martes, 4 de febrero de 2020

Asusta que la flor se pase pronto




Biblioteca Lorenzo Silva en Los Espartales (Getafe)
---

Asusta que la flor se pase pronto.
Asusta querer mucho y que te quieran.
Asusta ver a un niño cara de hombre,
asusta que la noche…
que se tiemble por nada,
que se ría por nada asusta mucho.
Asusta que la paz por los jardines
asome sus orejas de colores,
asusta porque es mayo y es buen tiempo,
asusta por si pasas sobre todo,
asusta lo completo, lo posible,
la demasiada luz, la cobardía,
la gente que se casa, la tormenta.
los aires que se forman y la lluvia.
Los ruidos que en la noche nadie hace
–la silla vacía siempre cruje–,
asusta la maldad y la alegría,
el dolor, la serpiente, el mar, el libro,
asusta ser feliz, asusta el fuego,
sobrecoge la paz, se teme algo,
asusta todo trigo, todo pobre,
lo mejor no sentarse en una silla.

de Gloria Fuertes. Poemas del suburbio

---

ERÓTICA VOCAL

Ata la trenza atrás, para que atrape
los cuerpos tercos. Deja que la nuca
trepe a través del ábside que truca
la luz que atravesada luz arrape.

Y descubre la turbia travesura
del tejido aracnoide que te cubre
las dos alas (la sed es una ubre
cuya leche recuerda: nada dura).

Sabe que gongorinos y quevedos
bajan a ver la vid que te acontece
sin más fe que la piel, y sin más credo:

que sudo por si súbito amanece,
la luna se ha posado en este dedo
y tu vientre Vishná no mata: mece.

de Gonzalo Escarpa
---

EL LIRIO DE TU BOCA

Vengo a esta ciudad para morir mansamente, igual que se desmaquilla la tarde tras los tejados. Vengo para limpiar los cráteres que en la memoria sembró el rosario de tu nombre.

Vengo a esta ciudad lluviosa como tu cuerpo para mi dolor. Tejer mi fiebre, mi suerte, mi furia, mi nada...
Amar tu sino fue la sombra constante.

Una estación de bruma, un billete de ida, una vía muerta, todo y nada me queda de tu amor.
Porque me dueles como el asfalto y los semáforos en ámbar, tanto como un pañuelo rojo, o un tren que se aleja.

Vengo a morirme.
Porque aún sangra el lirio de tu boca en mi boca.

