martes, 3 de marzo de 2020

El tesoro

...algo, o alguien, me señala un bulto...

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EL MUERTO

Aquél que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo querría poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría,
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquél vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

de José Hierro
(Alegría)
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CLASIFICADOS: ALQUILER FUERA DE MADRID

Pulmones amplios, repletos de suspiros.
Calefacción central,
armarios puteados, digo empotrados,
latidos intermitentes.
Comunidad incluida. Sin vecinos.
Fianza imprescindible: de aval, al menos, un riñón.
Precio negociable.
Para entrar a vivir.
Se alquila corazón
con vistas a la aorta.

Llámame, por favor.

de Raquel González
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DESNUDA

Sin adornos
me decías,
mientras arrancabas
los imperdibles
que sujetaban mi alma.

Abrías mi piel de escamas
afiladas
con la yema de tus dedos
húmedos.

Fuego.

de María Jesús Silva
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EL TOMATE PINTÓN

Para mediados de agosto que abundan
las verbenas
las noches estrelladas
la luna haciendo gestos amarillos
llegaron a la cita los senderos
allí en la romería
partimos el rubor
contamos su relato de sabores
tan viejos como sal
y fuimos de su aroma
que no se nos olvide aquel mendrugo
que hallamos en la cumbre
la ráfaga del verde a lo maduro
doncella es de todos los fragmentos
ofrece su color a quien lo muerde

Helena Rodríguez
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21

El tesoro

La Garganta de Iruelas entra en el pantano tumultuoso, se lamina en su superficie y deja una estela brillante. Mientras su costa derecha se halla limitada por farallones rocosos, por cuyas alturas discurre la Senda de los Sentidos suavizada en las proximidades de Las Cruceras hacia la presa, a la izquierda proliferan ensenadas y playas hasta salir a “lago abierto”. El pueblo antiguo, una pequeña aldea que da nombre al pantano, El Burguillo, con su puente románico, queda sumergido entre Las Cruceras y la Presa. En la ladera de la presa, a la izquierda, cerca de la Central Eléctrica, construyeron un poblado, ahora abandonado, que entonces llamaban “de los portugueses”, y ahora “Casas del Burguillo”. Las Cruceras fue un centro maderero y resinero hasta la sustitución de la resina por los derivados del petróleo.
      Enfrente de la confluencia de la Garganta emerge un cerro aislado ocupado por un edificio amurallado, bastión simulado cuyo uso se destina al alquiler para fiestas y celebraciones. La isla coincide con el desagüe del Arroyo de La Gaznata, al otro lado del pantano. Desde las alturas del Cerro de Las Víboras, el Cerro Agudo, los Chamorzos, a vista de pájaro, La Garganta de Iruelas y La Gaznata parecen las patas delanteras de un enorme lagarto.
      A la izquierda de la desembocadura de La Garganta, el agua bordea el Cerro de los Romeros, una península elevada poblaba de pinos y  matorrales que la hacen intransitable. En su costa se forman pequeñas y paradisíacas calas de difícil acceso: solo desde el propio pantano se ven y, mediante embarcaciones de juego y recreo, se accede a ellas. Por curiosidad y osadía intento llegar a ellas a través del monte, y me interno entre piornos, jaras y retamas bajo los pinos, rodeando roquedales y tupidas frondas. No hay huellas de animales. Las costas son abruptas, y los jabalíes, ciervos, corzos y demás habitantes del monte bajan a beber por zonas más propicias. Solo la intuición guía mis pasos. Sé que el pantano se adentra en el cerro formando un golfo cerca del camino viejo de La Rinconada que, próximo a la Gallina, se hunde bajo las aguas. Y que detrás de la breña inhóspita, por donde la Cuesta de las Rocas, hay praderas de pasto fresco y sombras agradables. Aparto retamas, bordeo piornos, evito jaras y voy ascendiendo hacia una piedra caballera que sobresale de las copas de los pinos. Llego a ella, y desde su atalaya contemplo el entorno de mi posición; decido la dirección para buscar el objetivo, y me sumerjo de nuevo en la maraña vegetal. Aunque las zarzas son escasas, a la ropa le está sentando mal. El azaroso camino, condicionado por la errática disposición de las plantas, obliga a rectificar continuamente. El sesgo de mis pasos es arbitrario. Rocas y pinos entorpecen el avance. Me desespera pensar que hasta la cala aún queda mucho por recorrer, cuando una brusca quebrada irrumpe farragosa, y me obliga a buscar otra ruta. Retrocedo hasta no sé donde. Cuando retomo la dirección, el extravío es apreciable: me cuesta centrarme. Avanzo, y analizo las alternativas. Igual he dado la vuelta, pienso. De vez en cuando me detengo y observo el entorno para decidir por donde sigo. Una falsa senda se me ofrece entre piornos, y avanzo por ella. Cada paso lo dirijo a una dirección diferente. Busco el sol para orientarme. En una de esas ramificaciones del piornal, algo o alguien me señala un bulto. ¿Un animal? ¿Una sombra? Dudo si soy yo o alguien quien guía mis pasos. Embozado entre las plantas, parece una bolsa de basura. Quizá traída por el viento. Me pregunto si merece la pena la demora. Me aproximo. La contemplo a dos pasos. Lo es. De las de cien litros. Está llena: no la ha traído el viento. Tiene formas, y aplasta alguna rama. Desconfío. ¿Y si la ignoro? No me decido. Sería irresponsable. Pero estoy solo… La curiosidad me come. Pero puede complicarme la existencia. La idea de que en ella cabe un cuerpo irrumpe brutal… No está desgarrada. No se aprecian manchas, humedades. Olfateo inconscientemente, pero no noto hedor... Sea lo que sea, ya no encuentro excusas. No puedo seguir sin ver qué contiene. Me aproximo con recelo. Me inclino y la arrastro hacia un claro entre piornos. Pesa. Me incorporo y la observo. Me lanzo. Retiro la embocadura de la bolsa y miro dentro. Hay una caja. Grande. De madera: parece caoba. Está barnizada, y tiene herrajes dorados. Al moverla queda ladeada. En la estrechez del monte no me resulta fácil voltearla. Lo consigo. No han sonado objetos sueltos. La tapa, taraceada, queda hacia arriba. Un cerrojillo la cierra. Es hermosa. Mis temores no ceden. Dentro puede haber cualquier cosa… Despejo un espacio para abrirla. Aprensivo, muevo el cerrojo. Levanto la tapa. Dentro hay libros, papeles. Un cuaderno reclama mi atención. Lo abro. Letras en él me saludan: “Hola, estás en El Barraco” y una fecha. En otra línea dice: “Coge algo, deja algo”. Debajo  fechas y firmas. No soy el primero. Fecho, firmo, saludo. Cierro el cuaderno. Ojeo libros, alguna página, el autor. Lo dejo. Es un tesoro. Cojo algún papel. Dejo senryus. La empujo a donde estaba, a cubierto, y sigo hacia la cala.
      Náufrago de la selva, dejo que el agua me abrace como vine al mundo. La caricia del sol calma mi piel raspada, tendido en la bahía. El cielo es un retazo de azul surcado por buitres negros. Evolucionan en círculos. Si me duermo, bajan… Repaso los papeles del tesoro. Uno está encabezado por “La Galatea”. Otro por “Casas del Burguillo”. En este habla de amor y arena, y hay otro que parece una hoja de Pruebas. Compongo mis harapos, sacudo la arena y me interno en la jungla buscando una salida que me devuelva al camping.

