vivir exclusivamente en el placer contigo mismo. Empieza a ser algo social. Y empieza a ser un nudo en el estómago cada vez con más frecuencia. Ahora sí, empiezas a pensar en eso que con diez u once años ni te planteaste: ¿qué vas a hacer con todo este mogollón?
A mí, vivir como algo natural ante los demás que me gustaban los chicos me parecía fuera de mi alcance. Quizás otros pudieran hacerlo, pero yo, en una ciudad del cinturón industrial de Madrid, no. Así que empecé a pensar en que una cosa iba a ser cómo lo viviría hacia dentro y otra cómo viviría en sociedad.
Con 14 años me parecía lo más normal pensar que algún día, por un proceso que yo desconocía –pero que por lo que veía en los demás se acababa produciendo con la misma naturalidad con que actúa la fuerza de la gravedad–, yo estaría con una chica. Y sería como el resto de mis amigos. Sólo tendría que tener un poco de paciencia y disimular hasta que llegara ese día.
Eso suponía utilizar a otra persona para construir tu imagen ante los demás; pero entonces yo no me paraba a pensarlo. La verdad es que soy condescendiente conmigo mismo porque creo que con lo que suponía para un chavalillo que todo esto recayera sobre sus hombros –todos esos miedos, todas esas dudas, toda esa ansiedad, toda esa responsabilidad– es normal un egoísmo autoprotector.
Supongo que para quienes nunca han pasado por algo así, es difícil entender la cantidad de planos en que tu cabeza tiene que trabajar: no sólo tienes las grandes cuestiones sobre tu vida y tu futuro; tienes que estar alerta a cada minuto. Que no te traicione una mirada inapropiada demasiado larga a un compañero. Que no te traicione decir una frase demasiado ambigua o sincera. Que no te traicione esa foto que has recortado de una revista o un periódico y que guardas en tu cajón. Sólo esto último merece todo un libro: las cosas que haces para esconder ese articulito que has leído en el periódico y que para ti es un tesoro de emociones y de información sobre lo que eres. Y esconder esa foto del futbolista, ese anuncio que has recortado de la revista del domingo porque aparece un modelo atractivo.
Una tarde, un amigo vino a casa a hacer un trabajo del colegio. Se puso a curiosear entre mis cosas y abrió una cajita en la que tenía guardados mil abalorios. Entre ellos había una foto pequeñita de Rick Astley que había recortado de una revista, con su cara de adolescente rebelde. No sé por qué le llamó la atención justo la foto –con el tiempo he entendido que probablemente le llamó la atención por el mismo motivo que a mí–. Cuando la cogió me entró terror. No era un nudo en la garganta ¡era una emergencia total, al nivel del escape nuclear en Chernóbil! ¡Mi amigo con la foto de Rick Astley en sus manos y preguntándome por qué tenía aquello guardado!
Ahora me río; y a quien lea esto le parecerá una trivialidad. Pero qué injusto que toda la protección de un adolescente aterrorizado dependa de su capacidad para gestionar su vida de esa manera. En la absoluta soledad, sin nadie que le dé apoyo, cariño, consuelo o guía. Viendo mi vida ahora me parece increíble que pasara por todo eso y triunfara; es como si en realidad estuviera recordando la vida de otra persona mucho más fuerte y valiente que yo. Y joder, sólo me consuela –quizás equivocadamente– pensar que ningún chico o chica en este país tenga que vivirlo así hoy en día.
Mientras escribo todo esto suena en mi cabeza una banda sonora de otra época. Me siento como en esas películas y series que recrean los 80, una mezcla entre Los Goonies y Spielberg. Internet no existía y acceder a todo el universo de información que eso supone –y además en la intimidad de la habitación de un adolescente– era impensable.
Los políticos (en masculino además) no te dedicaban palabras salvajes en aquella España que ya tenía color; pero tampoco esperabas de tu presidente del Gobierno que dijera que se sentía orgulloso de ti. El Orgullo Gay era una fotonoticia en el periódico del día siguiente, en que te enseñaban a un pequeño grupo de activistas estrambóticos manifestándose y hablando del SIDA. ¡El SIDA! Por si no tuvieras suficiente con tenerte miedo a ti mismo, tenías que tener miedo a una enfermedad que entonces parecía terrible –en realidad es que no era una enfermedad, era la muerte–.
Mi adolescencia seguía avanzando a toda velocidad hacia el epicentro de todos los problemas en que puedes pensar a esa edad: sexo, sexo... sexo. Todo lo que te rodea parece ser un cóctel de hormonas. Tus amigos ya no salen en pandilla, empiezan a mezclarse con chicas, a tontear. A ir de botellón o de bares. La vida social se complica y tú empiezas a estar muy asustado y desbordado.
Yo era un adolescente gordo. No me considero un chico feo, pero la verdad es que la obesidad es ese gran tabú social que te hace invisible ante las hormonas de los demás. Y sin embargo a mí aquello me pareció una bendición que todavía hoy agradezco. Nadie parecía verme a mi alrededor como digno de ser considerado atractivo. Y eso supone que te dejen en paz, que es lo que tu más quieres en esos momentos. No tienes que justificarte sobre por qué no te interesa tal o cuál compañera que “está por ti”, porque nadie está por ti.
La literatura y los estudios fueron cada vez más un refugio seguro. No era un ser raro y asocial, y probablemente mi entorno me veía como un adolescente sólo interesado en leer cosas de Historia, en visitar castillos y museos, y sacar buenas notas para llegar a algo en la vida. Que además era simpático y se preocupaba por los pobres del tercer mundo, y que de vez en cuando la liaba con la dirección del centro porque le daba por emprender una recogida de firmas contra algo o alguien.
Esa combinación de indiferencia de los demás hacia mí, como objeto de atracción física, y de que pensaran que el sexo me debía resultar algo poco interesante entre tanta literatura y tanta causa justa me salvó la vida. Al menos lo que cuando eres adolescente piensas que es la vida.
Creo que pasado el periodo más estúpido de esa edad, mis compañeros y compañeras sentían por mi cariño y respeto. Nunca fui acosado, porque además seguía teniendo un físico y una voz contundentes. Había un chico en otro curso que me parecía increíblemente atractivo –rubio, con un rostro dulce, que vestía con tanta personalidad que parecía que se ponía al mundo por montera–; pero que difícilmente podía disimular su amaneramiento. No es que mi instituto fuera especialmente cruel, pero el chico sufrió por aquello. Era objeto de burlas, de chistes, de comentarios y probablemente de alguna agresión. En cierto modo yo sentía admiración porque él fuera ante los demás lo que yo escondía; pero también sentía un miedo atroz a pasar por algo parecido.
Los padres de ese chico tenían un restaurante pequeñito en el que a veces iba a comer con mi familia. Como era fin de semana, él ayudaba. Recuerdo la emoción por lo mucho que me atraía, y cómo verle allí haciendo la coreografía con platos y bandejas me parecía lo más. Y recuerdo los chistes a media voz sobre él, porque perdía aceite o chorradas por el estilo.
En las pocas ocasiones en que alguien hizo una mínima insinuación no ya sobre mi sexualidad sino sobre lo macho que uno era, lo atajé sin miramientos. Siento una repulsión enorme hacia la violencia. Pero uno no se imagina la fuerza que es capaz de sacar cuando busca sobrevivir en esa selva. Recuerdo un día, en bachillerato, en que tres compañeros –que para mí reunían todo lo que odiaba de los demás adolescentes– empezaron a martirizarme disparando bolitas de papel. Nos habían dejado sin ningún profesor en el aula. Y recuerdo cómo en un momento dado no fue la rabia sino el sentido común el que me llevó a levantarme y poner fin a aquello, partiéndole una regla en la cabeza a uno de ellos. Me hice respetar. Problema solucionado.
Otras situaciones eran más difíciles de solventar. Mis amigos del pueblo son gente por la que a día de hoy sigo sintiendo una gratitud que no se imaginan, por la forma tan sana en que creo que vivieron su adolescencia –y con ello la mía también–. Un verano decidieron por mí que había una chica, de otro grupo próximo al nuestro, con la que yo tenía que intentar algo. Probablemente no sea una situación tan difícil de gestionar. Pero cuando ni tienes experiencia ni otro mecanismo más que cerrarte como un puto bicho bola, estas cosas se acaban convirtiendo en algo realmente horroroso para ti.
Una noche, conspiraron para que esa chica y yo nos quedáramos a solas, pero bajo su cercana vigilancia. Y ahí me veías, junto a una persona contra la que no tenía nada, pero con la que tampoco quería tener nada. Sin saber qué decir. Asustado y con unas ganas enormes de llorar y salir corriendo hasta donde los pulmones me dejaran. No creo que nadie de quienes vivieron aquel momento lo recuerde. No creo que yo lo olvide nunca y piense en él sin un cierto nudo en el estómago.
Pero, paradojas de la vida, en la medida en que mis compañeros y compañeras crecían y maduraban, nuestros vínculos se estrechaban. Y eso era un problema. Tus relaciones se hacen más humanas, más sinceras. Y no sólo tu necesidad de vivir tu propia sexualidad se hace increíblemente intensa, sino que los demás sienten hacia ti una mayor inclinación por conocerte. El bachillerato llega a su fin, y en un centro en el que estudiábamos un puñadito de personas, que habíamos crecido juntos desde la más tierna infancia, se produce un apego en ese momento de la vida que es hermoso. Gente con la que te has peleado durante años, estrecha sus lazos contigo.
Entonces yo era un estudiante modélico y no era raro que mis compañeros y compañeras pidieran mi ayuda. Empiezas a mirarles con respeto y cariño y con unas ganas enormes de poder ser tú de verdad con ellos; aunque sepas perfectamente que no puedes serlo. Quizás algunas personas en tu entorno han madurado lo suficiente como para no tener miedo a expresar sus opiniones de apoyo a gente como tú. Pero el vacío que se abre ante ti es enorme. El vacío literal por un tema del que no se habla o se habla poco; y el vacío simbólico del abismo que presientes.
