martes, 15 de enero de 2019

LA CRÍTICA SOBRE LA CRÍTICA


Pintura de Damián Retamar
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EL DISCURSO DEL MÉTODO

Las palabras sencillas
calle silencio anillo pan ternura

las acciones sencillas

besar tocar las manos que nos tocan
ponerse serio cuando algunos gritan
conjugar algún verbo fingidamente dulce

por ejemplo bañarse
yo me baño
ella se bañará
vosotros nos bañaréis

los actos de crueldad

voy a cerrarte el libro
me has gastado el amor
vendrán para reírse de nosotros

y los actos de suma inteligencia

ellos tienen la culpa
nunca has llegado a tiempo
desde esta casa no vemos el mar

las palabras
lo explican bien repito

las palabras sencillas
se creerá el idiota ya no duele
empecemos de nuevo las palabras
ayer sencillas próxima estación
me dijo algunas hojas se han caído
tú ternura silencio pan ahora

Jesús Urceloy
enero de 2018
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A VECES


Yo sé que ya no estás, pero lo ignoro.

Te busco en los confines del recuerdo
y hablamos. Tú te ríes. Yo te hablo de la vida,
historias que me vienen sucediendo.

A veces me contestas. O me miras
desafiándome con tu silencio
colgada la sonrisa
en la confusa sombra del invierno.

No es justo que te fueras.
A veces compartimos un secreto.
A veces te presumo confiado
y busco cada guiño de tu sueño,
y te tomo la mano,
y te acaricio el pelo,
guedejas cenicientas
en tu rostro rendido contra el viento.
Y te miro, sobre los adoquines,
desmesurados tus ojillos negros,
tomado por sorpresa
en un abril idílico y eterno,
en la vieja estación, en la avenida,
detrás de los muchachos, corriendo,
tus pasos temblorosos,
juguetones, inquietos…

Un horizonte, al fondo,
preñado de promesas y misterios,
ansiaba conquistarte
enamorado de tus sueños.

Y yo todo lo mido paso a paso,
en el final del día, hundido en el silencio
donde se agolpan como nubarrones
tus minutos postreros.

Yo sé que ya no estás, pero lo ignoro.
No quiero sucumbir al desconsuelo.
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LA CRÍTICA SOBRE LA CRÍTICA

Todo empezó tachando Misery, todo empezó tachando Misery.
Yo quería una historia de amor. Del terror puede salir una historia de amor. Así que destrocé Misery.
Ese debió de ser el día en el que acabé con la poesía.
Después un diario, después azúcar al diario. El diario es muy dulce, el diario es mentira. Azufre al diario. Y llegó internet y nos dijo: compartid. Y muchos lo hicimos. Primero llegaron los foros, todos teníamos el nombre que no querían ver nuestros padres. Pronto llegaron los blogs y ya no estábamos tan solos. Eran otros tiempos, eran otros tiempos. Alternábamos las tapas negras, las antologías, los libros añejos de padre, todo; queríamos saberlo todo y queríamos leernos todo. Y también a todos.
Muchos blogs. No estábamos solos. ¡Bendita emoción! ¡Fulanita ha vuelto a escribir!, y te ponías cómoda. No era para menos, querías disfrutar la nueva entrada de Fulanita. Si de paso Menganito tenía dos nuevas, podía ser la gran noche. Qué conexión, qué empatía. Qué daño decir: qué recuerdos.
Y ENTONCES LLEGÓ TWITTER
Tarde o temprano todos caímos en él. ¡Anda, pero si tú eres Fulanita! ¡Y está aquí Menganito! Joder, qué alegría. Aquí no me pierdo una entrada. Estoy conociendo a gente con la que he pasado ratos estupendos más de una noche. Estoy conociendo a MÁS. Cuántos blogs, cuántos espacios. Esto mola, yo me quedo.
Y ENTONCES LLEGARON LAS CIFRAS
Ah, esta red social tiene un contador. ¿Hay que hincharlo? ¿Qué mide exactamente? Nada, no mide nada. Oye, pero en el internet dicen que si tienes muchos seguidores eres… Nadie, no eres nadie. Publiqué mi primer libro con 900, el número cambió. Duermo con el mismo pijama, mi depresión crónica es cierto que fue a peor, la ansiedad también, la agorafobia también. Si tienes muchos seguidores eres… UNA PRESA FÁCIL. Y si te crees otra cosa tienes que ir a recoger un pin donde hay un calificativo negativo allí donde se reúnen los que ya lo llevan puesto.
Y ENTONCES LLEGARON LAS GRANDES EDITORIALES (y las no tan grandes con caras muy)
Y dijeron: captar a todo ser dispuesto a querer ver su nombre impreso en un papel, siempre y cuando su cuantía de seguidores sea significativa. Captar a toda cara conocida: Que recicle y si no… Siempre puede escribir otro el libro.
También está la de: captar a cualquiera, total; aquí no va a cobrar nadie. No buscamos letras, buscamos cifras.
Un buen decorado, extenso jardín que no huela; pero no todos habíamos perdido el olfato.
Ni la memoria.
Y ENTONCES LLEGÓ LA CRÍTICA
Y al principio vimos a grandes profesionales opinar duramente y por separado.
Los que sabíamos nuestro papel nos lo leímos una vez más porque recordar es darse cuerda. Los que no: se lo aprendieron. Los que menos: son lo de menos. Y al final vimos a grandes expertos en otros, ceñidos a argumentos escasos y hastiados. Tan vistos ya en tantos sitios. Cansados de alegatos a su favor, llenar un saco de piedras.
La crítica ya no era del crítico, era del ofendido.
El ofendido mostraba un plumaje desgastado de ser expuesto y no contemplado. Y del mismo saco lanzaba una piedra. Y así otra y otra.
Hace escasos días me escribió mi amiga Paquita que, obviamente, no se llama así. La conversación no fue muy extensa, sólo tenía una pregunta.
Desconcertada por varias publicaciones me preguntaba: tengo 27 años, ¿soy una adolescente consumiendo cursilería barata? Irene, no entiendo nada.
Paquita, no tienes que entender nada cuando el mensajero y el receptor del artículo son el mismo individuo.
Una oda contra la decepción propia defendida bajo la bandera del ‘yo sé más que tú’ puede pretender ofender, pero su finalidad a fin de cuentas es rescatar lo resquebrajado de quien firma el mismo. No tienes que entender nada. Lee lo que te apetezca, Paquita.
La pobre ignorante, adolescente a los 27, borreguito del consumismo, aquella iletrada que apoya los codos diez horas al día en una mesa para dirigir una institución penitenciaria de mujeres es cebo más en esta pesca de ofensa gratuita a lectores y autores.
‘Porque yo he leído’ y ‘Porque yo he escrito’ y ‘Porque yo sé’ y ‘Porque tú no’ y ‘Porque yo más’ y ‘borriquito como tú, no te sabes ni la u‘ de la vida. No tienes nada que contarnos de la tuya. No puedes aportarnos nada que no tengamos al alcance. ‘Todo está en los libros‘ que no has escrito. Los usarás como escudo contra el fracaso y proclamarás IGNORANTE TODO AQUEL QUE, qué. ¿Qué nos puedes ofrecer?
Estamos heridos y no somos nuestros padres. Quisimos cambiar las cosas y las cosas nos cambiaron a nosotros y no cesamos en invertir el orden. Nos apuñalaron y no somos nuestros abuelos. Nosotros vimos al asesino colgar el cadáver en Instagram. Nosotros derribamos muros de Facebook donde el dolor se extendía. Cuando llegaron las bombas, no las oímos; recibimos una notificación. No pasamos hambre, nos lo quitaron.
Autores y pequeñas editoriales se fijarían como objetivo de la crítica. Nos metemos con los débiles, pensarán ingenuos. Una vez más – citando a Víctor González – desde su humilde verdad absoluta.
No queremos cerrarnos puertas (que tanto esfuerzo y lametón al pastor nos costó) musitarán de forma elíptica.