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martes, 25 de febrero de 2020

BRUJAS




 
Salón del Palacio de Linares
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tener trabajo
conlaqueestácayendo
ya es una suerte

de Gonzalo Escarpa
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LA MUERTE

Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,
con yugos en el alma, con golpes en el lomo.

El hambre paseaba sus vacas exprimidas,
sus mujeres resecas, sus devoradas ubres,
sus ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente a los comedores y los cuerpos salubres.

Los años de abundancia, la saciedad, la hartura
eran sólo de aquellos que se llamaban amos.
Para que venga el pan justo a la dentadura
del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.

Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente,
los que entienden la vida por un botín sangriento:
como los tiburones, voracidad y diente,
panteras deseosas de un mundo siempre hambriento.

Años del hambre han sido para el pobre sus años.
Sumaban para el otro su cantidad los panes.
Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños
de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes.

Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas,
cicatrices y heridas, señales y recuerdos
del hambre, contra tantas barrigas satisfechas:
cerdos con un origen peor que el de los cerdos.

Por haber engordado tan baja y brutalmente,
más abajo de donde los cerdos se solazan,
seréis atravesados por esta gran corriente
de espigas que llamean, de puños que amenazan.

No habéis querido oír con orejas abiertas
el llanto de millones de niños jornaleros.
Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas
a pedir con la boca de los mismos luceros.