Recuerdo un día volviendo a casa desde clase con un grupo de compañeros. El tema salió; como salía entonces; como una referencia fugaz. Y uno de mis amigos –no, uno de mis amigos, no... ¡el primer chico del que probablemente me enamoré en mi vida!– se atrevió a decir con total rotundidad que él no tendría ningún problema si alguno le dijera que le gustaban los tíos. Que no iba a dejar de ser su amigo. No sé si las cosas ahora siguen siendo así, pero puedo asegurar que era algo que uno escuchaba en muy contadas ocasiones en esa época. Lo terrible es que incluso en esos momentos de felicidad tienes que estar en guardia, porque no puedes mostrar más alegría de la debida al escucharlo. Es importante mostrar tanta indiferencia como puedas. Aunque para dentro tu estómago se encoge, tu boca se seca, la sangre se sube a tus mejillas y tú buscas como loco la manera de salir de esa situación, porque te sientes como un cervatillo en peligro.
Toda la supervivencia de aquellos años dependía de una poderosa coraza que construías sobre tu afectividad. Pero lo que tienen las corazas es que, para ser efectivas, son muy poco flexibles y acaban amarrando a quien las viste. Y eso es otra de las cosas que te pasan. Que aquello que es lo más importante de tu vida, es lo más ausente en tu relación con los demás. Yo podía abrazar cualquier causa que pensara que era justa. Menos esta. Hubiera ido a cualquier manifestación que me hubieran propuesto. Excepto a una por mis más íntimos derechos. Hubiera levantado la voz –y lo hice muchas veces– ante cualquier frase racista de mis compañeros. Pero jamás me hubiera atrevido a hacer ni la más leve defensa de quienes eran como yo. Porque el miedo puede con todo. Y miedo es lo único de lo que en ese momento estás sobrado.
Tenía una sed enorme por la vida, por viajar, por experimentar y conocer personas de todo tipo. Pero nada me aterraba más que pensar en conocer a alguien como yo. Un día, ya en COU, el año anterior a la universidad, los que estudiábamos literatura fuimos al teatro. Cuando estábamos entrando a la sala, justo delante de nosotros había un chico algo más mayor que yo y que a mí me pareció un ángel: alto, con un maravilloso pelo rizado y negro azabache. De repente uno de mis compañeros comentó por lo bajo que ese chico llevaba un pendiente no sé en cuál de las dos orejas y que eso significaba que era gay y era un lenguaje que los gais usaban entre ellos. Yo no sé si ese chico era gay o no, y si lo que dijo mi compañero tenía el más mínimo sentido. Pero aquello me abrió todo un mundo, porque de repente vi a alguien que podía ser como yo en mi misma ciudad y que se relacionaba con sus amigos con normalidad. No pude quitarme aquello de la cabeza durante toda la obra, y aún a día de hoy me viene el recuerdo del perfil con que grabé su rostro.
Uno de los motivos por los que ya entonces renuncié al alcohol era por el miedo a perder el control sobre mí mismo. Sabía que no me podía permitir el lujo de irme de la lengua o, peor aún, intentar algo con algún chico. Mi pequeño entorno de esa época me daba estabilidad, pero a cambio ofrecía pocos estímulos prometedores (con el tiempo he descubierto que estaba muy equivocado, pero eso es otra historia). Ni hubo héroes o heroínas en mi círculo social que dieran el paso que yo no me atreví a dar, ni nadie nunca se aproximó a mí con ninguna pretensión sexual ni nada por el estilo.
El tiempo pasaba y a tiro de piedra aparecía el final de esa etapa tan importante de la vida, llámalo adolescencia o llámalo bachillerato. Y cuando por fin acabé e hice el examen de acceso a la universidad, había conseguido superar esa dura prueba de supervivencia que había durado años. Pero a cambio, emocionalmente seguía casi en ese mismo punto que aquella noche de cuando tenía diez u once años en que había descubierto la masturbación: kilómetro cero.
Era experto en sobrevivir, pero me había perdido todas esas experiencias maravillosas de tontear, del primer amor, de compartir con tus amigos y amigas esa parte de ti. No sabes lo que es un beso o una caricia. Ni siquiera sabes cómo suena en tu voz decir palabras que todos los demás pronuncian con naturalidad: guapo, me gustas, te quiero, qué bueno está tal chico, cómo me pone no sé quién. Ni siquiera le has dicho nunca a otra persona lo que eres. La sexualidad para tus amigos consiste en enrollarse con alguien. Para ti es un tratado filosófico al que le llevas dando vueltas desde antes de que supieras lo que era la filosofía.
Con 18 años recién cumplidos tenía por delante la etapa de la universidad. Es un momento muy emocionante de la vida, lleno de sueños y en el que todo parece a tu alcance, todo parece posible en ese último verano antes de tu nueva vida. Pero tú tienes la misma pregunta que desde hace años: ¿qué vas a hacer con este mogollón?
Tus amigos han crecido, alguno es incluso gente madura y de mente abierta. El país ha cambiado y el vacío en este tema es un poco menos. Algunos partidos hablan abiertamente de derechos que te permitan vivir con normalidad lo que eres. E incluso con suerte has podido ver parejas de gente como tú en alguna visita a Madrid.
Y de repente tienes más miedo que nunca. Precisamente porque sabes que lo que hace no tanto era impensable es ahora posible. Que, de hecho, es lo único razonable. Que es lo que debes hacer si quieres vivir, lo que se dice vivir de verdad. Por eso tienes vértigo, porque sabes que es cuestión de tiempo que tengas que dar el salto al vacío.
Descubres que en esto no hay fuerza de la gravedad que valga, que tienes que dar los pasos porque nadie los va a dar por ti. Que simplemente por ir a la universidad las cosas no cambian si tú no das los pasos. Que en esa primera escapada fugaz que haces a Chueca descubres que nada va a pasar si tú no das el paso. Es aterrador, porque de repente descubres que eres libre. Y que ser libre consiste en tomar decisiones y dar pasos.
En esa ansiedad estuve meses. Y un buen día de mayo de 1997, cuando estaba acabando mi primer curso en la universidad, todo lo que había vivido desde que tenía diez u once años saltó por los aires. No sé qué lo provocó, pero la presión que sentía por dentro debía ser enorme para imponerse al miedo.
Era el último fin de semana antes de los exámenes finales. Era viernes por la noche, estaba con mis amigos en algún bar de Alcalá y vi que ya no podía aguantar seguir viviendo así. Me acuerdo como si fuera ayer de pasar por la plaza de Cervantes, volviendo yo ya sólo de madrugada a casa y pensar “mañana es el día”.
No dormí nada. Había quedado con el amigo que consideraba la persona más próxima a mí y que mejor me podría escuchar. Di muchas vueltas. Empezaba una frase y la dejaba a medias cambiando de tema, nervioso como nunca en mi vida. Recuerdo que caminábamos por un sendero junto al río y que era casi mediodía. Le mareé. Pero al final fui capaz y lo dije. Dije con 19 años lo que sabía sin duda alguna desde que era un niño, mucho, mucho tiempo atrás: soy gay; No sé cómo voy a hacerlo, pero quiero vivirlo y ser feliz. Y necesito que los demás me ayudéis.
Ojalá haya un día en que nadie tenga que pasar por algo así de artificial en que se agolpan miedo, nervios y emociones contenidas durante años. Pero para los que hemos tenido que hacerlo, sabemos que es uno de los momentos que marcan tu vida y que guardas para siempre, como otros guardan su boda. Es muy emocionante, con lo bueno y malo que supone. Rompes desde dentro esa coraza sólida y confortable que te ha protegido durante años. El sol llega a tu piel, pero te sientes tan vulnerable y desvalido como un pollito.
Ese día puse fin a años de disimulo y tramas y metí el acelerador. En unos meses mi vida cambió y de repente disfruté de la sinceridad que llevaba años negándome. Decidí aprovechar al máximo el tiempo perdido y compartir mi sexualidad, mis emociones, mis deseos. Y luchar como había luchado por tantas causas, pero esta vez por la más mía de todas.
No fueron meses fáciles; para ti no es fácil saber qué hacer y cómo hacerlo. Y para quienes te rodean no es fácil saber cómo ayudarte. No es fácil vivir sin el caparazón que te ha protegido tanto tiempo. Y porque la sexualidad humana nunca es fácil, sea cual sea, y menos si encima casi no tienes experiencia. Te ves con 20 años pasando por lo que el resto de la gente pasó con 15.
Echando la vista atrás te sorprendes por lo mal equipado que estabas para pasar por todo aquello. Es difícil pensar que todo ese miedo y esa falta de experiencias no dejen secuelas. Yo tengo una familia que me quiere y que llegado el momento me ha apoyado en todo. Pero he visto a muchas personas que no han tenido tanta suerte y sufrieron mucho más que yo en todo este camino.
Hace unos días leí el texto de un chico sirio contando cómo vivió él todo el proceso que yo describo aquí. Tiene más o menos mi misma edad. A lo mejor otras personas ven todo lo que separa nuestras experiencias. Pero a mí lo que me queda de su historia es todo lo que nos une. Es maravilloso descubrir todo lo que se comparte cuando te has sentido tan solo.
¿Por qué cuento todo esto ahora? La mayoría de quienes hicieron el bachillerato conmigo son personas decentes que seguro que sienten aprecio por mí. Con muchos he compartido momentos con el paso de los años; con algunos incluso sigo compartiendo amistad. Ninguno sería capaz de hacerme sufrir o excluirme de su vida por lo que soy y siento. Incluso aquellos tres chicos que me martirizaron tantos días han sido con el tiempo muy cariñosos conmigo. Sé que me aprecian y admiran mi trabajo. Es increíble ahora pensar en ellos como fuente de la más horrorosa ansiedad de un pobre chico. Y sin embargo fue así.
Nada de todo aquello puede cambiar. Pero a mí me da mucho optimismo que quienes crecieron conmigo hayan acabado estando de mi lado. Ojalá se lo pudiera contar a aquel chiquillo de 10 años. No puedo. Pero también ahora hay chicos y chicas asustados con 10 años a los que se lo podemos decir: no tengas miedo. No hay nada malo en lo que sientes. Todo va a salir bien. Sé feliz.