A día de hoy, veo mi cara extendida por internet como cabeza de un cuerpo que desprecia al adolescente y lo define cabeza hueca, adolescente que no piensa, adolescente basura. Desprecia al adolescente que lee. Montañas de adolescentes (y no tan adolescentes) denigrados sin justificación más allá que la cura frívola de una herida enlodada.
Mi cara extendida por internet como cabeza de un cuerpo que desprecia a quienes aceptaron el caramelo de editoriales nefastas que se libran de la piedra que golpea la sien de la niña de diecisiete años que quiso ayudar a la de quince escribiendo un cuaderno. Maldita sea, ¡lo vendió! Arrojada a la hoguera sea, ¡ayudó a aquella otra niña!
Mi cara extendida por internet como cabeza de un cuerpo que desprecia a editoriales que apuestan sus 24 horas, su labor y su vida a mantener un catálogo puro desde el amor y no la cifra en el mismo saco donde editoriales redactan antes un contrato que un correo sincero donde no cabe la mentira o un todo empieza por la palabra, el trabajo conjunto, aquella tontería de… ¿leerse la obra que se va a publicar? Eran otros tiempos…
Hoy nos levantan en masa como a un edificio donde sus vecinos nunca se han saludado, desde los cimientos de la más absoluta ignorancia de aquel que cree saberlo todo.
A día de hoy veo mi cara extendida por internet como cabeza de un cuerpo donde se desprecia por igual a una selección de autores agrupados cuyas obras nada parecido narran. Cuyas trayectorias nada parecido dicen. Cuya historia nada mismo tiene que ver. Y tenemos que verlo.
La desinformación manda, la crítica aburrida de ser constructiva es ridícula.
Hemos perdido a una hermana y se aplaude su desaparición para que nadie nos escuche gritar: ahora eres más necesaria que nunca.
A día de hoy veo mi cara extendida por internet como cabeza de un cuerpo de onanismo lacrimógeno, un ego ya demasiado roído como para recuperarlo y pienso: nunca tuvimos tanta importancia.
Algunos ni siquiera la quisimos, devolvednos la crítica.

Irene X es escritora. Ha publicado los libros ‘El sexo de la risa’, ‘Grecia’, ‘No me llores’ y ‘Fe ciega’. Puedes conocerla en https://twitter.com/ireneequis
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martes, 8 de enero de 2019

La parábola del sembrador


La parábola del sembrador“, de Jacopo Bassano, 1560.
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RICHARD TRAJO SU FLAUTA

sin el menor ruido
con las venas del cognac y el danzón de Romeu
se apoderaba abuelo Egües de un sillón patidifuso y tieso
(ya no queda ningún músico de mi generación en Placetas
sobre todo la banda
una retreta mala como cara)
estamos todos juntos pero no llega el esperado
llueve mucho fuera de la casa

cada noche reaparecen
los relatos de Juan Gualberto en la nación antigua
como el aliento de los árboles

mientras revolvíamos los discos

(la batería es lo que lleva el suin)
truena y llueve
y llueve para ahogarnos a todos con nuestros respectivos
catorce o quince años

ahí la muerte y luego ¿dónde estaremos todos?
miramos por la ventana frente a la estrecha calle
de la iglesia de San Nicolás
(nunca nos gustaron los curas)
es la hora de comida y picamos el pan
y tomamos cerveza

de Nancy Morejón
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1 ELEGÍA
(a Emilio)

Encuadrados entre la hiedra y la sombra,
inclinas levemente la cabeza sobre ella, sentada,
que ríe como tú, y miráis al frente,
al objetivo, (quietos, un poco a la izquierda,
ahora, ya está).

Tu mirada, luminosa y limpia, resplandece
como el sol de primavera,
de esa primavera del 52, que te vio nacer, y
marcó para siempre el optimismo en tu semblante,
la gracia para desbaratar minucias en tu persona entera,
rompiendo, siempre adelante, retos de empatía
en los momentos íntimos de familia,
en los de esparcimiento con los amigos,
en tu dedicación rendida en el trabajo.

Cierto día me dijiste: - siempre hay que estar
dispuesto a dar más de lo que esperan de uno,
y yo me apropié la frase: la utilicé en una publicación.
No te fui infiel, la firmé como me confesaste que firmabas
tus trabajos técnicos: EBA.
Las frases lapidarias se construyen para la reflexión.
Y esas palabras, que bien pudieran acompañar tu soledad
como epitafio hermoso,
se me antojan divisa prendida en tu pecho
alumbrando cada faceta de tu existencia.

Te volcaste en la vida.
Consciente de la fragilidad del destino,
procuraste asegurar el futuro de los tuyos;
evitaste el sufrimiento de tus seres queridos,
consolaste cuando ya era imposible ocultar el desconsuelo.

Tu casa fue siempre,
también durante esos fatídicos meses,
un cálido lugar de encuentro de familia, de amigos,
de compañeros de trabajo.
A todos les abriste la puerta con tu sonrisa franca,
esa sonrisa que se te congeló un lunes de enero,
cuando la nada reclamó tu compañía,
celosa de los amores que te arropaban,
reclamando egoísta el tributo de tu encanto,
exigiendo el éxito de tu carisma sólo para ella.
Tal vez fuera necesario. Tal vez quiso eternizarte joven;
evitarte la miseria del envejecimiento,
la humillación de la decrepitud.
Tal vez deseaba extender,
como en vasos comunicantes,
el aura mágico que desparramabas en la familia,
entre los amigos, en el compañerismo de tu trabajo,
y así mostrar la amplitud de tus horizontes,
el inmenso campo laborado, a cuantos te conocíamos
en privado, en nuestro corralito particular.
Lo ha conseguido. Te ha inmortalizado
joven, amable, respetuoso, alegre, bueno...,
y ha ensanchado, hasta el infinito, hasta las estrellas,
nuestro conocimiento de los tesoros que guardabas en tu alma.

Sé que no necesitas de retóricas, para tu larga andadura
por la evocación y el recuerdo; pero entiende tú
nuestra necesidad de proclamar al viento
la intensidad de los sentimientos compartidos,
de forma no premeditada, por tantas personas
a cuyo entorno te acercaste
derrochando simpatía, comprensión, optimismo, entusiasmo.

Ese caudal precioso es lo que nos queda de ti,
y lo percibimos cuando nos miras desde la foto,
ya amenazado por esa sombra inquietante.
Siempre estarás en nuestro corazón,
por encima de otras consideraciones,
como el amigo más entrañable que tuvimos.
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LA LEY DE LEM O EL FRACASO DE LA LECTURA