de Ana Isabel Trigo Cáceres
---

17

El Barquero

Hoy he visto una víbora, bueno, nos hemos visto las caras. Tomaba el sol en la senda del pantano, cerca de Playa Ibiza. De tierra apisonada, su ensanche es antiguo: del tiempo de la construcción de la presa. Justo para un coche. Unos doscientos metros adelante, vislumbré uno de frente, entre curvas y árboles. Yo caminaba hacia él. Esa carretera es pura curva: como una cuerda en un bolsillo. Lo vi a lo lejos, y ya no lo vi. Tardaba, pero venía.
      Seguí andando preguntándome si no lo habría soñado, y lo encontré detenido ocupando toda la calzada. Era un todoterreno. Tuve que pasar pegado a él; por la ventanilla abierta, miré al conductor, y le saludé. Calculo que rondaría los 80; hablaba por el móvil.
      -Es que por aquí hay que pararse para hablar, -se disculpó.
      -Claro, con tanta curva, -le respondí-. Lo que no entiendo es por qué no llega esta carretera hasta Navaluenga. Hice el recorrido, y se pierde en un sendero angosto…
      - Porque se nos acabó el dinero.
      - ¿La hicieron ustedes?
      Al término de las obras del pantano, en 1913, cuando la presa cerró sus compuertas y el Alberche comenzó a embalsarse, además del cambio orográfico que nacía, originó una transformación en el Valle de repercusiones muy profundas que afectó esencialmente a la vida cotidiana de los habitantes dispersos por la cuenca afectada. No solo anegó la aldea de El Burguillo, cuyos vecinos seguramente engrosaron el poblado de Las Cruceras, sino también tierras de labor, apriscos, majadas, viviendas en la zona de influencia del río, propiedades, forma de vida... y las vías por las que se comunicaban. La mayor secuela que causó el embalse fue la desaparición de una red de caminos pecuarios y rurales que relacionaban la explotación ganadera y agrícola, y las casas de campo, con la salida de la producción, con la movilidad y gestión de las propiedades y negocios, con el núcleo municipal al que pertenecen, y con los del resto de la comarca…
      Esta carretera de tierra, decía el viejo, fue el camino habilitado para las obras de la presa; sin mantenimiento se convirtió en una senda llena de follaje que recorrían los campesinos a pie para sus desplazamientos. Recuerdo de niño el ir y venir a pie de mi padre, y de otros resineros, a Las Cruceras, para trabajar. Ni carros ni borricos: la vereda cambiaba con el tiempo. Los afectados reclamaron soluciones. La incomunicación entre las orillas del pantano distanció a los habitantes del lado derecho de El Barraco, cuyo acceso exigía un gran e incómodo rodeo por caminos de tierra para llegar al pueblo por la carreta de Ávila. La respuesta de las autoridades fueron promesas de construcción de un puente. Mientras se decidía la obra, la Confederación Hidrográfica del Tajo, organismo al que pertenece el embalse, instituyó la figura del Barquero, al que construyó una vivienda para él y su familia a un par de kilómetros de La Rinconada, aguas arriba. El cargo tuvo una relevancia importante, no solo porque comunicaba por el lago a los vecinos de Las Cruceras, de La Rinconada y de las Casas situadas en la cola del pantano, a uno y otro lado, sino por la impronta que dejó en la memoria de los aldeanos: su mención hace aflorar recuerdos de un hombre de leyenda entre los viejos del lugar. El Barquero debió desarrollar su ocupación durante varios años, hasta que construyeron el puente prometido, en el Venero Claro, una zona favorable del río, más allá de la cola del pantano, a cuatro km. de Navaluenga. Hoy es obsoleto y estrecho, carece de comunicación con la zona aislada donde se concentran las casas de campo habitadas, y sus negocios agrícolas y ganaderos. La presa, además de regular el cauce y acumular agua, alimenta una central eléctrica, de cuya industria esas casas aisladas reclamaron conexión de electricidad, y les prometieron que, como los cables pasan cerca, no habría inconveniente en facilitarles gratis enganche y consumo; promesa olvidada. Cuando denunciaron el incumplimiento, la compañía eléctrica les exigió que pusieran de su bolsillo el coste del punto de conexión, los transformadores… A fuerza de reclamar, tanto por el puente como por la luz, les indemnizaron con cantidades que apenas cubrieron las obras de la ampliación de la carretera de tierra por la que acceden a sus viviendas y negocios, y optaron por adquirir generadores para surtirse de electricidad.
      De muchas otras cuestiones habló el viejo conductor, pero se le hacía tarde: debía dar un rodeo de más de 20 kilómetros por un enjambre de cuestas, baches y curvas sin visibilidad, para llegar a El Barraco, en donde tenía que hacer ciertos trámites.
      -Yo estoy un poco más allá de la Casa del Barquero.
      -Hacia allá me dirijo.
      -Pues cuando quiera, venga a verme.
      Y seguí mi camino. Me alegraba haber acertado forzando a la víbora a salirse de la carretera. Estuve observándola, y cuando me detectó, se enroscó sobre sí misma, sacó la cabeza por el centro del círculo que había formado, y me hizo frente. Tuve que empujarla con el palo hasta el borde, y animarla a que huyera.
    A un km., en el desvío hacia la casa del Barquero, me distrajo la Pradera de los Asnos, y empecé a rumiar si lo del vecino y la víbora no eran sino una elucubración más de mi Amigo Fiel. 
---





No hay comentarios: