miércoles, 4 de septiembre de 2019

Cosas de Iruelas



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pena sonríes
que pesa y atenaza
flor amanece

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Y SE MARCHARON TANTOS…


Y se rompió la luz en mil pedazos.
Y se quebró la voz en las gargantas.
Y todos los pintores de la muerte
sus acuarelas púrpura arrojaron
bajo el hermoso cielo de Madrid.
Los relojes del alba somnoliento
se tornaron silencio de repente,
y lloraron con ellos al unísono
todos los corazones de la Tierra.
Y tantos se marcharon, tantos, tantos...
que a veces yo también quisiera irme,
para no seguir viendo más la muerte
del ayer, del ahora y del mañana.
Porque siento vergüenza de ser hombre,
cuando el hombre utiliza su poder
en segar la cosecha de la vida.

Adela Corsino Carretero
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Cosas de Iruelas

1

EL CORZO HEMBRA

Las agujas del pino sobre las rocas suponen un peligro. Lo de los viajes es pasajero. Eso que es corriente no solo pasa por los cables. El sol ha salido, pero aún sube por la otra parte de Lanchaquebrada. Cruzo la puerta, que permanece abierta desde anoche, y la cierro con un golpe seco. Chirría. La calma es absoluta. La sombra del valle se rompe en las alturas del poniente, en la senda me cruzo con las vacas, con sus becerros, huele a hierba seca, segada por las reses, un pino cruza mi camino, me agacho y paso bajo él, cayó hace algún tiempo, y ahí sigue, condicionando el paso a la gente, a los animales. Subo la vieja senda por las piedras, y empieza a sobrarme la ropa. El sol ya llega hasta mis pasos. Los desvío hacia el pantano, que a lo lejos se ve como un cuerpo desnudo, con las piedras bordeándolo dolorosamente. Cambio de rumbo, y los dirijo hacia el interior, sin apartarme demasiado del agua. Camino hacia la playa libre, el cauce de la primera fuente está seco, marcado por piedras aleatorias, movidas por los jabalíes. Recuerdo la otra. Avisto el paisaje de la playa libre, lunar o marciano, con rocas emergiendo de la arena, del agua a lo lejos, como cetáceos varados o restos de naufragios. Son treinta metros en vertical lo que mide el nivel del pantano, desde el llenado óptimo. Y estamos en julio…
El agua está en calma, parece un espejo donde se reflejan los bordes costeros, y una cinta plateada en el centro marca el leve surco del río. Avanzo por la arena hacia la gallina. Busco la otra fuente. Aflora a unos veinticinco metros de profundidad, y lo descubro en la distancia por su titubeante, pero seguro reguero para unirse a las aguas del pantano. Nace desde unas rocas, y su entorno está chapoteado de barro y pezuñas. Suelto mi bagaje sobre la arena, y empiezo a acotar con piedras un semicírculo de forma que ciego el canalillo, poco a poco, consiguiendo embalsarlo. Me ha quedado un collar muy chulo. Arrojo sobre las piedras arena gruesa, que lava el agua, y apelmazo haciendo pared. Limpio el fondo de fango, lo deposito sobre los muros de mi obra, y queda un charquito turbio, sucio y enfangado, que necesita de su tiempo para decantarse. Lo contemplo en perspectiva, y sigo mi camino. Quizá mañana beba…
Hacia la izquierda está la roca con la leyenda “Playa Libre”. Más adelante, confluyendo con la desembocadura seca del Marjaliza, se eleva La Gallina, una roca que con el embalse a tope solo deja ver la cabeza… Un poco antes recuerdo que había una cueva: entramos por un tragaluz, y salimos por un lateral cubierto de vegetación. Es amplia, lugar de vivac de animales, y nos fue muy difícil de encontrar. La busco. La ubico, pero paso de acercarme, hay que escalar. Decido subir por la ladera, a donde me lleve, siguiendo los rastros de los bichos. Avanzo entre inmensas y redondeadas piedras, algunas inaccesibles, que forman a su vez cuevas y cubículos con recientes huellas de haber sido utilizadas. La vegetación oculta sus secretos, y las veredas ascienden en zigzag sobre rocas, entre jaras, retamas, pinos; y bajo traicioneras zarzas que prenden y atrapan la ropa. Arriba me espera una sorpresa: hay una minúscula pradera, de las muchas que salpican el monte, a la que las vacas no llegan. La hierba está alta, y unos pocos pinos la sombrean. Sus accesos están protegidos por espinos y zarzales, y cuando irrumpo de la nada un corzo hembra y su cría salen de estampida. Se detienen en el borde más alejado. Vuelven la cabeza, y me miran. Ella lanza su ladrido. Parece decirme: -qué susto me has dado… -Lo siento, -le respondo, inmóvil desde mi lugar, observando a la pareja, estáticos, reprimiendo sacar la cámara-; no era mi intención…
El corzo hembra emite un nuevo ladrido, que interpreto como enfado, y reemprende su carrera, perdiéndose con su cría entre la fronda. Yo me encojo de hombros, y seguimos trotando por el monte.

PB/2019
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