Álvaro Zamarreño
periodista en Cadena SER Radio.
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martes, 2 de abril de 2019

VOLAR MIRANDO A LA LUNA


Cabeza de Hierro Menor
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amor al riesgo
volar sobre la nieve
escalofrío

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Es primavera y nada a la vez,
y un candor me persigue desde el sueño
de ese eterno estío
que busco como un ave
que migra... y necesito
su risa para respirarla...
y no solo verla...
no solo imaginarla...

Hoy es domingo y algo se ha quebrado adentro,
pero quedan latidos por gastar
y habré de hacerlo
con hambre
e incluso
con toda la lujuria que me quede
en las manos,
en los ojos,
en la boca...
pues la vida es una mujer, como la muerte,
y solo queda amarla hasta el desastre
o el vuelo...

Me apetece un poema...

LA VIDA ES UNA MUJER... COMO LA MUERTE

Tenerte es la pasión;
buscarte...
es ese nervio pánico
que corre entre la frente
y los despojos
como un guepardo inquieto
y hecho al hambre;
saberte es la verdad
de una fe incierta
que busca combustión
en ser un tacto...
y ser para que seas
es lo que hago
justo cada mañana al levantarme.

¿Por qué si eres huida sigo preso?

La vida es una mujer...
como la muerte,
con pechos y caderas poderosas,
con brazos de abrazar,
con ojos vivos
capaces de comer de una mirada,
con muslos infinitos
que saben apretar si la penetras
y un sexo siempre en flor para libarlo...

Yo la adoro, sin más,
y cada día
quiero hacerle el amor...
pero no puedo.

Díme... ¿por qué si eres huida sigo preso?


luis felipe comendador
abril de 2011
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ROCÍO


—¿Que no sabeh de Rosío? ¿Cómo no vaha sentí
ese tranquilo latí que rebosa señorío?
¿De qué vaha presumí si no sabeh de Rosío?

Morena de nervio y brío y de sonrisa pintá,
es alegre, servisiá, mu cariñosa y cumplía:
la que máh.

Tú le diseh: bueno días, y ella te vaha preguntá
po la salú de tu mare, po tu primo y tu compare,
po tu pare y po tu tía… ¡lo qu´haya que preguntá!

¿No sabeh lo der chavá que viajaba resentío?
(es que dejaba a su novia en el andén de Sevilla
abandoná entre er gentío).

—Mushasho, corasón mío, —lo camelaba Rosío
Recortándole´l billete—: que te veo percudío
de pena y de soleá; alegra esa cara ya
y alevanta tu sentío, que ya mismo vorveráh.

Y er mushasho, dibujhando sonrisas de nardo y vino,
se adentró por su camino llorando felisidáh.

¿Cómo no vaha sentí ese tranquilo latir
que rebosa er señorío
de Rosio?
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VOLAR MIRANDO A LA LUNA

…mi hermana dice que cuando sea grande tendré que trabajar la viña porque lo dice ella que tiene quince años tres más que yo y tendré que escuchar a alguien que me mande y tendré que hacerle caso dice mi hermana que soy cabezón que yo querré hacer otras cosas. -¡Pirrón!, -me llama por mi nombre de una manera que asusta dice que me gusta volar y es que cuando cojo la bicicleta recorro la aldea volando mirando al suelo para no caerme y el trasportín está lleno de jabones que he comprado en la aldea de al lado cruzando el puente de piedra mi hermana dice que de eso no podré comer siempre que tengo que trabajar la viña y que para mí no hay escuela que valga la verdad es que el maestro no se entera de lo que hablo y mis manos se vuelven locas y él me las sujeta y yo le miro la boca y le vuelvo a mirar y nada solo veo su labio con bigote negro repite algo y me cuesta porque el maestro pone los ojos fijos en mi cara todo el rato pero mi hermana dice que es como picar en una piedra de esas que mi bicicleta brinca por las calles de la aldea de al lado me paro de vez en cuando allí en los puestos de la plaza y voy eligiendo los jabones que vende el artesano. -¡Pirrón!, -me llama cuando suena la puerta de casa llego con el trasportín y la cesta vacía de jabones después de haber tocado a la manilla de cada puerta dice que me habré bajado y subido a la bicicleta trescientas veces para dos reales dice que me engaña el artesano que de eso no podré vivir que tendré que trabajar la viña ya veremos le digo eso sí me pide los reales que he ganado vendiendo los jabones y me mira y yo me fijo en su boca se mueve con genio y sus ojos hablan otra vez de la escuela pero su mano está boca arriba me estoy cansando porque cuando sea un poco más grande dice el maestro que aprenderé el lenguaje de las manos mis padres han muerto y dos reales a dos reales harán una bolsa yo mientras vendo jabones del artesano y no me engaña y me fijo porque las pastillas cada vez sueltan otro olor y las vende por algo será cada vez leo mejor los labios de mi hermana ella no tiene bigote y los reales que traigo me los guarda cuando sea grande pondré un puesto de jabones en nuestra aldea y sin prisas me haré con otra bicicleta con la que volar mirando la luna…

Ángeles Martín Ramírez
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martes, 26 de marzo de 2019

BORRADOR DE UN POEMA


Nacimiento del arroyo de La Vegiga, en la falda de La Najarra, Miraflores
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bajo la roca
cuna de La Vejiga
canta la fuente

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BORRADOR DE UN POEMA

Me levanto a las seis aunque detesto madrugar.
Me pone malo el agua fría pero abro el grifo de agua fría
y aguanto diez segundos bajo el chorro.
Me gusta el café solo y me sienta mal la leche
pero le echo un golpe de leche al café y lo tomo con azúcar
aunque no me gusta endulzarlo.
Solo fumo cuando atardece, y aún así
enciendo tan temprano un Camel:
si todo sale según lo previsto
al terminar el día me habré fumado cajetilla y media.
Detesto oír la radio en la mañana, esos comentaristas
que avisan del apocalipsis a diario,
pero prendo la radio y oigo un bocazas
decir que España se rompe y que hay que echar a los moros.
Gomina en el pelo. Agua de colonia.
Sus zapatos y su pantalón y su camisa.
No bebo alcohol pero a las seis y media estoy
en la barra del Zettelmeyer
tomándome un coñac.
Me deprimen los tambores de la prensa deportiva
pero ahí estoy leyendo el Marca, un reportaje
sobre el mercado de fichajes de este invierno.

¿A qué viene todo esto?
Digamos que es costumbre familiar.
Cuando se muere un padre alguno de sus hijos
tiene que regalarle un día,
hacer durante un día las cosas que el difunto ya no hará,
ponerse en su lugar.
El día de regalo, ya te digo.
Son las siete y se yergue ahora la pregunta:
¿qué hacía mi viejo toda la mañana?
¿qué hacía un hombre de cincuenta y nueve
años en paro desde hacía dos
después de cuarenta años de trabajo?
Supongo que buscar trabajo ansioso,
pensar en el suicidio mientras llegaba el infarto
que al fin puso remedio a sus tristezas.
No sé. Era demasiado orgulloso
para arrastrarse a pedir algún favor o mendigar unas faenas.
A las nueve tengo que volver a casa
para llevar a Joaquín a la guardería y me preguntará
por qué no lo lleva el abuelo como siempre
-y siempre ahí significa tres meses a diario-.
Se va, se va, el poema se me va por lo anecdótico.
No es más que un borrador.