En su ensayo Provocación (1982), Stanislaw Lem promulgó una provocadora Ley de Lem que consta de tres breves enunciados: “Nadie lee nada; los pocos que leen, no comprenden nada; a los pocos que entienden, se les olvida enseguida”. La cita está precedida por una observación acerca del temor de los editores a publicar libros debido a la habitual falta de tiempo, la oferta excesiva y la publicidad “demasiado perfecta”. Ni el carácter genérico de la ley, ni la exageración, y menos aún la ironía, logran desvirtuar el sentido de esas tres frases taxativas, escritas como en espiral, y que, a pesar de ir de menos a más -de ningún lector a los lectores más despiertos-, concluyen en la nada de la que partieron.
Hace casi tres siglos Georg C. Lichtenberg observó algo parecido, aunque con matices. Decía el sabio de Gotinga que los libros eran una de las mercancías más extrañas que había en el mundo porque, siendo impresos por gente que no los entiende, los vende gente que no los entiende, son encuadernados, criticados y leídos por gente que no los entiende; y, lo que es peor, escritos por gente que no los entiende.
Lichtenberg dedicó a los lectores algunas reflexiones jugosas. En la mayoría de ellas también plantea dudas acerca de la calidad de la lectura, sobre todo en los asiduos de los libros, por no hablar de los profesionales, los eruditos, a los que dedicó algunas pullas. Comentando el efecto de un buen libro, aseveró que hizo “más ingenuos a los ingenuos, más inteligentes a los inteligentes, y el resto, varios millares, permanecieron inmutables”. En esto último coincide con Lem. La mayoría ni se inmuta. Leen un libro porque está de moda y “hay que leerlo”, y tras la lectura se quedan igual que estaban. Puede que reincidan en otros libros -la lectura anodina es también reincidente- y que los lean de la misma manera. Al no cambiar la forma de leer, la experiencia lectora tampoco contribuye a mejorar la calidad de su lectura.
El comentario de Lichtenberg se fundamenta en el exceso de oferta libresca (y de autores), un fenómeno con varios siglos de antigüedad en los países occidentales y con el que nadie sabe qué hacer, excepto dar fe de su existencia. Ya en la primera mitad del siglo XVII Jonathan Swift se preguntaba cómo se las arreglaría en el futuro cualquier persona para cultivarse si los libros continuaban creciendo al ritmo que lo habían hecho en los últimos cincuenta años. ¿Cómo abrirse paso en la selva libresca? En Estados Unidos se publican alrededor de 180.000 libros al año. En la década de los treinta del siglo XX la cifra rondaba los 25.000, algo que ya entonces se consideraba una barbaridad.
Hubo una época en la que el respetado estamento de críticos alumbraba el camino con sus juicios, no siempre atinados, por supuesto: nadie es perfecto y menos aún los críticos literarios y sus recomendaciones. Pero los mandarines de la crítica también se han visto devorados por la inflación de libros, siendo reemplazados por la tropa de reseñadores dispersos por los medios tradicionales y digitales, que, seguramente con la mejor intención en la mayoría de los casos, se limitan a exponer su opinión acerca de los libros que caen en sus manos.
Antiguamente un libro se publicaba con la pretensión de que durase un tiempo determinado e incluso de que resucitara muchos años después de la muerte del autor (los cien años de Stendhal o los cincuenta de Proust). A finales de los años veinte del siglo pasado, el escritor y crítico británico Cyril Connolly advertía que era raro que un libro, sobre todo si se trataba de una obra de imaginación, durase una década y que lo primero que se desmoronaba era la calidad intrínseca que había contribuido a su éxito, por lo que aconsejaba a los autores perseguir una calidad que mejorase con el tiempo.
Casi un siglo después, simplemente se espera que al nacer un libro no muera de inanición. Y los que sobreviven lo hacen bajo la etiqueta de libro del año o del mes. A este paso pronto lo serán del día. La lucha por la supervivencia en la selva editorial discurre paralela a la lucha por captar lectores cada vez más entretenidos con los variados formatos de pantallas, versión sofisticada de las sombras móviles de la caverna platónica.
La Ley de Lem es dura y tajante, como lo fue la apelación del joven Franz Kafka a aquel amigo al que en una carta le dijo que uno no leía un libro para ser feliz sino para que le despierte “como un puñetazo en la cara”, para que le golpee “como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos”, y “rompa el mar helado dentro de nosotros”. Sólo quien pensaba de esta manera pudo escribir lo que escribió apenas diez años después.
Cada uno de los tres enunciados de la Ley de Lem puede transformarse en una pregunta sólo con anteponer un “por qué”: ¿Por qué nadie lee nada? ¿Por qué los pocos que leen no comprenden nada? ¿Por qué los pocos que entienden, se les olvida enseguida? Y que cada cual responda según su criterio.
A la afirmación de que nadie lee nada, los expertos en estadística libresca objetarán inmediatamente que nunca se ha leído tanto como en estos tiempos y que jamás se han vendido tantos libros, aunque los verbos leer y vender sólo coincidan en las dos últimas letras. Es probable que con su afirmación, Lem quisiera decir que no leen nada en el sentido de que leen libros inanes, sin sustancia alguna. Libros de usar y tirar, de leer y olvidar.
En cuanto a los pocos que leen y no comprenden nada (otra vez esa “nada” incordiando), parece referirse al lector que lee a bulto, dando palos de ciego sobre las páginas del libro y sin apartarse apenas de sus ideas preconcebidas, ni prestar la suficiente atención a las palabras, todo lo contrario del empeño que puso el autor al escribirlo. Cuanto leen les entra por un ojo y les sale por otro. Son como esos que fingen escuchar, sin interés alguno, como si no tuviesen a nadie delante.
A los libros que leen les sucederán pronto otros que no dejarán rastro alguno en ellos. Ni en su memoria ni su espíritu. De todas sus lecturas no sobrevivirá nada, ni siquiera el recuerdo del momento en que leyeron un libro determinado y que en todo caso se confundirá con otros momentos, como les ocurre a esos turistas que en pocos días visitan muchos lugares y de vuelta a casa, al recordar el viaje, los confunden unos con otros.
Cuando esta forma de leer se convierte en un hábito -el llamado hábito lector-, con cada libro que lee se repite el mismo y monótono ciclo: leer para evadirse de la realidad, concentrándose en la lectura, y cuando ésta concluye, olvidar lo leído y enfrascarse en otro libro nuevo. Y así sucesivamente. La biblioteca de este prototipo de lector no es más que un largo etcétera. El devoralibros no es siempre el mejor de los lectores. Más bien al contrario, suele ser el peor. Tampoco el glotón suele ser el mejor degustador de platos. Aquí también es aplicable la máxima del hábito y el monje.
Cesare Pavese desconfiaba de los que creen que leer es fácil sólo porque mantienen un trato frecuente con los libros. En cambio, le daban más confianza aquellos otros que, tratando más con hombres y cosas que con libros, de vuelta a casa después del trabajo, cuando tienen la ocasión de embarcarse en una lectura, tienen conciencia de hallarse ante “algo ingrato y raro, algo evanescente y al mismo tiempo duro, que lo agrede y lo desalienta”.
Por lo que respecta al tercer enunciado de la Ley de Lem, el que se refiere al lector que entiende pero olvida enseguida lo leído, se trata sin duda del más duro de los tres, así sea porque damos por sentado que, de todos los medios de expresión de que hacemos uso, se confía en que la escritura sea el menos susceptible de ser olvidado. Precisamente el origen de ésta se fundamenta en las posibilidades para perdurar en la memoria, frente a la volatilidad de la palabra hablada. Su misma plasmación en signos materiales, y por tanto susceptibles de ser memorizados, pretende garantizar que perdure.
Si no fuese por la escritura, ¿de dónde sacaríamos las fuerzas para soportar la inanidad de la palabra hablada que sólo sirve para entretener las tediosas tardes de la vida y borrarlas de la memoria? ¿Qué es lo que sobrevive de las charlas sostenidas únicamente por la instantaneidad y destinadas al olvido en cuanto se difumina su falso esplendor? A lo sumo el gesto, la expresión no verbal, o sea, todo lo que gira espontáneamente alrededor de la conversación y que no responde a ningún estímulo racional.
El lector que entiende pero olvida es aquel en el que lo que ha entendido no penetra en él. Y es que no basta con entender lo que se lee. Entender no es más que la condición necesaria para entrar en un libro, como la puerta que se abre a una habitación. Podemos entender y, sin embargo, continuar indiferentes, recorrer con los ojos las paredes de la habitación como si hubiese muchas como ella y disponernos a pasar a la siguiente. Y así una tras otra.
Hay tantas cosas en la vida que entendemos perfectamente y que sin embargo no dejan huella alguna en nosotros, como si su único objeto fuese poner a prueba nuestra capacidad de entendimiento, igual que un problema matemático. De ahí al olvido no hay más que un paso. Olvidamos aquello que carece de verdadero interés para nosotros y por lo que no nos sentimos concernidos, aunque lo hayamos entendido, y que, si no nos aburre del todo, nos resulta indiferente. Si acaso estimula el intelecto durante el tiempo de la lectura, a modo de ejercicio mental. Quizá la gimnasia de la lectura mantenga en forma a este tipo de lector, pero poco más.
Aunque los lectores comprensivos esperen encontrar algo nuevo en las páginas de cada nuevo libro, cuando lo encuentran no lo reconocen y lo pasan por alto, mientras se detienen en los argumentos que les resultan familiares y que confirman sus ideas. Al menos en el ámbito del intelecto lo nuevo suele ser acogido con indiferencia, cuando no con desconfianza. Si olvidan el libro que han comprendido es porque no se dejan conmover por su lectura, por lo que después de leerlo siguen siendo los mismos que eran antes de que lo leyeran. Al final ese libro les habrá servido para pasar el rato.
Leer no es una cuestión de cantidad, que sólo conduce al olvido denostado por Lem. Un libro hay que leerlo desde todos los lados, con todos los sentidos y no sólo con los ojos. No conformarse con entenderlo. La lectura tendría que ser como un despertar, como un nacimiento e incluso como una resurrección -milagrosa, como todas las resurrecciones- de algo que estaba muerto en nosotros, un sentimiento, una emoción, un recuerdo o una idea.
A menudo la relación del lector con el libro recuerda a una historia de amor no correspondido. Una idea o una frase que el autor quiso expresar con rigor, después de darle muchas vueltas, pueden dejarle indiferente, hasta el punto de despacharla con una lectura rápida y olvidadiza. Imaginar también lo contrario: un lector que se prenda de una frase o de un adjetivo que el autor escribió a vuelapluma, sin prestarles mucha atención.
La lectura no deja de ser una oportunidad para que el autor y el lector se aproximen casi hasta la confluencia. El escritor busca y desea ser leído como él escribe para sí mismo, con un empeño y una intensidad similar. Pero el lector lee lo que le interesa en el momento de la lectura y no lo que el escritor espera que le interese y que ha escrito para él.
Quizá en la relectura, después de algún tiempo, repare en aspectos del libro que en la primera lectura pasaron desapercibidos para él y que le acercan al deseo del autor. Más aún, es posible que al volver a las páginas del libro vaya todavía más allá de ese deseo y descubra en él matices que si el propio autor llegara a conocer le sorprenderían por su agudeza.
En este sentido la relectura goza de una ventaja que se aviene mal con el tercer enunciado de la Ley de Lem: el olvido puede favorecer el descubrimiento de un libro al que sólo se arribó, sin consecuencia alguna. Más aún, la memoria puede convertirse en un inconveniente, pues al releer un libro el lector memorioso volverá a encontrarse con las mismas sensaciones e ideas que le suscitó la primera y lejana lectura. La memoria le impide cambiar de perspectiva y de punto de vista, manteniéndolo anclado en el recuerdo que conserva de la primera lectura.
Virginia Woolf decía que el lector crea el libro tanto como el escritor, y que incluso puede que el lector cree el libro más que el escritor, al menos en el caso de los mejores libros y lectores. También advertía a éstos del error de considerar que los escritores están hechos de una pasta distinta de la suya y que saben más sobre los hombres que ellos. En cambio, abogaba por una estrecha e igualitaria alianza entre unos y otros para evitar la castración de la lectura y de los propios libros.
La Ley de Lem recuerda a la parábola del sembrador. En la versión del evangelista Marcos, Jesús enseña a la gente la parábola de las parábolas, aquella que es preciso entender para entender todas las demás, la del sembrador que salió a sembrar y según iba sembrando, una parte cayó junto al camino, y llegaron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en el pedregal, donde había poca tierra, y brotó enseguida por carecer de profundidad de terreno, pero cuando salió el sol se quemó y se secó por carecer de raíz. Y otra parte cayó en los espinos, pero crecieron éstos y la ahogaron, y no dio fruto. Sin embargo, los granos que cayeron en tierra buena, “daban fruto que subía y crecía”.
La explicación que Jesús dio de la parábola es que el sembrador “siembra la palabra”, pero cuando unos la oyen, “va enseguida el Adversario y quita la palabra sembrada en ellos”. En cuanto a la parte sembrada que cae en los pedregales, se refiere a aquellos “que cuando oyen la palabra la aceptan enseguida con alegría, pero no tiene raíz en sí mismos, sino que son inconstantes y en cuanto vienen la tribulación, caen enseguida”.
Para Jesús el sembrado que cae en los espinos representa a quienes “oyen la palabra, pero las preocupaciones de esta vida, el atractivo de las riquezas, y la codicia de lo demás se aúnan para ahogar la palabra y queda infecunda”. En cambio, la parte del sembrado que cae en la tierra buena “son aquellos que oyen la palabra y la acogen y fructifican”.
Quien pueda entender, que entienda.

