miércoles, 20 de agosto de 2008

Laura no está

No me dijiste, Laura, (mechas entreveradas
de rubio en el castaño de tu pelo)
que tu risa sonaba cual arroyo
de fuente cantarina con brillos de lucero.

Tampoco me dijiste que una perla
perdida de tu boca
—rosa, clavel, prometedora, loca—,
por la tersa lisura
de tu mejilla cándida y bermeja,
se te subió a la oreja.

Ni me hablaste del novio
de mirada de mar y de nostalgia,
—ese que te despierta con sonrojo
en cualquier madrugada
venido de algún sueño tembloroso
a posarse en tu almohada
y a mirarse en el verde de tus ojos—.

Olvidaste decirme, niña Laura,
muchacha alcalaína,
—por la cruel premura de la hora
que todos los secretos atesora—,
de los mayos y abriles que te adornan,
con cuántos cuenta tu figura alpina.

Dime, Laura, porqué: porqué será
que no me lo dijiste
—mira cómo me pongo mustio, triste—.
¡Anda!, y háblame ya de tu secreto,
de tus anhelos, de tus emociones.
De tu “Laura no está…”,
esa canción que cantan las canciones.

pbernal
De cartas...

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