Mientras regalo el día me sacuden recuerdos del difunto:
a veces tiernos o hilarantes o brutales.
No me pegó jamás (claro que sí pegó a mi madre
una vez, después fue a emborrachase,
volvió a las tantas repitiendo su cantinela insoportable
"me tengo que matar" "qué he hecho" "tengo que matarme"
shalalá:
estuve un año sin dirigirle la palabra,
-tiene algo de mérito porque yo tenía doce años-).
Era de sangre muy caliente, yo creo que era bipolar,
había días que el mundo era un cachorro que estaba pidiéndonos
que saliésemos a jugar con el,
y otras era un campo de concentración
en el que nos había tocado el papel de prisioneros.
Se quejaba de su puta suerte muy a menudo.
He heredado algunas cosas suyas, no puedo negarlo.
La relación con el dinero por ejemplo: gastarlo
cuando lo tengo como si no hubiera mañana, no darle
importancia alguna y pasar luego meses penando
por haber gastado los ahorros y decirme qué idiota eres,
no darle importancia al dinero
te hace pensar en el dinero a todas horas.
También la frialdad emocional es suya.
Ese esconderse suyo para echar unas lágrimas por algo.

Mi padre tuvo una infancia complicada.
Hijo de madre soltera en la España de los cuarenta.
Lo inscribieron en el libro de familia como hermano de su madre.
Esas cosas pasaban en los heroicos días
del nacionalcatolicismo.
Se crió en un café cantante. Lo despertaban de madrugada
a los diez o doce años para que fuera por hielo.
Debió ver cosas muy edificantes
que le sirvieron luego para no escandalizarse por nada.
Se salvó mediante el fútbol.
Jugaba bien, se soñaba estrella de los estadios, como tantos,
como yo mismo más adelante.
Por las mañanas trabajaba en un taller de mecánico
mientras cumplía 21 y podía sacarse el carné de camión,
y por las tardes entrenaba.
Lo fichó el Atlético Sanluqueño, camiseta verdiblanca.
Luego conoció a mi madre en la Alameda Vieja.
Ella quedó embarazada y se casaron
como era lógico en la época.
Dejó el fútbol, empezó con los camiones.
Llegué yo.
A veces le tomaba el pelo diciéndole:
tú que querías ser futbolista y terminaste
conduciendo los autobuses que llevan a los futbolistas
del aeropuerto al hotel, del hotel al estadio, del estadio al aeropuerto.
Dejaba de hablarme durante semanas.

Y bien ya son las nueve. Mi madre ni siquiera se sorprende
de verme oliendo a él, vestido de él, dispuesto a hacer
lo que él hubiera hecho de estar vivo.
Llevar a su primer nieto a la guardería.
Un nieto que lleva su nombre y que es también hijo de madre soltera.
¿Por qué no me lleva el abuelo como siempre?
El abuelo ha muerto, peque.
Ah, vale.
Pero lo puedes seguir viendo: están los sueños.
Ah, claro.
¿Qué hacía mi padre toda la mañana?
Una zona de sombra o libertad hasta las 2,
cuando tenga que regresar a recoger a Joaquín a la guardería.
Me invento que se dedicaba a conducir.
Casi cuarenta años conduciendo
camionetas, camiones, pomposos coches de magnate, valencianas,
y de repente, el paro,
la quiebra de la empresa por orden del gobierno,
una indemnización y hasta la vista.
Me gustaba de niño,
verlo llegar en un interminable tráiler,
en cuya cabina -con una palanca de cambios del tamaño de un bastón-
nos apilábamos sus hijos mientras él subía a comer.
Y los camiones cisternas en los que alguna vez me llevó a Cádiz:
él cargaba en el puerto mientras yo, quice años, dieciséis,
me iba de librerias.
Ahora que lo pienso, si me preguntaran
qué hiciste con tu padre,
tendría que responder: kilómetros, muchos kilómetros.
Más kilómetros compartimos que palabras.

Hay algo que nunca le perdonaré,
ni siquiera mientras le regalo el día.
Chicuelo, nuestro bóxer.
Nos lo trajo una tarde y unos meses después nos lo quitó.
Él, que nunca le hacía caso a mi madre, se lo hizo en aquello.
Joaquín, no bebas. Y seguía bebiendo.
Joaquín, no fumes. Y seguía fumando.
Joaquín, no tardes. Y volvía a las tantas si volvía.
Joaquín, deshazte del perro. Y se deshizo del perro.
Qué cabrón.
Nos hizo creer que Chicuelo se había escapado
y allá que nos fuimos todos los hermanos a buscarlo.
Gritábamos su nombre en barrios en los que antes
no hubiéramos entrado ni hartos de droga
igual que los chavales de esos barrios
no entraban en el nuestro.
Volvíamos de nuestras expediciones con las manos vacías
y el ánimo arrasado.
Todos nos ocultábamos para que los otros no nos vieran llorar.
Qué cabrón.
También él se ocultaba.
Se dio cuenta a los dos días que perder un perro
era mucho más grave de lo que su elocuente infancia cruel
podía permitirse.
Una vez Chicuelo se meó en el pasillo
y él cogió al perro y le metió el hocico en los orines:
así aprenderá que aquí no se hace,
a mí me lo enseñaron cuando chico.
Se meaba en la cama, y para enseñarle que eso no se hacía,
que no tenían plata para colchones y sábanas,
le hundían la cara en la mancha de meado.
Pero siguió meándose en la cama algún tiempo más.
Se levantaba y antes de que le hundieran la cara en la mancha de orín
él mismo hundía la cara.
Mucho más tarde, cuando Chicuelo era sólo un fantasma
que se nos aparecía en sueños,
e iba del sueño de uno al de otro como familiar solitario
que cada tarde visita a un pariente para recordarles que existe,
mi padre nos contó que lo dejó en la carretera de Trebujena.
Primero nos dijo que se lo había dado a unos de una finca,
pero la verdad fue más fuerte que él
y años más tarde nos la tuvo que contar.
Vi claramente al perro extrañado en el camino,
pensando que era un juego de su amo,
se metía en el coche y él tenía que perseguirlo,
pero aceleraba y aceleraba,
lo miraba por el espejo retrovisor y le decía adiós a Chicuelo.
Y el perro se cansaba y se paraba y se iba empequeñeciendo
sin saber que iba a agrandarse nuestra angustia.
Qué pedazo de cabrón.

El día de regalo lo emplearé en conducir por la carretera de Trebujena.
Han pasado más de veinte años y seguro que Chicuelo
murió atropellado o desfalleció de hambre o lo encontró alguien
y lo adoptó o lo utilizaron unos miserables
para que se entrenaran unos perros de pelea.
Pero yo conduzco en el papel de mi padre
por la carretera de Trebujena
buscándolo en aquellos días felices de mi infancia
en que los hermanos nos peleábamos por ser los primeros
en regresar a casa
par sacar a Chicuelo.
Creo que es la única vez que odié a mi madre, cuando supe.
Si encontrara a un perro cualquiera en el camino
lo montaría en el coche de mi padre
y se lo llevaría de regalo a Joaquín, su nieto.
Después por la tarde, tras comer y tras la siesta -que nunca duermo-
me tomaré otro café con leche, pugnando con la náusea,
iré al España a tomarme un par de finos,
le compraré cupones al ciego y haré una quiniela
aunque jamás me gasto un duro en juegos de azar,
y más tarde veré algún programa bobo de televisión
y me tomaré un gin-tonic por toda cena,
un Camel detrás de otro para acabar el día de regalo,
hasta que toque irse a la cama,
encenderé la radio, aunque me tortura oír la radio de madrugada,
esos programas de gente que llama para contar tragedias
que quizá le hicieran sentir a mi padre
que tampoco le iba tan mal.

(Dejaré aquí este borrador de poema,
quizá algún día mi hijo lo descubra entre mis cosas,
y piense: un día de regalo, vale, padre,
y se levante como yo a las tantas, aunque le guste madrugar,
y se tome un café solo y sin azúcar, aunque le siente mal,
y se duche con agua muy caliente aunque prefiera la templada,
y se vaya a caminar aunque lo suyo sea el gimnasio,
y luego abra mi computadora
aunque escribir no sea su modo de estar en el mundo,
y encuentre este poema en borrador
y ajuste cuentas conmigo
y me regale uno de los milagrosos días de su vida
cuando el milagro de la mía haya terminado
y corrija y termine este poema).

Juan Bonilla
Poemas pequeño-burgueses
Renacimiento, 2016
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LA NADA


Una mesa. Y un banco. Y el vacío.
La nada se apodera de la pluma
y se van de viaje a una nube que sube,
paso de caracol, por la escalera.
Un pájaro farfulla, y acudo, por si acaso,
pero vuela, vuela, vuela
a un suave trotecillo de gacela
y me deja su nada en la cortina.
Descubro que la brisa
capotazos le pega a la ventana,
y destrozan mis ojos pedazos de cristal
y de visillo en busca de la cosa
esa que yo buscaba tan… ¿me sigues?
Dos horas, tres; cuarenta…
Sudo la tinta. Subo la escalera.
Me aposento en la nube. Busco el nido
como depredador empedernido,
pero nada de nada. Yo en el banco
y en la mesa el papel, planchado, blanco.
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LA LUZ ES COMO EL AGUA


En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
—De acuerdo —dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
—No —dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
—Para empezar —dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
—El bote está en el garaje —reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
—Felicitaciones —les dijo el papá ¿ahora qué?
—Ahora nada —dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llegó a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
—La luz es como el agua —le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
—Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada —dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
—¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? —dijo Joel.
—No —dijo la madre, asustada—. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
—Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber —dijo ella—, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
—Es una prueba de madurez —dijo.
—Dios te oiga —dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Gabriel García Márquez
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martes, 19 de marzo de 2019

Kati Díaz



Escultura de Demetrio Ramos, en Loranca
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qué maravilla
tanto tiempo empleado
por un instante

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LA LOBA

Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
y me fui a la montaña
fatigada del llano.

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
que no pude ser como las otras, casta de buey
con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
porque lo digo así: (Las ovejitas balan
porque ven que una loba ha entrado en el corral
y saben que las lobas vienen del matorral).

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
No temáis a la loba, ella no os hará daño.
Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos
¡y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

No os robará la loba al pastor, no os inquietéis;
yo sé que alguien lo dijo y vosotras lo creéis
pero sin fundamento, que no sabe robar
esa loba; ¡sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta
de ver cómo al llegar el rebaño se asusta,
y cómo disimula con risas su temor
bosquejando en el gesto un extraño escozor...

Id si acaso podéis frente a frente a la loba
y robadle el cachorro; no vayáis en la boba
conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor...
¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas, mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!
No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños
por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha
no sabréis defenderos, moriréis en la brecha.

Yo soy como la loba. Ando sola y me río
del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
donde quiera que sea, que yo tengo una mano
que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo.
Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
la vida, y no temo su arrebato fatal
porque tengo en la mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después... ¡lo que sea!
Aquello que me llame más pronto a la pelea.
A veces la ilusión de un capullo de amor
que yo sé malograr antes que se haga flor.

Yo soy como la loba,
quebré con el rebaño
y me fui a la montaña
fatigada del llano.

Alfonsina Storni

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ENTRE BAMBALINAS
(Kati Díaz)


El arrugado texto en mano temblorosa.
Una sala pequeña se amontona
(estrecho camerino de comuna)
de nerviosas esperas.
El peso del papel en la memoria
se adivina en el rostro recompuesto,
perfilado de leve maquillaje,
tras de las bambalinas.
Con palabras de aliento y confianza,
mide la directora la fuerza de la danza.
Le dice a cada una: ¡estás divina!
Y el aforo calibra su mirada
escondida en el lienzo,
entre las bambalinas.

En el colmado patio
cede la luz su sitio con sordina.
Se apagan lentamente los murmullos
y sólo un sol alumbra el escenario.
Ocupándose va. Como un rosario
de colores y encanto; de andar de bailarina
con figuras que salen apocadas
de entre las bambalinas.
Brillan entre temores de novel.
Recitan su secreto y su calvario
bordando su papel.
Elucubran, conspiran, aman, mienten…
Cuando las emociones o la risa
a las tablas salpican con su brisa
trasciende la cocina
y vibran auditorio y bambalinas.
Avanza la función. Ya todo pasa
como en la vida o en la propia casa:
el discurso camina más fluido;
los pasos, naturales.
De momento en momento
a la vista se cuece el argumento,
y en ese desvelar de la sorpresa
el final se vislumbra, se avecina.
No sin preocupación. La directora,
mira, respira hondo y se domina
entre las bambalinas.

El aplauso final: música lenta,
embriagadora, mágica y eterna
penetra en el oído. Desbordante:
como la mansa lluvia en la pradera.
Empapa los sentidos, enardece
el noble corazón de la farándula,
pues sólo su sonido
apaga los vacíos de la farsa
y llena los bolsillos de auténtica soldada.
Saludan con donaire. Solicitan
tan sólo ese minuto de gloria, bien ganado,
y, huérfanas, las tablas abandonan:
la luz, el decorado…, hasta quedar ocultas
detrás de la cortina de cretona,
anónimas, sutiles, cristalinas.
Un poco más allá de bambalinas.
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LO QUE NO RECORDAMOS Y QUE VIAJA CON NOSOTROS

Ayer empecé a ver la película “Los mejores años de nuestra vida” (1946) de William Wyler, sobre tres soldados norteamericanos que regresan a su casa después de que se haya acabado la Segunda Guerra Mundial. Pensaba que no la había visto, pero en realidad sí. Me percaté de ello en cuanto apareció en escena un marinero que en vez de manos tiene dos ganchos y trata de encender una cerilla con ellos. En ese momento supe que había visto esta película de niño, sentado en el sillón con mi padre, en la casa de mis abuelos, posiblemente un sábado por la noche.
Los tres excombatientes llegan a su ciudad, cogen un taxi y el soldado sin manos se baja delante de su casa. Los otros dos miran cómo salen a recibirle sus padres y su novia. La novia llora al verle, le abraza y él se queda con los brazos rígidos, pegados al cuerpo. Según se aleja el taxi uno de los dos excombatientes le dice al otro: “Es sorprendente cómo en la marina le han enseñado a usar esos ganchos”, y el otro responde: “Sí, pero no le han enseñado cómo abrazar a su chica, ni cómo acariciarle el pelo”. Es una escena tremenda, perturbadora, con un cierre quizás un poco cursi, pero de una eficacia contundente.
Lo cierto es que se me saltaron las lágrimas y acabé pensando que no era por la construcción de la escena, que podría serlo, sino porque las imágenes activaron un recuerdo primitivo en mí, una primera conmoción infantil que había olvidado de un modo consciente, pero que seguía en mi interior de un modo profundo.
Recuerdo la fascinación de aquellas películas para adultos que vi de niño, la sensación de que no entendía todo, la intuición de las corrientes turbias que movían a los adultos, pero que me fascinaban sin acabar de comprenderlas. ¿Hasta qué punto nos configuraron la mente aquellas películas sin que seamos conscientes? ¿Cuántas películas que pensamos que no hemos visto han formado parte de nuestra educación sentimental y modificado nuestra mirada sobre el mundo?

David Pérez Vega
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martes, 12 de marzo de 2019

LA PARADOJA DE WOOLF



ocho de marzo
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vibra la tarde
feminismo corean
saltan y bailan

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UNA Y OTRA VEZ

una y otra vez
no atiendo a razones:
canto las canciones
que me canta un pez

tengo la cabeza
llena de abubillas:
me crecen bombillas
que beben cerveza

amantes, quillotras
no son cual la mía:
la mía, poesía,
no es como las otras

vamos por el cielo
encendiendo el fuego:
mas detrás del juego
más nos luce el pelo

Gonzalo Escarpa

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EL MÚSICO
(adaptación del Cuento de Auguste Villiers de L´Isle Adam, 1839-1898)


Cerca de la frontera,
entre picos serranos y montañas,
dos pueblos caminaban de la mano,
prósperos los pudientes,
los pobres, pobres,
mayoría de primos y de hermanos.

Un poeta medraba
a costa de cantar en cada esquina
musicando sus versos y sus cantos,
mas con el frío nadie lo auxiliaba.
Se tiró al monte, y el violín usaba
a modo de escopeta,
pues la luz de la noche conspiraba
con su miedo y su treta.

Andaba un caminante por la senda
que cruza la montaña,
y se topó con el del instrumento,
que la bolsa, cortés, le requería
rápido y al momento.
Llegó limpio a su casa el asaltado,
y una historia tejió de bandoleros,
disparos y pistolas
en donde su valor de caminante
sobresalía justo, como un guante.
Corrió la voz el pueblo
y al otro pueblo se corrió a voz.
Pero los principales,
con su pericia y su saber sagaz,
al hombre acorralaron
hasta que le arrancaron la verdad.
Mas nada pregonaron en el pueblo,
miedoso de ese mal.

Cercano el día de cobrar la renta
los amos dispusieron
con escándalo y miedo del lugar
montar una carreta
con provisión de fuego de escopeta
para salir al campo a recaudar.
Sus mujeres, ajenas al enredo
urdido por los ricos,
la partida lloraban de los bravos
y heroicos maridos,
temerosas
de que cayeran presos en las manos
de la terrible banda de bandidos.
Ellos regocijaban sus adentros
mostrando valentía,
mintiendo prepotentes
con la falacia vil de su osadía.
Partieron de mañana.
Las tasas en el carro cosecharon
amontonando bolsas de monedas
de pobres aparceros.