De Jaime Fernández, Blog “En lengua propia” sobre textos de Cesare Pavese, Cyril Connolly, Georg Christoph Lichtenberg, Ley Lem, Parábola del sembrador, Stanislaw Lem, Virginia Woolf

Publicado el 8 de marzo de 2016 en enlenguapropia.blogspot
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martes, 1 de enero de 2019

MAGIA


Vista atrás desde la Canal de los Guías
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MAGIA

El seis de enero de 1985
mis padres me dejaron bajo la cama
un estuche de latón
con su goma, sacapuntas y lapicero
sin que nadie lo viera
ni siquiera mis padres
tan atentos esa noche
sin que ni mis padres ni yo lo viéramos
Don Melchor
tras beber agua del grifo
dejó bajo mi cama
una pelusilla
que me dio la virtud de jugar
de inventar juegos
El seis de enero de 1986
mis padres me dejaron bajo la cama
un balón de reglamento
y un monopoly
sin que nadie escuchara sus pasos
ni siquiera mis padres
tan sigilosos aquella noche
sin que ni mis padres ni yo escucháramos sus pasos
Don Gaspar tras beber vino blanco del grifo
dejó bajo mi cama
en forma de calcetín con agujeros
la capacidad de amar sin límite
El seis de enero de 1987
mis padres me dejaron bajo la cama
un ordenador personal
y unos guantes de lana
sin que nadie se percatara de su presencia
ni siquiera mis padres tan ocupados esa noche
sin que ni mis padres ni yo nos percatásemos de su presencia
Don Baltasar
tras beber tequila del grifo
e ir chocándose con todos los muebles de la casa
dejó bajo mi cama
un lapicero viejo con la punta rota
que me ofreció el don de la poesía
Nunca se lo conté a mis padres
y nunca conté a los reyes magos
que esa misma noche
recibía regalos por partida doble
Nunca se lo conté a los reyes magos
porque nunca se hubieran creído que mis padres en realidad existían.

De Oscar Aguado
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XLV

Te adoro como a las luces
que despiertan la mañana;
como al cantar rumoroso
del arroyuelo del valle;
como a las tardes tranquilas
abandonado a los sueños.
Te adoro como al clavel
que se ha encendido en tu boca.
Como al jilguero que canta
en la eternidad del tiempo.
Como al deseo imposible.
Como al dolor del querer.

de apuntes 2001
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LA NUEVA POESÍA DE MIERDA


Una de las peores plagas que me tocó sufrir en la adolescencia y la juventud fueron los cantautores. Yo, que adoraba el rock sinfónico, el jazz y la música clásica, entre los cantautores en los setenta y la Movida en los ochenta pensé que ser sordo tampoco estaba tan mal. Pero la Movida, al menos en sus primeros momentos, no pretendía cambiar el mundo ni transformar la realidad ni denunciar nada, sino sólo pasar un buen rato. Con los cantautores, en cambio, no podías discutir porque ellos estaban comprometidos, tenían conciencia social y toda la pesca -aunque luego te enterabas de que, en su primer disco, Víctor Manuel le había dedicado una canción a Franco.
Coartadas ideológicas aparte, el problema era el modo en que pretendían venderte la moto de que un cantautor es la suma de un músico y un poeta, cuando la verdad es que al final la suma da más bien una resta. Con la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, la Academia Sueca ha certificado esa creencia, que podrá discutirse todo lo que se quiera, pero que ya no tiene vuelta de hoja. No tengo ningún reparo en reconocer que ciertos cantautores (el propio Dylan, Cohen, Silvio, Serrat, Brassens) son poetas. Sin embargo, convengamos en que, en la inmensa mayoría de sus textos, el poema pierde mucha de su gracia si no lo acompaña la música. A veces no, a veces no pierde mucha: la pierde toda. Otra cosa muy distinta es la barbaridad puesta en letras de molde sobre que Bob Dylan es el mayor poeta vivo en lengua inglesa. ¿Esa gente sabe lo que dice? ¿Habrá leído a John Ashbery, a Sharon Olds, a Brian Patten…?
Como toda situación es susceptible de empeorar, tenía que llegar el día en que ciertos cantautores decidieran prescindir de la guitarra, que buena falta les hace, y lanzarse al ruedo del verso libre, que para eso es libre y es ruedo. Al fin y al cabo, algunos cantautores llegaron hasta la música por pura honestidad artística, por la imposibilidad de sostener el lenguaje en equilibrio sin la ayuda de seis cuerdas. Así Leonard Cohen publicó varios poemarios antes de acometer la canción, y siempre confesó su devoción por Lorca, entre otros muchos poetas; así Serrat o Ibáñez musicaron a algunos de los grandes nombres de la lírica española: Machado, Hernández, Quevedo, Góngora, Alberti, Blas de Otero.
No obstante, la oleada de marketing poético que invade librerías y redes sociales tiene, creo yo, bastante poco que ver con esto. De repente, unos cuantos poetas jóvenes, y no tan jóvenes, han conseguido docenas de miles de lectores, dan recitales multitudinarios, y algunos -algo impensable en España- hasta cobran entrada. Muchos de ellos –Marwan es el ejemplo más claro- son cantautores que han decidido prescindir de la música y mostrar sus versos al desnudo. Parece que casi se ha cumplido aquella profecía que le oí a una poetisa en los años noventa: “Llegará un día en que la poesía llenará estadios de fútbol”.
La plaga todavía no llega a tanto, pero los versos que yo he leído de estos nuevos valores no andan muy lejos de los berridos de los forofos en el campo, o de las ocurrencias cursis que se encuentran a menudo en las puertas de los servicios públicos. Personalmente no tengo ningún problema en que alguien emborrone una cuartilla con renglones en lugar de usar la puerta de un retrete. Cada uno es muy libre de aporrear el piano, aunque no tenga ni idea de tocarlo. Pero el argumento democrático, el hecho de que algo lo disfruten cien mil personas en lugar de una docena, no significa nada en cuestiones de estética: un cuarteto de Bela-Bartok, o una balada de John Coltrane, son intrínsecamente superiores a la última canción de éxito radiada a los cuatro vientos. De otro modo, McDonald’s y Burger King serían los mejores restaurantes del mundo.
El otro día paseaba por la Cuesta de Moyano y me llamó la atención un libraco enorme, un volumen de lujo, quizá el primer tomo de poesía que yo haya visto editado por la editorial Planeta. Era una colección de poemas de Mónica Carrillo, la presentadora de televisión que últimamente ha decidido emprender una carrera de novelista. Se me ocurrió abrir el libro, y no debí hacerlo: daba vergüenza ajena, y debería darla también propia. Todo el mundo puede escribir lo que le dé la gana en su casa, pero resulta sencillamente penoso que un profesional de la edición haya corregido, publicado y puesto a la venta tal colección de obviedades, ñoñerías y ridiculeces. No digamos ya comprarlo y leerlo, no digamos ya compartirlo en internet, como si semejantes chorradas fuesen epigramas al estilo de Wilde o sentencias de Pessoa. Son, en el mejor de los casos, cosas que escribe un chaval cuando todavía no ha leído mucho, y todavía no sabe lo que es un poema, los bocetos de un aspirante a pintor cuando ni siquiera ha aprendido a dibujar, los ejercicios de digitación de un estudiante en el primer año de sumergirse en el teclado.
Sin embargo, la poesía tenía que hacerse rentable también, como la música, como la novela; llegó el momento de fichar a estrellas del pop y a caretos televisivos para vender cientos de miles de poemas. Es la poesía pop, que no es exactamente poesía popular, sino comercial. Es decir, todo lo contrario. No se veía nada igual desde que Piero Manzoni empaquetó su mierda en unas cuantas latas, y empezó a venderlas con una advertencia que también era un poema: “Mierda de artista”.
Muchos de estos juglares superventas se enorgullecen de practicar una poesía clara, sencilla, transparente, que llega a todo el mundo. Como si fuera sencillo hacer un poema sencillo, como si no fuese igual de complicado que escribir una novela, como si estuviese tirado escribir como escribieron en su día, por ejemplo, Lope de Vega, Wislawa Szymborska o Ángel González. Algunos critican a poetas oscuros, barrocos, herméticos, difíciles, casi imposibles de leer. Góngora, John Ashbery, por citar dos ya citados; Lezama Lima, Wallace Stevens, para que sean cuatro. Sin embargo, lo malo de la poesía que ellos (los juglares) practican no es que no se entienda nada: es que se entiende todo demasiado bien.

De DAVID TORRES, 9/4/2017

martes, 25 de diciembre de 2018

El abuelo de La Pedriza


El abuelo: pino centenario
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ROMANCILLO DEL ÁRBOL TRISTE
Y LOS REYES BUENOS

El árbol de mi tristeza
me deja sus tres regalos:
uno, mi perrito bueno
muerto sobre mis dos brazos,
y no dijera los otros
no por de olvido dejarlos:
sino que hijos de la pena
y del silencio son ambos.
Les tres reyes me han cubierto
estos días con el manto
de un dolor que se cobija
del frío tras mis harapos.
Sus manos, llenas de siglos
son buenas y sabrán cuándo
la oscura noche del alma
de sombras haga milagros.
Por lo demás, los amigos
ya conocen mis halagos,
si en ellos quieren buscarme
en ellos soy por soñarlos,
y el amor si vuelve, vuelva
que no ha tener este árbol
frío de madera añeja
si vienen los Reyes Magos.

Jesús Urceloy / dic 2018
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…rezuman tristeza
tus versos de hiel
quizá por las pérdidas
del día de ayer…
y alumbran nostalgias
de amores, de miel…
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XLIV

Sello dorado en el sobre.
Coches de cine en la puerta.
Una casita en la playa,
y otra también en la sierra.
Oros, zarcillos y plata
con incrustados de perlas.
Anillos de pedrería
de la más fina y más buena.
Collares, a tu capricho.
Trajes, vestidos de seda.
Un abrigo de chinchillas
o de visón, si quisieras…
Para gozar cada día
un palacio de grandeza
en donde vivas tranquila
sin añoranzas inquietas…
Y al lado, dando la vara
con exquisito fineza,
los amigos de fortuna
adulando tu belleza.
Oro, joyas, piedras, plata,
no te ofrezco en mi promesa.
Sólo una vida sembrada
con mis caricias, princesa.

de apuntes, 2001
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CÓMO SER PERFECTO