En cada casa, un odio como una higuera fosca,
como un tremante toro con los cuernos tremantes,
rompe por los tejados, os cerca y os embosca,
y os destruye a cornadas, perros agonizantes.

de Miguel Hernández
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EL GENIO DE LA MULTITUD

Hay suficiente traición y odio, violencia,
necedad en el ser humano corriente
como para abastecer cualquier ejercito o cualquier jornada.

Y los mejores asesinos son aquellos
que predican en su contra.

Y los que mejor odian son aquellos
que predican el amor.

Y los que mejor luchan en la guerra
son -AL FINAL- aquellos que
predican
PAZ.

Aquellos que hablan de Dios
necesitan a Dios.

Aquellos que predican la paz
no tienen paz.

Aquellos que predican amor
no tienen amor.

Cuidado con los predicadores
cuidado con los que saben.

Cuidado con aquellos que están siempre
leyendo libros.

Cuidado con aquellos que detestan
la pobreza o están orgullosos de ella.

Cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio.

Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:
tienen miedo de lo que no conocen.

Cuidado con aquellos que buscan constantes
multitudes;
no son nada solos.

Cuidado con
el hombre corriente
con la mujer corriente.

Cuidado con su amor.
Su amor es corriente, busca
lo corriente.

Pero es un genio al odiar
es lo suficientemente genial
al odiar como para matarte, como para matar
a cualquiera.

Al no querer la soledad
al no entender la soledad
intentarán destruir
cualquier cosa
que difiera
de lo suyo.

Al no ser capaces
de crear arte
no entenderán
el arte.

Considerarán tu fracaso
como creadores
sólo como un fracaso
del mundo.

Al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es
incompleto
y entonces te
odiarán.

Y su odio será perfecto
como un diamante resplandeciente
como una navaja
como una montaña
como un tigre

como cicuta
su mejor
ARTE.

de Charles Bukowsky
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LA FOTO

Hicieron una foto al zapatero del pueblo, con el martillo en alto golpeando las suelas de los zapatos viejos.

Detrás una mujer hermosa, con vestido floreado.
Ella es alta y con porte de campesina libre, él pequeño y de negro, con abarcas de cuero.

En el pueblo decían que llegó de Sevilla,
a últimos del siglo diecinueve, que había llegado en burro
desde Andalucía, vaya usted a saber si todo eso es cierto.

Seguro que ese hombre nunca pudo ver el mar,
quizá dos ríos grandes.

El trabajo de pobre le fue engullendo el alma, y a fuerza de tener los ojos siempre bajos golpeando clavos, se fue haciendo pequeño.

Suerte que murió poco después de aquel retrato.
Así no vio correr por los tejados a los hombres sin cabeza.

de Lola Mendoza
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BRUJAS
(con cariño, a las mujeres)

Hay algo en ti escondido en no sé donde
que, unido a la tan célebre neurona,
esa de la que tú dices burlona
que a ningún hombre nunca le responde,

a mi alma incauta llena de ternura,
y a mis ideas gana tu palabra;
y, sin pensar que estás como una cabra,
me trae gloriosos ratos de dulzura.

No es cierto: es disparate, y es locura;
y aún me queda este poco de cordura
para hilar estos versos algo malos

que envuelvo en trozos de papel curtido
formando este soneto pervertido
para hacerte, despierto, mis regalos.