A la noche volvían
prietos en el crujir de la carreta.
En el camino abrían
sombras de luz al fuego del farol
y temores templando en la escopeta.
El cruce de senderos. Resplandores.
Mil sombras acechantes que se inventan,
se vienen y se van.
El postillón requiebra
con pulla y latigazos a la bestia,
y los hombres armados se consuelan
para salvar su bolsa de dineros.
Atesora la noche embravecida
chirriares de carreta.
Galopes de caballo. Rechinares de dientes.
Y hasta suena, lacónico, un silbido,
cuando se escapa un tiro,
y brota de la noche, iluminada,
nefasta balacera
de sombra en sombra y desde carro a carro.

En el bosque cercano,
bajo la telaraña de una triste cabaña,
el músico, con dos de sus secuaces
vecinos de los pueblos, se reprime de miedo
al escuchar disparos tan cerca del lugar.
Al silencio se asoman, cuando cesan.
Al cruce se aproximan temerosos,
y encuentran dos carretas
de muertos enemigos bien repletas.
Un triste bandolero le dice al compañero:
— estos son de mi villa.
— Y aquellos de la mía, —le responde—:
vayamos, avisemos… pero ¿a dónde?
— No se lo creerán, -les dice el vate-:
de nuestra historia siempre dudarán.

Y las bolsas tomaron de dinero.
Cruzaron la frontera
y tierra de por medio le pusieron.
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EN FAMILIA

En casa no nos gusta incomodar a nadie, señor comisario. Las cosas son como son. No había indicios, pero todos buscábamos algo. Mi madre buscó siempre el sosiego en la farmacia; mi padre en la mudez de un cigarrillo, convencido de que el cansancio y el frío están en las palabras, pero son otra cosa; mi hermana, cuando niña, en el reclinatorio de la ermita y después en la esquina más rentable del polígono sur. Yo que no busqué nada, encontré un libro y en él sigo.
Vivimos juntos el abuso feliz de sentirse en familia. Repare usted, señor comisario, que en las escalinatas de nuestra casa los sueños nunca dieron ningún paso.

JOSÉ LUIS MORANTE
(Del libro Cuentos diminutos)
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LA PARADOJA DE WOOLF

Hablaba hace unos días la escritora Ángeles Caso de un libro que relanza con motivo del 8 de marzo bajo un elocuente título, Ellas mismas, que incluye las semblanzas de varias pintoras y en el que analiza desde el punto de vista pictórico la vida de estas mujeres creadoras, como tantas, silenciadas por la historia y por la historiografía. Caso, licenciada en Historia del Arte, afirma que las mujeres se autorretratan más que los hombres: «Es como si necesitaran decir: “Esto lo hice yo”. El autorretrato es un género muy femenino, tanto en pintura como en fotografía.» Analiza el gesto de sus protagonistas y busca esos códigos ocultos de quien no tiene un púlpito desde el que dejar clara su presencia y su voz. Las reflexiones de la escritora me llevaron a pensar en otra obra a la que he recurrido mucho en los últimos años: Maternidad y creación: lecturas esenciales (Alba Editorial, Trad. Elena Vilallonga), en la que la fotógrafa canadiense Moyra Davey explora la vida y obra de autoras referenciales en la literatura (sin etiquetas, pero también en la literatura escrita por mujeres y en la literatura de contenido netamente feminista) como Doris Lessing, Margaret Atwood, Ursula K. Le Guin, Sylvia Plath, Elizabeth Smart o Tony Morrison. Y por más que leo o medito sobre el tema llego siempre a la misma, desgraciada, conclusión: como ya dijo antes otra escritora, también feminista, «para poder escribir una mujer necesita dinero y una habitación propia». Virginia Woolf habla de una habitación (con cierre en la puerta) y de una renta (500 libras, unos 30.000 euros de la actualidad), por lo que esta máxima, que desde las conferencias que pronunció la autora en Newnham College y Girton College el 20 y el 26 de octubre de 1928, respectivamente, se ha convertido en metáfora de la creación femenina y rasero por el que se mide la capacidad productiva de la mujer en términos de literatura —extrapolable a otras artes— ha llegado a encerrar una perversa paradoja: las mujeres han seguido creando sin habitaciones propias (físicas) y sin dinero (suyo o no), a veces sin trabajo, con muy poco tiempo, aprovechando los ratos que les dejaba el cuidado del hogar y la familia y en ocasiones, como dijo Alice Walker de la esclava negra Phillis Wheatley, «sin ser dueña ni siquiera de su propia persona». Moyra Davey reflexiona sobre todo esto en Maternidad y creación, resultado de las sensaciones que experimentó cuando, tras ser madre, hubo de aparcar cámaras y trípodes para cuidar de su hija, sintiendo esa inevitable culpabilidad que nos ataca cuando ambas maternidades, la artística y la física, se interfieren mutuamente.
Las nuevas formas de esclavitud como los contratos precarios y temporales y los trabajos por cuenta propia reducen aún más ese hipotético tiempo para la creación, ese espacio propio que es, a fin de cuentas, lo que reclamaba Virginia Woolf. Y todas estas circunstancias afectan especialmente a las mujeres, del mismo modo que el cuidado de los hijos y los dependientes de la familia sigue recayendo mayoritariamente sobre ellas.
Casi un siglo después aquella frase de Virginia Woolf, sigue siendo cierta, como también lo es el estudio de Davey, mucho más moderno y en el que ya se contemplan gran parte de los problemas que nos afectan en la actualidad: en época de Woolf las mujeres estaban obligadas a salir de casa, incluso a formar parte de grupos organizados de acción cultural, tertulias o hermandades, era vital tener una habitación en casa que reuniera las condiciones de un compartimento estanco frente a las amenazas domésticas: el servicio, los niños, la intendencia. En una época en que las grandes casas contaban con despensa y cuarto de costura y plancha, un ala para los criados y, en muchas ocasiones, otra para los niños, no parece complicado robar unos metros cuadrados para instalar un escritorio y una pequeña biblioteca de cabecera. En cuanto al dinero, Woolf habla de «renta» y no de sueldo. Pocas mujeres tenían sueldo en su época, y las que lo tenían no disponían de mucho tiempo —ni espacio, ya fuese físico o metafórico— para crear. De modo que si aplicamos la receta Woolf al pie de la letra sólo las mujeres ricas, por familia o por matrimonio, estaban —están— en situación de producir literatura potable y digna de pasar a la historia. En época de Davey, la primera década de este nuevo milenio, la problemática es a un tiempo otra y la misma: la fotógrafa sintió el impulso de investigar, leer y escribir sobre las mujeres y la creación como vía para escapar a la sensación de aislamiento que le provocaba su reciente maternidad: el encierro en casa, los cuidados inevitables… La realidad frente a la que se encuentra tras la maternidad una mujer de su tiempo, independiente, con un trabajo propio que le pone en contacto con la realidad y le devuelve empuje, satisfacciones, y dinero. Ignoro cómo hizo frente, en lo material, a ese año aproximadamente que dedicó a preparar el ensayo. Pero hubo de ser de alguna de estas tres formas: o un estado del bienestar que le ofrecía una baja remunerada por maternidad, una pareja que se encargaba de la manutención o un colchón financiero que le daba la tranquilidad de apartarse temporalmente de la vida profesional. En otras palabras: Virginia exageró, o se quedó corta. O, simplemente, elaboró una metáfora aplicable sólo a la sociedad inglesa acomodada de 1928. Antes y después de ella se han dedicado a crear hombres y mujeres que, o bien tenían resuelto el gris asunto de la subsistencia, o podían simultanearlo con la escritura, la pintura o la música. Antes y después las coyunturas económicas han puesto a las mujeres en el escenario o las han arrumbado en el rincón de las tramoyas polvorientas. Cuando las mujeres han accedido al mercado laboral, históricamente, ha sido porque faltaban hombres, en situaciones de guerra o posguerra. Y cuando han salido de él ha sido porque sobraban hombres o, dicho de otro modo, porque faltaba trabajo: en situaciones de crisis económica, como la que hemos pasado recientemente. También, paradójicamente, muchas mujeres que son abocadas al paro, al despido o al cuidado de los dependientes del hogar (ancianos, enfermos y niños) dedican parte de su tiempo y su energía a escribir, quizá como vía para verter una capacidad actora y creadora que no encuentra proyección por otros medios. En una época en que hombres y mujeres, en un porcentaje muy alto, necesitan vivir de otra cosa para poder asegurar la subsistencia y poder crear con cierta tranquilidad, las nuevas formas de esclavitud como los contratos precarios y temporales y los trabajos por cuenta propia reducen aún más ese hipotético tiempo para la creación, ese espacio propio que es, a fin de cuentas, lo que reclamaba Virginia Woolf. Y todas estas circunstancias afectan especialmente a las mujeres, del mismo modo que el cuidado de los hijos y los dependientes de la familia sigue recayendo mayoritariamente sobre ellas. En la maternidad, tómese esta palabra en el sentido más amplio posible, es donde reside hoy la brecha. Y paradójicamente también esas mujeres siguen creando: en una habitación sin llave, en un rincón de la cocina, en el sofá con los cascos puestos para no oír la televisión o en un portátil en el metro. Porque necesitan decir, como las pintoras de Ángeles Caso, «Esto lo hice yo». Lo cierto es que con dinero o sin él, con trabajo o sin él, con hijos o sin ellos, con habitación y cerradura o sin ella, las mujeres no han parado de crear, y eso se comprueba fácilmente si se echa un vistazo a la historia. Y ahí está Charlotte Perkins, que escribió esa maravilla titulada El papel amarillo cuando su marido la encerró, literalmente, porque pensaba que se había vuelto loca: tenía depresión posparto.
Con todo, las mujeres siguen siendo las que más trabas tienen a la hora de hacer cualquier cosa que trascienda su supuesta labor natural: incluso escribir, incluso ahora. En nuestra asociación menos del cuarenta y cinco por ciento de los miembros son mujeres, y aún así la cifra arroja un buen porcentaje relativo. Aunque quizá no todo sea cuestión de cifras sino, como decíamos antes, de circunstancias, de coyunturas. Y también de paradojas: cuando no dejan de sonar voces pidiendo que se publique a más mujeres escritoras, las mujeres de más de cuarenta y cinco años corren ahora el peligro de ser silenciadas. En una edad en la que se tiene madurez y oficio adquirido, un bagaje personal y profesional y un equilibrio, si no un control, de todos esos factores que nos complican la vida, el sector editorial se apunta al carro de Hollywood y quiere autoras de menos de treinta años con presencia en redes sociales. Así la carrera de la promoción es más fácil y rápida, supongo. Autoras de selfis con boca de pato y ni una cana. Otra vez, ay, la paradoja. No vale pararse, ni resignarse, ni conformarse. Tenemos que seguir diciendo «Esto lo hice yo» en cualquier situación, entorno o circunstancia. Ante cualquier obstáculo.