Todo es perfecto, querido amigo.
Kerouac

Duerme.
No des consejos.
Cuida tus dientes y encías.
No tengas miedo a nada que esté fuera de tu control. No tengas miedo, por ejemplo, de que el edificio se caiga mientras duermes, o de que alguien a quien
amas muera súbitamente.
Come una naranja todas las mañanas.
Sé amable. Te hará feliz.
Eleva tus latidos a 120 pulsaciones por minuto durante 20 minutos cuatro o cinco veces por semana haciendo cualquier cosa que te guste.
Desea todo. No esperes nada.
En primer lugar, cuida las cosas que están cerca de tu casa. Ordena tu cuarto antes de salvar al mundo. Luego salva al mundo.
Ten en cuenta que el deseo de ser perfecto es quizás la expresión encubierta de otro deseo –ser amado, tal vez, o no morir.
Haz contacto visual con un árbol.
Sé escéptico a toda opinión, pero trata de encontrar algún valor en cada una de ellas.
Viste del modo que te guste tanto a ti como a quienes te rodean.
No hables rápido.
Aprende algo cada día. (Dzien dobre!)
Sé amable con las personas antes de que tengan la ocasión de portarse mal.
No te enojes por más de una semana, pero no olvides aquello que te hizo enojar. Mantén tu ira al alcance de la mano y obsérvala, como si fuera una bola de cristal. Luego agrégala a tu colección de bolas de cristal.
Sé fiel.
Usa zapatos cómodos.
Planifica tus actividades para que reflejen un equilibrio grato y variedad.
Sé amable con los mayores, incluso aunque sean odiosos. Cuando llegues a viejo, sé amable con los jóvenes. No les tires tu bastón cuando te llamen abuelo. ¡Son tus nietos!
Vive con un animal.
No pases demasiado tiempo con grandes grupos de personas.
Si necesitas ayuda, pídela.
Cultiva una buena postura hasta que se vuelva natural.
Si alguien asesina a tu hijo, consigue un arma y vuélale la cabeza.
Planifica tu día para que nunca debas correr.
Muestra tu aprecio a las personas que hacen algo por ti, incluso aunque les hayas pagado, incluso aunque te hagan favores que no pediste.
No malgastes el dinero que podrías dar a aquellos que lo necesitan.
Espera que la sociedad sea defectuosa. Luego llora cuando te des cuenta de que es mucho más defectuosa de lo que creías.
Cuando pidas algo prestado, devuélvelo en mejores condiciones.
Utiliza objetos de madera en lugar de objetos plásticos o metal, tanto como sea posible.
Mira el pájaro que está allí.
Luego de la cena, lava los platos.
Cálmate.
Visita países extranjeros, excepto aquellos cuyos habitantes hayan expresado su deseo de matarte.
No esperes que tus hijos te amen, pueden, si quieren.
Medita acerca de lo espiritual. Luego ve un poco más allá, si tienes ganas.
¿Qué hay allá afuera?
Canta, cada tanto.
Sé puntual, pero si llegas tarde no des una larga y detallada excusa.
No seas demasiado auto-crítico ni demasiado auto-complaciente.
No pienses que el progreso existe. No es así.
Sube las escaleras.
Imagina qué querrías que ocurra, y luego no hagas
nada que lo convierta en algo imposible.
Desconecta tu teléfono al menos dos veces por semana.
Mantén limpias tus ventanas.
Extirpa cualquier indicio de ambición personal.
No uses la palabra extirpar muy a menudo.
Perdona a tu país de vez en cuando. Si eso no fuera posible, vete a otro país.
Si estás cansado, descansa.
Siembra algo.
No deambules por las estaciones de trenes murmurando: “¡Todos vamos a morir!”
Cuenta entre tus verdaderos amigos a gente de diferentes momentos de tu vida.
Disfruta de los pequeños placeres, como el placer de masticar, el placer del agua caliente corriendo por tu espalda, el placer de una brisa fresca, el placer de quedarse dormido.
No exclames: “¡No es maravillosa la tecnología!”.
Aprende a estirar tus músculos. Estíralos todos los días.
No te deprimas por envejecer. Te hará sentir más viejo. Lo cual es deprimente.
Haz una cosa a la vez.
Si te quemas un dedo, ponlo en agua fría de inmediato. Si te martillas el dedo, sostén tu mano en el aire durante veinte minutos.
Los poderes curativos del frío y de la gravedad te sorprenderán.
Aprende a silbar a un volumen ensordecedor.
Mantén la calma en una crisis. Cuanto más crítica la situación, más tranquilo debes permanecer.
Disfruta del sexo, pero no te obsesiones con él. Con excepción de breves períodos durante tu adolescencia, juventud, mediana edad y vejez.
Contempla todo opuesto.
Si te asalta el temor de que has nadado muy mar adentro, da la vuelta y regresa al bote salvavidas.
Mantén tu niño vivo.
Responde tus cartas sin demora. Utiliza estampillas atrayentes, como la que tienen un tornado.
Llora de vez en cuando, pero nada más cuando estés solo. Luego agradece cuánto mejor te sientes. No te avergüences por sentirte mejor.
No aspires humo.
Respira hondo.
No seas impertinente con la policía.
No te bajes de la acera hasta que hayas recorrido toda la calle. Desde la acera puedes estudiar a los peatones que están atrapados en el medio del enloquecido y ruidoso tráfico.
Sé bueno.
Recorre diferentes calles.
Hacia atrás.
Recuerda la belleza, que existe, y la verdad, que no. Mira que la idea de verdad es tan poderosa como la idea de belleza.
Permanece fuera de la cárcel.
En la madurez, conviértete en místico.
Usa la nueva fórmula con control del sarro del dentífrico Colgate.
Visita a amigos y conocidos en el hospital. Cuando sientas que es tiempo de retirarte, hazlo.
Sé honesto contigo, diplomático con los demás.
No te vuelvas loco. Es una pérdida de tiempo.
Lee y relee grandes libros.
Cava un pozo con una pala.
En invierno, antes de ir a dormir, humidifica el cuarto.
Comprende que las únicas cosas perfectas son una puntuación de 300 en un partido de bowling y un partido de béisbol con 27 bateos, 27 outs.
Bebe mucha agua. Cuando te pregunten qué quieres beber, di: “Agua, por favor”.
Pregunta: “¿Dónde está el baño?”, pero no: “¿Dónde puedo orinar?”
Sé amable con los objetos.
Comenzando a partir de los cuarenta, realiza un chequeo médico cada tanto con un médico de confianza que te haga sentir a gusto.
No leas el periódico más de una vez al año.
Aprende a decir “hola”, “gracias”, y “palitos chinos” en mandarín.
Eructa y tírate pedos, pero en silencio.
Sé especialmente amable con los extranjeros.
Ve teatro de sombras e imagina que eres uno de los
personajes. O todos ellos.
Saca la basura.
Ama la vida.
Da el cambio exacto.

Ron Padgett
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miércoles, 19 de diciembre de 2018

graffiti


Grafitti de


en Getafe
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CON LA FE A CUESTAS

(Remake de Who is me)

Yo también soy uno
que nació en el 57
y parezco más joven
que algunos tipos de mi generación
que se dedicaron a la banca
o a la ingeniería técnica
(desgraciados con familia y buen sueldo).
No puedo contar huidas
ni diásporas
porque siempre me fue relativamente bien
y las guerras me quedaban tan lejos
que sólo me sirvieron para ir de pacifista moderado
y fumar en comuna marihuana o tabaco
antes de ir a cenar junto a mis padres.
La poesía llegó como las lluvias de abril
y me ha mojado tanto
que, aunque escampe, sigue lloviendo adentro.
En fin, dejemos las mariconadas
y vayamos a ese yo
que desea quitarse la máscara
porque está harto de sacar pecho
delante de la gente...
Bien pudiera haber escrito del verde monte
y de la nieve eterna, del río y su aventura
entre batanes, de la piedra y el castaño generoso.
Haber sido la flor natural de mi tierra,
el poeta amado que ensalza las colinas
y las torres... pero no,
escribí de la muerte, de la gente al desnudo,
del sentimiento trágico de esta vida cómoda
que no sabe colmar porque no puede.
Y aún me pregunto por qué escribo,
mientras mi mente vuela a aquellos días de brasero y natillas
con mi abuela endiablada por la música militar
de los asesinos en la radio,
los que mataron al abuelo Felipe a sangre y fuego
en el lugar de Los Santos.
La voz de mi abuela por las noches
era una saeta civil y profana
que se convertía en grito interior.
Todas las putas madres de los asesinos
y todos los asesinos, y mi abuela,
Antonia Corral Martín,
me obligaron a escribir, me obligan.
Y quiero que se entienda a la perfección lo que quiero decir
y por ello no lo digo poéticamente.
Sin aquella fe que tantos llevaron a cuestas
fui el tres,
lo imposible,
el desertor...
Fui el desastre de mi casa
porque defraudé a mis padres
aunque jamás lo hayan reconocido
en público ni en privado.
En fín, que desperdicié el tiempo
y eso no se perdona
o no se perdonaba hasta que decidí gritar
«¡Que os zurzan!».
¡Ja, ja, ja!
Torcer el gesto y mirar a los ojos de los otros con cierta superioridad
para que te ensalcen los cuatro imbéciles que te rodean.
Ser porque nadie sabe lo que escribes,
pero notar el respeto de su necedad.
¡Qué mundo!:
Obreros de derechas babeando ante sus jefes,
comunistas de misa y braguetazo,
ratas muertas de fe y de miedo porque se acaba el tiempo
y no quieren entender que todo es al final despojo y puerta.
¡Infelices!
En todo caso, la realidad, la dura realidad,
es que no llego a fin de mes jamás
y las deudas me comen pero no importa,
y este oficio tan mío de decir
el justo hueco que cada uno ocupa
no tiene un buen futuro en lo económico.
Contar cómo se prostituyen los políticos
y cómo engordan sus monederos
mientras se ponen dignos para hundirte.
¡Hijos de la gran puta!, ¡ladrones!
¡Fieras que destrozáis cada una de vuestras piezas
para no compartirlas!
¡Hienas!
Cómo me gustaría veros arder de vergüenza ante la gente.
Y el trágala de escritorzuelos haciendo un zoco
de la Literatura.
¡Advenedizos!, ¡roncos imitadores de otros escritores mediocres
que lamen cualquier culo por aparecer en letra impresa!
Cómo os gusta medrar presidiendo jurados
o pregonando fiestas; os infláis como putas
ante los que jamás leyeron ni leerán una palabra vuestra.
Escritores de mi generación. ¡Ja, ja, ja!
Rebeldes hacia afuera, vestidos de malditos,
intentado vender prisión, mono y miseria
no hacéis más que el ridículo,
pues ni el vómito anida en vuestros versos.
Soledad, y no conciencia,
mucha vergüenza y tiempo de silencio,
mucho tiempo de silencio,
todo el tiempo quizás.
Pero no, persistís, ¡po-e-tas-en-re-sis-ten-cia! (?).
También recuerdo ahora las tristezas
y el miedo que me hizo llorar a gritos
una tardenoche de elecciones municipales
en la que mi hijo miraba aterrado su dedito meñique colgando
por una de sus falanges
y querer que ese dolor fuera mío,
que esa sangre fuera mi sangre...
aunque mi miedo era más profundo
que el terror del niño;
tanto, que aún lo llevo a flor de piel, en los ojos, en la punta de la lengua.
¡Qué poco bagaje de dolor para un poeta!:
un hijo herido de levedad por una puerta.
No os equivoquéis,
que el dolor verdadero vive en la posibilidad
y el peor miedo también.
El monto cultural, los libros leídos,
el tiempo ganado al tedio
o perdido con decencia
ante la puesta en valor del jodido dinero
significándose en una tarde sin tabaco
por no tener dos miserables euros,
aunque sí una cama donde caerme muerto
de tristeza por la miseria,
atenuada por unos versos de Montale o de Brodsky,
por una carta de Abraham o una canción de Caetano.
El jodido dinero hiriendo, envenenando,
haciéndome sufrir o escribir de pura rabia.
¿Me queda la palabra?
¡Joder!
Me queda la palabra
para evocar el corral de mi niñez
con la parra dando su sombra de uvas
y la lujuria de una mujer peinándose en una ventana interior.
Era mi madre aquella mujer deliciosa
de tez de manzana y risas,
la misma que ahora se me aparece en el espejo
siendo mis canas y las bolsas de mis ojos,
siendo la mirada frutal que asalta la general tristeza de mis gestos.
Mi madre. Centro y nada a la vez.
Mi madre.
¿Y la libertad?,
si su ausencia siempre fue motor de creadores
y puso en mil cabezas el laurel de la gloria,
el heroísmo,
y hasta el martirio
que tanto viste en una vida
si se logra salir
o tanto adorna en una muerte.
¿Acaso no es su voz la que nos mueve?
Pero, ¿quién es libre?, ¿quién puede ser libre?
¡Qué suerte poder crear entre la represión
o en una guerra
o en un gueto
o en una cárcel!
¡Qué suerte la del oprimido que levanta la voz
ante una masa y la agita hasta explotar
o hasta la sangre propia!
Sólo se puede ser donde te niegan.
La toleracia y la paz alimentan mediocres
poetas tranquilos.
¡Qué suerte ser parte de un dolor colectivo
y sacar la cabeza, sin más,
para gritar un verso!
Llueve adentro y estoy cansado,
pero no de vivir,
que el suicida se pierde la posibilidad
y el gesto de dolor
que alumbra esa paz que es la calma,
porque somos colinas y valles,
simas y altas montañas
y la muerte no es descanso,
es sólo muerte.