de Antonio García
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20

La leyenda

Salgo hacia Siempreverde. Atravieso el lecho del pantano y me interno en la Senda de los Sentidos. Agradezco la sombra. La ladera, poblada de alisos, abedules, pinos…, discurre hacia Las Cruceras serpeando entre enormes rocas, quebradas, arroyos, románticos puentecillos de madera que los salvan, y muchos matorrales. Es fácil sorprender ciervos en la fronda. El paseo es placentero con vistas a las aguas cuando las hay, y al fondo pedregoso en el estío. Un roquedal pelado enfrente del Picadero, a mitad de camino, ejerce de privilegiada atalaya sobre el pantano. Varias cuevas lo atraviesan.
      “Nunca fue capaz de enfrentar situaciones de liderazgo, ni en su mínima expresión. La leve perspectiva de ponerse ante alguien ajeno a su círculo más íntimo, o frente al público en cualquier circunstancia, le causaba una especie de bloqueo que le impedía relacionarse: confuso, le faltaban las palabras. Callaba esperando sin saber qué. Prefería quedar mal antes que farfullar, y procuraba minimizar su exposición ante los demás. Sus problemas de relación le frustraban, sufría sus fracasos de forma exagerada. Y cuando se mostraba osado, las consecuencias de sus reacciones le deprimían. Cuando se proponía vencer su apocamiento, la parálisis siempre le resultaba mortificante. Consideraba su inhibición ofensiva hacia su entorno, temía que lo interpretaran como desconsideración, prepotencia o menosprecio. Se volvió reservado, rehuyó la vida pública, buscó pasar inadvertido. Preocupado, indagaba en su mente la forma de cambiar, de entenderse, de conocerse, de aprender a ser otro.”
      No sé de quién habla, ni tengo claro si va a disipar mis dudas, pero aparto estos pensamientos no sea que los asuma y se encierre, como otras veces, en el mutismo. No obstante, imagino con intensidad su infancia, por si surtiera efecto y ahondara en ella. Parece que funciona. Sin perder el tono, al fin habla de esa época.
      “Ir a la escuela fue un golpe bajo. Había vivido en un barrio aislado, alejado del pueblo, un pueblo medieval muy pequeño. Acostumbraba a corretear por los campos, saltar entre vagones y jaulas, ver el paso de piaras de cerdos, rebaños de ovejas, vacadas hacia el embarcadero, carros tirados por mulos, trenes…, pasaba el tiempo asaltando huertas, subiendo a las higueras, trizando los trigales…, jugaba entre las vías y en la calle, y entraba en casa solo para comer y dormir. Encerrarle en un aula acristalada y luminosa del tiempo de la República con disciplina impartida por militares licenciados de la guerra, entre una jauría de niños vociferantes invadiendo su libertad, en lugar de abrirle horizontes le sumió en un estado de temor inexplicable. No entendía de horarios ni madrugones ni castigos: el entorno le era hostil. Se sentía solo, abandonado. La pérdida de su libertad fue catastrófica: como si lo hubieran arrojado del paraíso. Fue diana de burlas, de bromas incomprendidas, de agresiones, quizá semejantes a las que sufrían otros novatos; pero él las padecía de forma diferente.”
      Sigo sin tener claro de quién habla. Intuyo que se trata de sí mismo, pero sé que lo va a negar. Paso de puntillas por esos pensamientos, y me centro en otros aspectos. La paz que se respira en La Senda de los Sentidos es aparente para indagar en aspectos íntimos, para evocar compañía, para confidencias…
      “Somos una ilusión. Tú, yo, percibimos lo que queremos. Si me imaginas me ves. Si crees que estoy, me percibes. Oyes lo que quieres oír, ¿Y en el camping? No me dejas entrar...
      Caray, qué genio… Pero, ¿quién habla?, ¿de quién? Nunca utiliza la primera persona…
      “Es el tiempo. El instante. Lo que existe ahora solo existe ahora. Una promesa es una posibilidad. El final del camino es el fin: la puerta de salida de la antesala. La existencia es una puerta continua: la vida es el camino. Solo se eterniza un ahora lento, como una puesta de sol. O un hecho traumático en el que el instante no acaba de pasar. O el juego… Siempre somos lo que fuimos pero ya no somos. Hablamos de un pasado inventado. Imposible reconstruirlo. Siempre se reinterpreta: no contamos la verdad sino lo que interesa. Tal vez por la dificultad de asumirla. Pisamos hormigas sin remordimientos. Somos hormigas. Nos pisan. ¿Cómo explicarlo? Siempre hay algo más pequeño, algo más grande. Nos movemos entre granos de arena. Qué quieres que te responda. Respóndete tú…”
      No sé qué pensar. Sigue a su bola, como siempre, y tiene respuesta para todo. Quizá pretende transmitirme algo… por alguna razón ligado al monte. En Los Picos de Europa y Los Pirineos perduran leyendas que relacionan cimas con hechos mágicos de amores, traiciones, huidas, salvamentos... Creo haber oído en el Valle la historia del Espíritu de los Cerros: alguien que de niño padeció cierto tipo de autismo cuando aún la palabra se desconocía. Los chicos le insultaban y maltrataban por su forma de comportarse. Sufrió acoso. De mayor dedicó su vida a luchar por los débiles. No puedo imaginar los terribles esfuerzos que se impuso durante años para abrirse camino en la vida... El monte le proporcionaba la calma y la tranquilidad que no tenía entre la gente. Para el momento de partir, decidió que sus cenizas descansaran en uno de los cerros del Valle.
        Tengo la sensación de estar viviendo el nacimiento de una Leyenda…

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martes, 18 de febrero de 2020

LA CONTEMPLACIÓN VIVA





Ingravidez e invisibilidad
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LA CONTEMPLACIÓN VIVA

I

Estos ojos seguros,
ojos nunca traidores,
esta mirada provechosa que hace
pura la vida, aquí en febrero
con misteriosa cercanía. Pasa
esta mujer, y se me encara, y yo tengo el secreto,
no el placer, de su vida,
a través de la más
arriesgada y entera
aventura: la contemplación viva.
Y veo su mirada
que transfigura; y no sé, no sabe ella,
y la ignorancia es nuestro apetito.
Bien veo que es morena,
baja, floja de carnes,
pero ahora no da tiempo
a fijar el color, la dimensión,
ni siquiera la edad de la mirada,
mas sí la intensidad de este momento.
Y la fertilidad de lo que huye
y lo que me destruye:
este pasar, este mirar
en esta calle de Ávila con luz de mediodía
entre gris y cobriza,
hace crecer mi libertad, mi rebeldía,
mi gratitud.

II

Hay quien toca el mantel, mas no la mesa;
el vaso, mas no el agua.
Quien pisa muchas tierras,
nunca la suya.
Pero ante esta mirada que ha pasado
y que me ha herido bien con su limpia quietud,
con tanta sencillez emocionada
que me deja y me da
alegría y asombro,
y, sobre todo, realidad,
quedo vencido. Y veo, veo, y sé
lo que se espera, que es lo que se sueña.

Lástima de saber en estos ojos
tan pasajeros, en vez de en los labios,
porque los labios roban
y los ojos imploran.

Se fue.

Cuando todo se vaya, cuando yo me haya ido
quedará esta mirada
que pidió, y dio, sin tiempo.

de Claudio Rodríguez)
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LAMENTO DE LOS PATIOS

Hay una luz que habita en el secreto, una huella
tras los labios: la moneda que no di,
Ahora el cemento, un suelo
tan desnudo.
Los patios de la casa
donde no crecen los tilos
ni los cerezos, donde un niño no juega nunca
ni observa una hormiga con boca de asombro.

Los patios que perdí por esperar el columpio.

Ahora los contemplo desde una celosía,
pues el cuervo me recuerda que no queda nada

de este lugar.

de Ana Isabel Trigo Cáceres
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VI MI CUERPO EN LA CALLE

Vi mi cuerpo en la calle.
Un espectro sin rostro
guiado por cartas de despido,
cundas, comisarías y condenas.
Por luces de neón que confundían
caricias con magreos.
Que arrastraba filas de botellines
en la barra de un bar,
mientras se tiraba de un puente.

Me aparté de él, transportaba
bacterias y parásitos
de un hombre en hora punta
en la cola del metro.
La mirada ante un coche que no para
en un paso de cebra.
Los ojos encendidos
frente al escaparate de un mercedes,
mientras pide un mendigo.

Dejé atrás las pastillas, los somníferos,
e interminables horas frente al televisor.
Y volví a sonreír,
volví a abrazar a los amigos,
a escuchar la voz de mis padres,
a sentir el calor de los besos,
a solucionar mis asuntos estrechando la mano.

de José Antonio García
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19

La Puerta de Tannhauser

Pongo el pie fuera del camping. Una sinfonía brujulea en mi cabeza. Me muevo en la irrealidad. Vibra el aire como cuerda de guitarra. Tambores redoblan. La sinfonía en descenso se insinúa, se repite; pasan escalas de piano hacia ningún lugar, cruzan con el silbido de un cohete o de una bala, todo como en segundo plano, leve, lejano; insistente. Lucho por bajar a la realidad, por medir mis pasos, por identificar el paisaje antes de la salida del sol. Un abejorro obsesionado con mis cristales, eso es la musiquilla: por más que lo espanto con la mano, el bicho insiste, zumba en mi oído, se aleja, redobla el tambor, flota la sinfonía. Busco la cueva oculta en la bajada. Observo la roca sobresaliente de la cresta: el sol dora su cima. Cantos de tórtola suenan lejanos. La sinfonía sigue, dudo si no serán acúfenos...; me pregunto cuándo irrumpió en mi camino, y no lo recuerdo; presto atención a su cadencia, trato de identificar la composición; se me escapa, no logro captar imágenes, debe ser de algo vivido durante la noche, supongo; tal vez un sueño, en cuyo caso, nada que hacer. Paso la Depuradora. Subo hacia Las Abejas. Creo que es de un film, se me representa como un pasadizo a lo desconocido: las notas flotan en el espacio como  humo de cigarro, me llevan a otra dimensión, a otro mundo; a un lugar inexplorado. Siento su presencia de inmediato. De forma inconsciente, me vuelvo a uno y otro lado, buscándolo. Caigo en la cuenta. No podía ser otra la causa. Atenúa la música. No sé cómo lo hace, pero un susurro musita palabras a mi oído. Es mi Amigo Fiel:
    “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá del Hombro de Orión. He visto rayos –C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.
    Estoy impresionado. Se trata de la banda sonora de Blade Runner, de Vangelis. No sé cómo puede insinuar una obra musical de esa manera. Cada día me sorprende. Nunca reparé en su significado, y le provoco pensando que se trata de palabras vacías: no hay otro modo de conectar con él. Luego analizo el párrafo, y advierto que se trata de un texto poético: tiene todas las claves: magia, metáforas, engaño… incluso le insinúo que podría explicárselo. Él replica de inmediato con un silencio espectral, truco aprendido en las soledades del monte para evadirse. Luego dice:
  “La desaparición de una persona, además de la fractura sentimental, representa para toda la humanidad la pérdida de una forma de ver el mundo imposible de recuperar.”
    Esa cita, respondo, es del contemporáneo JM Muñoz Aguirre. Como no rompe el silencio, ahondo en su laberinto y desmenuzo a su altura las falsedades del texto de “Lágrimas en la lluvia”. Quiero fustigarle:
  "El androide no ha salido de la Tierra, Amigo Fiel, porque Orión solo existe visto desde la perspectiva del nuestro planeta: la constelación desaparece si es contemplada desde cualquier otro punto del espacio, en cuyo caso Orión deja de existir como algo tangible, identificable…
   “La Puerta de Tannhauser es una hermosa leyenda germana sobre el monte Harselberg, en donde se ubica la Morada de Venus. Quien encuentre la Puerta de entrada, pasará su existencia gozando de sus favores.”
   Creo que no le ha gustado. He sobrepasado la senda del Búho, las calas de la Madera, y estoy a punto de alcanzar la cima de Colmeneros. Y guarda silencio. Tal vez se siente ofendido, o se ha marchado… La música se fue con él. Contemplo el vuelo en círculos de los Buitres Negros esculpidos contra el azul del Valle. El sol está en su apogeo, y decido volver. Tiro por el Barranco, subo hasta el Prado de las Abejas, cruzo la carretera de La Rinconada y tomo el último tramo de la Senda de las Víboras, por la ladera del Cerro. A unos cien metros del camping, una bandada de palomas torcaces levanta pesadamente el vuelo. Desde la Senda domino gran parte del camping, y curioseo con la impunidad de mi posición privilegiada el movimiento de los campistas. El aparcamiento va ocupándose, aunque aun queda espacio para visitantes. No digo que fue un tropiezo, pero de improviso advierto su presencia. Su aliento junto a mi oído grita ¡alerta!, y, por un instante, miro alrededor deslocalizándome, porque su presencia me apabulla. Me pregunto si pretende hacer las paces, y cómo lo llevará a cabo. Hay días que uno no está para tonterías… Dejo que mis pasos avancen ociosos. Cruza lagartija Colaquebrada, y, más allá, veo a lo lejos un par de ciervas en retirada, trotando entre pinos y rocas después de ventearme.
   De una forma difusa, como la huida de la lagartija o la estampida de las ciervas, recrimina mi falta de sensibilidad, mi escasa paciencia para meditar sobre temas de fondo, y defiende que el Androide se va ufano de este mundo por haber conseguido el mayor logro jamás imaginado por un ser no humano: las tres Fortunas que definen al hombre:
    “El éxito en la guerra, expresado por el Hombro de Orión, el cazador celeste con el carcaj lleno de flechas.
    “La conquista del placer, al mencionar su proximidad a la  Puerta de Tannhauser…
    “Y la muerte”.
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martes, 11 de febrero de 2020

DESPERTAR EN EL PARAÍSO

  

Arte del agua

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se comunican
ojos y la pantalla
sobre la mesa
  
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DESPERTAR EN EL PARAÍSO...

Despertar en el paraíso
pero sin Adán
sola yo
reina
única dueña de mi ser
como debería ser
para soñar
y crearme
una imagen diferente
de mi serpiente.

de Margarita Azurdia 
(Guatemala, 1931-1998)
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ESCUCHA

Escucha
el ritmo de las hojas,
escucha la cadencia de sus pasos
y no te aflijas:
el eco continúa,
la lluvia se adormece, pero
escucha su agonía
                                 y rema.
Rema y siente la música en el viento.
La lluvia fluye hacia el olvido
y cruje, y salta, y vuela,
y cae en danza de muerte.