© AMELIA PÉREZ DE VILLAR
Las escritoras y el Día Internacional de la Mujer, escrito por Redacción ACE 7 marzo, 2019
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martes, 5 de marzo de 2019

ROPA INTERIOR


Getafe en flor

entre las ramas
dos pájaros cantando
melancolía
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ME EXTIENDO COMO UN TAPIZ


Me agarraré de un hilo y subiré
a la combada altura de las nubes.
La realidad es clara.
Marchan soldados
hacia una blanca muerte de mañana
en primavera.
Las voces de los niños
son de madera en las callejas
bajo un sol que no calienta.
Hay madres que sacuden telas
en las profundas vetas del aire.
Brisa en las ramas altas,
sonidos recostados en aleros,
pasos. Se cierran ventanas.
La realidad es clara.
Me cuelgo de este hilo de esperanza
y prometo alejarme de lo oscuro,
de las junturas, de las grietas
y simas de la noche.
De escuchar el horror que late bajo.
Sequía y ligereza para mí
en una copa recién amanecida.
Me entretejo con la realidad y me expando como un tapiz.
Me tiendo en la luz vibrante del mediodía.

Estefanía González
(de Nayagua)
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EL RODABALLO
(Cuento de “El pescador y su muxer”)


Una mujer hacendosa sus labores atendía
cada día
abnegada y complaciente, (y exigente)
con la casa y el mercado.
Guardaba sus frustraciones
en rincones
ocultos del corazón
temiendo, siempre temiendo tener que pedir perdón.
La mujer, en sus labores ocupaba su atención;
la vecina de fisgón de cuanto pasa en la calle;
los niños en las escuelas
del valle;
y el marido, pescador.

Una mañana temprano,
en la mar
antes de salir el sol
un rodaballo nervioso,
correoso:
viejo, curtido, veloz,
en las redes se enredó.
Y no se pudo zafar del arte del pescador.
En la caja del arenque, debajo de un volador,
ocultaba sus escamas escudriñando avizor.
Ya en la lonja lo descubren las manos del pescador,
sorprendidas del tamaño, y lo guarda en su zurrón
pensando:
“con esta pieza, qué fiesta
nos vamos a dar los dos”.
Junto al hogar el hombre le descubre
a la mujer su hallazgo,
y enseguida preparan la cebolla y el ajo,
olla, sartén, aceite, perejil…,
mientras discuten
la forma de guisarlo.
Entre digos y dimes y diretes,
con la cola reseca
el pez dio un palmetazo
en el sobresaliente rabo
de un cazo.
Miraron sorprendidos al pez, al cazo, al rabo,
y se miraron
volviendo sus miradas a la boca labial del rodaballo.
—Por favor, que me muero, echadme al agua un rato.
Asustados quedaron mirando al pez, y al tiempo se miraron.
—¿Qué os pasa…?
¿Acaso nunca visteis hablar a un rodaballo?
¡Echadme al agua de una vez
que me desmayo!
El hombre abrió la boca y, sin nada que decir, dijo:
—Me callo.
Mas la mujer cerró bien la ventana;
trancó la puerta por si la vecina…;
se acercó al bicho y dijo:
—¡Repite lo que has dicho?
—Por caridad, señora, ¡Lo que quiera le doy
si al agua me devuelve!

El hombre, arrinconado en la esquina del lar
no daba crédito a lo que su mujer
al rodaballo acabó por arrancar.
Con el cazo regaba las escamas
matizadas de cera,
mientras iba cosiendo peticiones
como quien va bajando la escalera.
—¿Pulsera de diamantes? Está bien, la tendrás;
y anillos de rubíes y coral…—
Se perdieron las horas de comer.
El sol se fue, pero seguía
la letanía
del rodaballo envuelto en el sopor,
condescendiendo a los caprichos
de la mujer del pescador.
Apenas ya la voz se dibujaba
en los labios del pez
cuando supone el hombre
que le llegó la vez;
a un lado aparta a su temible esposa
y grita convencido:
“—¡Un barco!, ¡quiero un barco, pez amigo…!.”
Pero era tarde ya.
Un atracón de aire lo asfixió.

Y de ahí en adelante
la mujer del pescador
durante toda su vida,
siempre se lo reprochó.
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ROPA INTERIOR


Dejamos sobre las duchas de los hombres nuestros cuerpos
bien amarrados a la tubería solar.
Marcamos territorio como animales en celo
con las trusas saturadas de arena y el olor sideral que los aísla.
En los baños quedan restos del sexo que les hicimos ayer,
agua de flores y velas de vainilla derramada.
Lágrimas rotas en el encaje profano de la madrugada.
He perdido mis aretes disueltos en el jabón de una lujuria breve
y las cremas señor untan tus sábanas, como veneno de diosas argentadas.
Mira como arrebatamos la libertad de sus mentes.
Abrimos la culpa en el paraguas dilatado de la tarde.
Regresamos con sus hijos ocultándole el verdadero apellido de sus genes.
En ropa interior leemos nuestras páginas persiguiendo sólo su deseo,
cada línea de arroz es un gemido.
Puedo esconderme en mis sombreros, sin ser descubierta...
¿Adivinan?
Un sayo y un escudo que esquive los golpes del amor.
Hay algo más debajo del sombrero, te lo juro.
Armo el rompecabezas de las palabras sobre la cama,
un plano blanco para patinar desnudos, ropa interior negra, sin dolor,
y aunque lo diga todo, no llega transparente a tus sentidos.
No lo entiendes. Tendrías que aprender a desnudarme.
Dejamos la antropología de un asentamiento grave,
un asentamiento cercano a esta cultura débil, sexo fuerte,
inseguro, desterrado.
Leo las líneas que subraya el editor pero no fumo,
no alivio mi ansiedad... y ya no puedo olvidar lo que he vivido.
Tu baño aún conserva mis pociones, mis esencias, mi estela,
mi estampida,
guardo un tren, un alcatraz, una libélula
y la foto de espaldas que me hicieron dormida.
No soy encaje, ni concha ni malvada,
no es sólo lo que ves, porque me he ido.
Mis ideas son más que las espaldas profundas que ves en el museo.
Soy mi texto y lo que trato de ocultar en el peligro de la supervivencia,
ropa interior en frasco de otro baño. Otra humedad, mucho frío.
Los abrigos no existen, se regalan a otra mujer que fui en el ritual ajeno.
No hay nieve en el país y aunque rompa a llorar eternamente,
sólo en ropa interior logro salvarme.
Dejo mis textos en tu casa pero hay más,
más frívolo y profundo, más pagano. Escribo en los espejos y te encuentras
nadando en este olvido de artificio...
Tus ojos curioseando en la cartera,
buceando en el pasado como un niño. Sólo ves:
las fotos de la infancia con mi madre.