de Luis Felipe Comendador
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XLIII

Las luces de neón, —tiras de nieve—
reflejan en el suelo resplandores
y arrancan un destello misterioso
del cabello revuelto y caprichoso
de la niña que roba mis amores…

(Aléjate la luz de los neones
y lléname del fuego de tus ojos.)

de apuntes, 2001
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Trabajo de taller (sonrisas)

EL NIÑO Y LA CHACHA

Este texto contiene el resultado de las investigaciones sobre palabras que, con idénticos fonemas, su significado es distinto al cambiar el género; investigaciones llevadas a cabo durante mi retiro en el cabo o cap de Creu acompañado de Renata, una cabo primero, expulsada de la guardia suiza de la Santa Sede, porque era más guapa que una puesta de sol en el Collado Jermoso:

Por el agujero de la cerradura de la puerta de la salida, miraba un niño salido, mano en bragueta, afanado en consumar una paja.
-Quedaría mejor, decir masturbaba.
-Pues no; el niño no masticaba: su punto de mira, en aquella chochuda mañana, estaba en la joven y coqueta chacha que bailaba desnuda en la terraza un cachondo chacha-chá, sin importarle el mañana ni el que dirán. El niño bien podía dejar de tocarse las pelotas y dirigir, como vil pelota, su mirada más lejos de allí, a la Roma sacra verbigracia, donde el Papa Francisco, en la residencia veraniega de Castel Gandolfo, marcábase un tango tristón mientras comía papas romas con mojo picón. Pero volvamos a la chacha y al chacho mirón, que en su manía de ligar, pretendió, sin éxito, que la muchacha gustara el promontorio de su bragueta en lugar de ascender a la Mira. Del paciente espionaje, el curiosón supo que la chacha, chocha por la música, desatendía la orden del ama de poner bragas y calzoncillos en orden. En la mesilla de papá, las bragas; en la de mamá, los calzoncillos.
(-Habrán notado que entre tanto desorden, las comas están en el lugar que les corresponde, ¿Verdad?
-Sí, anda; sigue contando, sinvergüenza).
Pues bien, el niño no se chivó de aquel desmadre. (No hay duda que ama a la chacha y en silencio sufre su desatención). La chuminuda muchacha recordaba la tronadora voz del cura de su pueblo, antes de que éste cayera en coma, “¡Esta chica no tiene salvación ni cura!”, gritaba. Y todo porque un mal día, de una calor agobiante, (había que estar allí para comprobar hasta qué grado) quiso gozar la frescura del interior de la iglesia, topándose con el párroco, que sentado bajo un moral, estudiaba un tratado de la moral católica porque opositaba a deán. Sorprendida, se le ocurrió decir:
“Padre, nado en un mar de confusión”
“Pero bueno, hija, ¿Qué es lo que aflige a ese tierno corazón?
“Padre, ¿Es lo mismo la hija del Rajá; que la raja de la hija?”
“Chiquilla, está claro que no. Rajá es prostático y palabra aguda; raja es llana y plurifuncional”.
“Lo que usted quiere decir, Padre, es que Dios dibujó en la mujer la raja para cosa más importante que mear. ¿Verdad?
Desde el lado derecho del transepto de la iglesia llegaron las notas solemnes de la sonata nº 1 en La Mayor de Antonio Soler para clave, (o quizás para órgano). El malogrado deán pensó que la jodía niña estaba en la clave del higo; pero se guardo mucho de decirlo.
-¿Quién toca tan maravillosamente el clave, chiquilla?
-El niño mirón, padre.
Sí, el niño mirón, cuyas manos además de ser instrumento de vicio y desgaste de la sesera, ejecutaban hábilmente las partituras del padre Soler. Más tarde, ya mayorcito, escribiría un tratado sobre la soledad del narcisismo y una guía para combatir el amor propio, aunque en este menester, y mira que lo intentó, no tuvo la dicha de ser el guía de la chacha chochuna, que bailaba desnuda en la terraza de casa un cachondo chacha-chá.

de Blas Mendiola
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martes, 11 de diciembre de 2018

LA MANZANA



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FIERA DE AMOR

Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
no hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor,
había ya estragado mis garras y mi instinto,
cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
y clamé al imposible corazón... la escultura
su gloria custodiaba serenísima y pura,
con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
y desde entonces muerdo soñando un corazón
de estatua, presa suma para mi garra bella;
no es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
sin sangre, sin calor y sin palpitación...

¡con la esencia de una sobrehumana pasión!

de Delmira Agustini
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XLII

bajo los abedules
le pregunté a la rosa
por la niña orgullosa
de los ojos azules.
Oculta por los tules
del sauce, del zarzal,
pasea virginal
su pie por el jardín.
La busco cual mastín
detrás de algún rosal.

De apuntes, de 2001
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LA MANZANA

Desearía no haber tenido relación con este sórdido asunto, pero cuando se es un gusano no siempre se tiene elección.
En aquella ocasión, como en otras muchas, fue el hambre y un cúmulo de desastrosas casualidades las que produjeron la catástrofe. Las manzanas, siempre las manzanas. Como a Blancanieves, a Eva y a los protagonistas de otros cuentos infantiles, a mí también me arruinó la vida una apetitosa manzana. El único consuelo fue que Guillermo compró a los testigos y cambió manzana por cabeza en el relato de los hechos para convertirse en héroe. Mientras tanto nadie reparó en mí, salvo Guillermo, claro, aunque imagino que con el tiempo olvidó mi fatídica intervención. Ahora que se acerca mi último vuelo de mariposa, necesito contar el final real de la historia para acallar mi conciencia. Guillermo no acertó en la manzana, mató a su hijo y no fue por mala puntería. Rompí su concentración al asomar la cabeza fuera de la manzana para ver qué provocaba aquel súbito silencio.

De Miguel Torija Martí
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martes, 4 de diciembre de 2018

EL CUADRO

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Surrealismo arquitectónico natural de la Pedriza:

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GALATEA

No sabía qué hacer aquella tarde.
Tú estabas enfadado y no querías
salir. Me fui al Parque del Oeste
y estuve paseando mucho rato
sin encontrar un alma. En el invierno
casi nadie pasea por los parques.
No pensé nada. Me senté en un banco
y encendí un cigarrillo. De repente
un hombre joven se sentó a mi lado.
Le miré y vi que había un solo ojo
en mitad de su frente, un ojo oscuro,

tristísimo y brillante. Me miraba
como pidiendo ayuda, suplicando.
Ninguno de los dos dijimos nada.
Él miraba mis ojos y yo el suyo.
En silencio empezó a llorar despacio,
se avergonzó y se fue. Yo no hice nada
por detenerle. Tú no te creíste
ni una palabra de esta historia, pero
yo me lleno de angustia y de tristeza,
aunque quiero evitarlo, si recuerdo
al cíclope del Parque del Oeste.