Escucha:
el otoño se desvanece.

de Mercedes Amodeo
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MÁSTER EN TERNURA

Camino debajo de un paraguas, rompiendo los charcos de la acera. Alzo la mirada y observo cómo un pájaro blanco cruza deprisa las nubes. Sale humo de las chimeneas, y los árboles de hoja perenne alivian el paisaje en contra del frío, en lucha con la nieve, a pesar de la oscuridad de quien los mira.
Aún no encendieron las farolas de la calle, y van arrastrándose las sombras…

En los días de Acuario dejaron un regalo al lado de mi puerta.

Me lo prestaban solo cuatro días, para que me enseñase a mirar desde dos lagos el otro lado de la luna, y a cómo dar marcha atrás a los relojes.

¿Por qué se carcajea si tropieza en la alfombra, o si se le cae la fruta, o una palabra…?

¿Cómo puede reírse así, con la boca abierta, sin pudor, y sentarse en el suelo de golpe, cuando las fuerzas se le agotan de tanta risa?

Toma magnitud de conquista épica, el colocar un pie delante de otro para avanzar hasta mis brazos.

En estos días de Acuario no he conseguido aprender ese lenguaje extraño, donde las letras van en tobogán, todas revueltas.

…Caen alfileres desde el cielo. Me protejo con libélulas de cera en un atrapasueños del que cuelga una hoja y un corazón de metal. Rodaron tan deprisa las horas…, y de pronto ya estoy en este lunes.

Pero tengo un nuevo Máster en ternura.

de Lola Mendoza
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LISBOA ANTIGUA

Miro girar los tranvías
sobre la curva amplia
de la calle
esmaltada de luz y ropa blanca.
Algo gira en el alma al mismo tiempo:
un puñal amarillo de tristeza.
Y sube a la garganta y a los ojos
esa lenta nostalgia de haber sido
y no volver a ser,
que no es la muerte
sino algo más o menos parecido.
Todo es tan claro ahora,
mientras gira el tranvía junto a los azulejos
y la vieja fachada del café,
como el reflejo
de ese heterónimo viejo
que ves y ya no ves.