Wendy Guerra (Cuba, 1970)
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martes, 26 de febrero de 2019

EL POETA COMULGA CON LA ANTIPOESÍA


paso en la PR-11 de La Pedriza

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entre las piedras
penetramos el suelo
la ruta sigue

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EL POETA COMULGA CON LA ANTIPOESÍA (I)

No enarbolo la rosa ni el laurel ni la pompa de amados oropeles.
No procuro corona ni quiero merecerla.
Reconozco en los charcos mejor que en los espejos mi rostro (mejor que en
la memoria).
He saciado hasta el tuétano mi sed de lira y canto.
Me he fugado de torres de hermosa pedrería.
He plantado en la tierra mis pasos. Torpemente, voy palpando la dura ciudad
en las aceras.
Al viento voy rasgando todas mis vestiduras.
No adoraré a becerros de oro disecados.
En el barro del mundo he de hacer una pira donde el hombre comulgue
llevando al sacrificio su atillo de pecados y la fiera venganza de Gardel y del
tiempo.
Finalmente he podido encontrarme a mí mismo, como Lacan postula, en
todos los reflejos donde el destello es llanto y voluntad y hambre (y soy un
hombre cierto entre todos los hombres).
Vengo a acunar el cúmulo del dolor en mi verbo, a beberme hasta el último
sinsabor de la tierra, a vomitar el asco y luego a bendecirlo, redimido en un
sueño de equidad y esperanza.
Vengo a morir muy cerca de los hombres.
Ignoro dónde habita el oro de mis versos.

Carlos Vaquerizo
(De Versos del equilibrista, 2018)
(en Nayagua 29)
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LA MAR

bajo las olas
amante compulsiva
la mar abraza


Intransigente y fría, en el embate
contra la roca siempre te destrozas
en jirones de lágrimas y viento.
Acaricias la arena sin premura.
Te acercas, y te vas, y te regresas…
Ensayas reticentes geometrías
modelando fronteras caprichosas.
Mueves el pecio desde la marea.
Liberas desperdicios de naufragio,
(la boya extraviada de un pesquero,
hilachas y sedales…). Jugueteas
con esa vieja tabla de cayuco
en la espuma dejada. Por el cerro
dorado de la duna, la botella
del náufrago columpias. Y en la playa
borras fronteras, lames las heridas,
rozas el pie, subes de los tobillos
y rodeas la tibia piel morena,
-luego de haberlo amado hasta la muerte-,
del último despojo de inmigrante.
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BLUE

Estos días azules y este sol de la infancia. De autobuses que vuelven a casa del colegio. De sangre en la nariz y pómulos morados, no hables con tus padres, sabemos dónde vives. De lunes de meriendas tiradas por el patio, de martes de saliva y tinta en el estuche. De miércoles de wásaps, caritas sonrientes, amigo, no te escondas, te estamos vigilando. De jueves de mañana serán cuarenta euros. De viernes de pestillos que no cierran. Y así otra vez lunes, así otra vez martes, y así todos los días azules de la infancia. Bajando la cabeza en los pasillos, soñando la llegada de un ángel justiciero: bazucas que destrocen las pizarras, catanas que rebanen las cabezas, y bombas que explosionen autobuses. Y así poder entrar sin miedo a los lavabos. Beber sin que te mojen los cuadernos, hablar sin que se rían. Y te griten. Y te escupan. Y entonces llega un día en que no más, y viene el director a poner orden. Y llaman a tus padres, no es hora de lamentos. Tenemos que evitar que ocurra otra desgracia, pensar en lo mejor para su hijo. Lo idóneo es un lugar donde empezar de cero. Envainar la catana, desmontar la bazuca. Cortar el cable azul del explosivo. Una derrota pactada. Y así, esta mañana, cautivo y desarmado, te lleva el autobús camino del exilio. A un patio donde nadie repara en tu presencia. Sentado en la grada de la pista de atletismo, escribes esta rabia. Catanas y bazucas, explosiones, la guardas arrugada en el bolsillo. Esperando que pasen los días y los meses. Y el sol vuelva a brillar.

Pablo García Casado
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martes, 19 de febrero de 2019

EL MUNDO EN UN SEMÁFORO


playa de los muertos
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FORTUNA

Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Ida Vitale (Premio Cervantes 2018)
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DIME QUÉ QUIERES

Dime qué quieres, noche de tinieblas
en este mediodía. Esas lágrimas
tan duras de leer no las descifro.
Son como pergaminos regados de tristeza.
Sentada en ese tren de cercanías
que avanza por el lujo y la miseria,
tus ojos han perdido su meta cardinal:
el sueño de querer cambiar tu vida.

Miras en la distancia. Pensamientos
chocan con realidades.
Y, bajo el sol grosero que viste de alegría
tu entorno, te consuela
tan solo la vivencia de los besos lejanos;
de tiernos brazos que, del otro lado
del mundo, se columpian de tu cuello
mientras dicen mamita
qué Navidad vendrás para quedarte.
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EL MUNDO EN UN SEMÁFORO

El catedrático de geografía Txema Pamundi decidió un día largarse de su universidad vasca y aceptar una plaza de una universidad catalana. Txema Pamundi conocía todo el mundo y sabía que el paisaje no lo hacen las banderas sino las personas queridas. Alguien le quiso dar tranquilidad y seguridad, y se instaló en una pequeña casa del Maresme. Todo iba muy bien excepto el ritual de atasco que cada mañana había de satisfacer para llegar a la hora. Y una de esas partes del ritual era un prolongado semáforo en el que el profesor Pamundi debía detenerse. Y allí, cada día de cada día, se le acercaba el rumano Mijai Bisericanu, con paquetes de pañuelos de papel y una esponja para limpiar el parabrisas. Txema Pamundi no quería empezar el día con un conflicto. Se dejaba embadurnar el cristal y se quedaba un paquete de pañuelos a cambio de un euro. "¡Gracias, profesor!", le decía Mijai. Y el profesor decidió hacer de profesor y considerar a Mijai como el primer alumno del día.
Inicio de curso. A veces son dos los semáforos que Pamundi debe esperar para entrar en la ciudad. Mijai, ante la seguridad del euro diario, conoce su coche y su hora y le aborda a mucha distancia del cruce. A Txema Pamundi le gusta la intuición de Mijai. Ése es el trato. "Mijai. No quiero más jabón en el cristal ni más pañuelos de papel. Soy catedrático de Geografía. Te regalo este atlas. Cada día, a esta hora, te haré una pregunta de geografía universal. Si la aciertas, tendrás un euro. Si no la aciertas, te daré una pista y tendrás medio euro". Más vale empezar el día jugando. La vida del semáforo está llena de malas caras. Al menos el profesor tendría a alguien a quien enseñar y el alumno algo de lo que aprender. Trato hecho.
Así pasan los días. Llega el coche del profesor Pamundi y ahí corre Mijai Bisericanu. "Tu apellido rumano significa Iglesia Blanca. ¿Puedes decirme una ciudad del mundo donde haya un templo muy grande y también sea considerada una ciudad blanca?". El semáforo. Rojo, verde, amarillo. De nuevo rojo. "Déme alguna pista, profesor". Y el profesor Pamundi, con ganas de suavizar el trámite dice: "Humphrey Bogart y Greta Garbo". Ya está verde. El profesor arranca. "¡No, espere! ¡Casablanca, en Marruecos!" Frenazo y 50 céntimos. Hasta mañana. Y mañana más: "¿Cuál es la capital del estado norteamericano de California?" Y Mijai que dice San Francisco. "Pues no. Es Sacramento. Hoy no cobras, Mijai". Y el profesor se pierde en el tráfico. Pero los días siguientes le compensa con una pregunta fácil: el monte más alto de África o los estrechos de Turquía o por qué la línea del Ecuador se llama Ecuador. Y Mijai se siente contento y decide estudiar más y más. Y ya no es por el euro.
Nuevo curso en el mismo semáforo. "¿Cómo te va, Mijai?" Txema Pamundi está más triste que otras veces. Algo ha sucedido en ese verano extraño. Mijai intuye un desengaño o unas ganas de irse. Las mismas que él sintió en su ciudad de Cluj cuando decidió irse a Occidente. El profesor tiene en la mano un billete de cinco euros. La pregunta de hoy pesa más. "¿Dónde están las islas Pitipusi?". El billete se queda en el bolsillo de Pamundi. "Algún día me gustaría morir allí", musita el profesor antes del semáforo. Mijai se ha hecho mayor. Está harto de intentar limpiar cristales que no se dejan limpiar. Le dice al profesor que ya no le verá más en aquel cruce y que la vida es larga. "Será para ti, Mijai. Para mí es cada vez más corta". Un día, el antiguo limpiacristales se presenta a una agencia de viajes y dice todo lo que sabe y las muchas lenguas que habla. Le contratan. Consigue los papeles. Le hacen delegado. El dueño admira su conocimiento del mundo y le otorga más poderes y una participación en el negocio. Amplían sus actividades a hoteles y hasta una pequeña línea aérea que se llama Iglesia Blanca. Vuela, triunfa y cada vez que alguien se ofrece para limpiar los cristales de su Mercedes él se saca del bolsillo un par de euros. En unas vacaciones, Mijai descubre el paradero de las islas Pitipusi. Decide ir allí lentamente, con la misma mochila con la que llegó hace años a Barcelona. Busca, pregunta, camina por la playa y al final, junto a una luz de petróleo y una mano de plátanos, se encuentra con el anciano Txema Pamundi. "Siéntate, Mijai. Te estaba esperando. Ahora sí que todo el mundo es tuyo".

JOAN BARRIL
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