de José María Jurado
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18

El ramo de flores

“El agua tiene manos de ebanista,” me sorprende mi Amigo Fiel: “La fuerza que arroja ramas y troncos desde lo alto del monte,” dice, “y los arrastra ladera abajo golpeando rocas, hasta lanzarlos al cauce de los arroyos, es el agua. En los arroyos los zarandea, los macera y los desbasta contra las rocas y cantos rodados, los desmembra y erosiona y desmenuza hasta lanzarlos descarnados al cristal del pantano. El pantano sigue la labor: los empuja a la orilla, los balancea al compás del oleaje, de la corriente, de las tormentas, hasta depositarlos en las pequeñas calas donde quedan varados por la merma del estío. El sol los deseca, los endurece y los expone sobre la arena. Las múltiples manipulaciones hídricas ofrecen una variedad increíble de obras cuya manufactura azarosa podría parecer intencionada, pero, en cualquier caso, son arte, modeladas por las manos del agua y del sol. Obras que alcanzan la excelencia cuando ojos sensibles quedan presos de ellas.”
      Tal vez por su insinuación dirijo mis pasos hacia el lejano borde del pantano, que ya casi no es: el dramático nivel hídrico lo hace pasar más por el Alberche que fue, que por pantano. No hay pájaros Encuentro cachivaches, plásticos, basura arrojada al lago, semienterrada en la arena o encastrada entre rocas emergentes, y, ciertamente, ramas y maderas lamidas, pulidas, casi mimadas por la erosión, sobre las dunas. Alguna posee cierto atractivo; otras son inclasificables. Indolente, paseo entristecido por el lúgubre paisaje, y me sorprendo dentro de lo que, supongo, es El Burguillo, surgido del estío: caserones dispersos identificados por muros aún no desmoronados del todo; montones de piedra de los que sí lo están, forman una unidad reconocible de lo que habría sido la pequeña aldea que engulló la presa: lindes tortuosas de caminos clavados en el limo; calles anegadas de lodo seco sobre piedras; paredes a medio demoler, cimientos de edificaciones, salas, cuadras; cascotes esparcidos por el tiempo… y el Puente: enfangado en limo reseco, su estructura resiste; el río pasa bajo él como en sus mejores tiempos. Me alejo del pueblo, el firme no es seguro. Tocones de aliso cortados a filo de hacha ribetean un camino. Distingo arenosos campos de labranza, corrales para los animales, muros de separación y otros vestigios de demarcaciones reconocibles; el paraje resulta extraño. Me aflige ese punto de desastre que adquiere la ruina. Tengo la sensación de estar profanando un lugar sagrado. El camino de tocones lleva a una parcela llana, un poco elevada con relación a la aldea, alejada de ella tal vez en prevención de crecidas. Un muro insinuado lo rodea. Su área rectangular resulta pequeña: con un poco de imaginación, y los indicios, recreo un escenario virtual, la relaciono con la aldea, y concluyo que bien podría tratarse del Cementerio. Me planto en el centro, y ubico calles, tumbas; el posible portón de entrada…; hay leves hondonadas, y en promontorios sitúo rastros de túmulos importantes. La idea es absurda, porque podría tratarse de un palacio, una casa solariega, una cuadra, una escuela… Fuera lo que fuese, emplazo las tumbas, e imagino la exhumación de restos ante la inminencia de la inundación; el lánguido colapso de las instalaciones; el fantasmagórico sueño de las piedras bajo el agua...  Con esa inquietante sensación de abandono, mi pie se traba en la arena. Doy un respingo. Hay un hoyo. Algo atrapa la bota. Pienso en  los tesoros que busco, me
Agacho, remuevo el suelo. Una curiosa piedra veteada de óxido, plana y regular, de algo más que un palmo, es la causa del tropiezo. No tengo manos, la cambio en el lugar por las manufacturas del agua que había ido adquiriendo. Limpio de polvo mi tesoro. Pequeñas láminas se desprenden. La golpeo con suavidad contra en canto de mi mano, y se me deshace entre los dedos. Un polvillo metálico cubre de estrellitas su salto hasta la duna. Deja al descubierto lo que aparenta ser un sobre rígido. Quizá de plata, o de otro metal similar. Deduzco que esa tricilla terrosa, esas lajas, eran también de naturaleza especial para protegerlo, y confirmo que cumplió su propósito. El sobre tiene manchas de óxido; considero que, después de más de cien años, es un milagro. Solo queda abrirlo, si se deja. Fuerzo la lámina de plata, o de lo que sea, y se descompone en una especie de tela de araña imposible de manipular. Queda suelto un pliego endurecido, diría que encerado, y dentro otro, doblado en cuatro. Intento desdoblar este último, y temo destruirlo: es quebradizo. Consigo extenderlo. Con sumo cuidado veo el texto de un manuscrito. La tinta, metálica, se ha adherido a las caras contiguas. Su letra minuciosa parece inteligible. Al final hay una firma. Dispuesto a leerlo, noto como si alguien respirara junto a mi oído; me aparto en un acto reflejo, y leo:
      “Hoy siento la necesidad de cambiar de aires, de alejarme de este lugar en donde he perdido la cuenta del tiempo que llevo, y no es por la gente, aquí nadie se preocupa de nadie, ni por el clima, que apenas varía, lo mismo me da el frío que el calor, la verdad que, dándome todo igual, no sé por qué planeo irme a otra parte, ni aquí ni allí tengo actividades u obligaciones que respetar, además este lugar es como cualquier otro, sé que no me voy a molestar en aclimatarme a cualquier ambiente, solo ese resquemor de no saber qué hacer, pero tampoco voy a enterarme de lo que haré a donde vaya, además de que ni he pensado cómo ir, ni qué encontraré, en un mar de dudas me veo, en él me ahogo cuando hago proyectos imposibles como se me figura este, ya nadie se acordará de mí, eso si vuelvo al lugar de donde vine, porque si voy a otro, ahí sí que me voy a ver en un extravío, que tampoco me preocupa, porque aquí tampoco me entero de nada, la verdad, no sé por qué me hago tantas preguntas si ya barruntaba que esto iba a ser así, no sé por qué me preocupo, me estoy repitiendo, al final me pasa, empiezo a darle vueltas a un asunto, y no llego a ninguna parte, como los paseos en la plaza, tengo que romper esta inercia, tomármelo en serio, aclarar lo que realmente quiero, y, una vez decidido, avanzar en esa dirección, si no, no voy a moverme de aquí, mira, qué bien huele, deben ser flores nuevas de la nueva, tengo que conocerla, vaya fiesta le organizaron ayer, cuánto me habría gustado estar, pero las fiestas son privadas, y estar es un privilegio imposible, ya he cambiado de tema, voy a centrarme en el aroma de las flores, creo que se me ha caído otro brazo, ya apenas me quedan huesos en su sitio…”
      Quedan varias líneas y una firma, pero el papel no aguanta: las grietas crecen, el papel se desmigaja, cae como talco y desaparece en la arena. No me sorprendo cuando, junto a mi oído, siento como… un sollozo.
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