De Amalia Bautista
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XLI

En el jardín están las mariposas,
los alhelíes y las clavellinas,
las margaritas y las amapolas
y los rosales con flores y espinas.

En el jardín cantan los ruiseñores
y los jilgueros cuando nace el día;
y por la tarde, con los resplandores
del sol poniente, cantan todavía.

En el jardín la vida es un encanto.
El jardinero riega cada día
con amoroso, dulce y suave tacto…
(¿Qué habrá detrás de la jardinería?).

De apuntes, 2001
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EL CUADRO

Fue por matar el tiempo. Alguien los había sentado en la misma mesa, el silencio se hacía incómodo y tarde o temprano tendrían que hablar.
-¿Y usted a qué se dedica?
El tono de frase hecha casi resultó grosero, pero a Marco no se le ocurría otro modo de empezar una conversación con alguien del que sólo sabía que rascaba compulsivamente el mantel con un tenedor.
-Pues... no sabría qué decirle -contestó el otro con una tímida sonrisa.
Bien, pensó Marco. Era un comienzo ambiguo, ideal para divagar durante la hora escasa que duraría la cena.
-¿Por?
-Digamos que soy coordinador de márketing.
-Ah.
Marco no sabía nada sobre coordinadores de márketing, en realidad no le interesaban lo más mínimo, y aquella conversación habría discurrido por los cauces habituales de correcta monotonía a no ser por un detalle que atrajo su atención.
-Pero lo que de verdad me gusta es la pintura.
Se llamaba Ernesto Calvo, aunque Marco ya no recordaba su nombre. Y en ese momento se arrepintió por no haber puesto más atención cuando fueron presentados.
-¿Es pintor?
-Bueno, sí. Me gusta, pero no vivo de ello.
-Yo sí.
-¿Cómo dice?
Marco era pintor.
Una curiosa coincidencia. La mejor manera de pasar el rato y, por qué no, la velada. Cuando la cena concluyó y Marco volvió a reunirse con Ana, su compañera, le presentó a este hombre pálido y delgado, cercano a los cuarenta, que miraba hacia todos los lados para no fijar la vista en nadie. Lo invitaron a tomar una copa en su casa.
-Así Marco podrá mostrarle algo de su trabajo -dijo Ana, incapaz de disimular cierto tono de orgullo.
-Oh, será un orgullo.
-No es gran cosa -mintió Marco-, pero, como ya le he dicho, vivo de ello.
Ernesto Calvo resultó ser un hombre agradable, buen conversador, a pesar de su aparente timidez y, a juicio de Marco, un gran conocedor de pintura. Por si fuera poco, no escatimó elogios sobre sus obras. La mayoría de ellas estaban basadas en el estudio de la fauna animal. Marco utilizaba técnicas y estilos muy diversos para retratar todo tipo de especies, deteniéndose sobre todo en la expresión de los rostros. Era, según sus palabras, una "búsqueda de lo humano". Potenciaba las miradas y los gestos faciales, intentando crear personajes y arquetipos sociales. El resultado era algo enfermizo, incluso antinatural, pero confería a la obra todo su carácter.
En el centro del taller, cubierto por una sábana, se alzaba el lienzo más voluminoso de todos.
-Es bastante grande. ¿Qué animal representa? ¿Puedo verlo? Ante la curiosidad manifestada por Ernesto, Ana tuvo que aclarar:
-A Marco no le gusta mostrar sus obras hasta que están terminadas.
-Oh, entiendo. Sí, a mí también me pasa.
-De todas formas, ni yo mismo sé bien lo que es. Llevo meses haciéndolo y deshaciéndolo. Sencillamente, no quiere salir.
-Lo mejor en esos casos es parar durante un tiempo y retomarlo más adelante. No es sano obsesionarse.
-Para usted es fácil decirlo. No tiene que entregarlo en una fecha determinada. Yo, como ya le dije, me gano la vida con esto.
-Es un encargo -explicó Ana.
-Claro, claro, yo no tengo fechas de entrega, tiene usted razón -Ernesto bajó la mirada, como si se disculpara, y Marco creyó detectar cierto tono de orgullo herido en sus palabras-. No obstante, le dedico bastante tiempo, más que cualquier otro aficionado. Me relaja, ¿sabe?
-La pintura puede ser una buena forma de terapia -afirmó Marco, y en una ingenua asociación de términos añadió:
-Supongo que el márketing debe de generar mucho interés, ¿no?
Ernesto negó con la cabeza y tomó aire, como si se dispusiera a exponer una vieja y meditada teoría.
-Son las manías.
-¿Cómo dice?
-Desde la infancia arrastro una fuerte propensión a las manías. A veces me indigno conmigo mismo, porque soy incapaz de controlarlas. Manías estúpidas, sin sentido, que me hacen perder el tiempo y la energía. Sólo la pintura me ocupa lo suficiente como para olvidarlas.
-Todos tenemos manías -apuntó Ana, ligeramente incómoda ante la extraña confesión del visitante.
-Sí, claro, supongo.
Marco pareció de pronto muy interesado. Recordó que él siempre terminaba de subir todas las escaleras con el pie derecho. No importaban los extraños juegos de pasos que tuviera que hacer con tal de que su pierna izquierda fuera la segunda en alcanzar el descansillo. Por supuesto, nadie había percibido aquella peculiar costumbre, fundamentalmente porque con los años había adquirido la facultad para calcular desde la base de la escalera con qué pie pisar para acabar correctamente. Le preguntó a qué tipo de manías se refería.
-Oh, pues... lo cierto es que me daría apuro citar muchas de ellas.
-Entonces no lo haga -se apresuró a contestar Ana-, las manías sólo tienen razón de ser para el que las padece.
-No, no, ponga un ejemplo -insistió Marco.
-Bueno. Hay una que practico continuamente, casi siempre de un modo inconsciente... Prométanme que no se van a reír. Es que... ¡es tan estúpida! Resulta que siempre tengo que terminar de subir las escaleras con el pie derecho. Absurdo, ¿verdad?
Se hizo un breve silencio. Ana se llevó la mano a la boca, recordando que había prometido no reírse. Marco hizo lo mismo, pero con una expresión muy distinta.
-Pues soy capaz -continuó Ernesto- de intuir durante el ascenso con qué pie voy a terminar, y si no es el derecho, rectifico dando una zancada de dos peldaños.
-Tiene usted razón. Es bastante absurdo -confirmó Ana mientras buscaba la mejor manera de dar por terminada aquella velada.
Pero la velada no había hecho más que empezar. Al principio, Marco se quedó sin palabras. ¿Era posible que dos personas completamente desconocidas compartieran una práctica tan arbitraria como necesaria en sus vidas?
-¿Por qué hace eso? -dijo.
-Francamente, no lo sé.
Marco tampoco. Pero antes de confesar a su invitado que él hacía lo mismo, decidió probar suerte con uno de sus más profundos, extravagantes y absurdos hábitos.
-Veamos. Usted, cuando se va a acostar, ¿cómo coloca el calzado?
-¿Qué quiere decir?
-¿Hace algo especial? Me refiero a...
-Sí, sí. Ahora que lo dice, siempre dejo el zapato derecho un poco más adelantado que el izquierdo.
-¡¿Apuntado ligeramente hacia la puerta más próxima?!
Ernesto le miró con extrañeza.
-¿Cómo lo sabe?
-¡Yo hago exactamente lo mismo desde hace años! ¡Y también lo de la escalera!
-¿De verdad haces eso? -Ana dio un paso atrás, como si estuviera ante dos chiflados-. Nunca me lo habías dicho.
-Confesarlo es casi tan absurdo como hacerlo, cariño.
-Qué extraño -murmuró Ernesto.
-Sí, es muy extraño. ¡Más aún, es fascinante! El súbito entusiasmo de Marco contrastaba con el gesto escéptico del otro. Quizá eran dos coincidencias demasiado peculiares como para ser tomadas en serio. Quizá Marco Soto, aquel pintor de ojos vidriosos permanentemente aferrado a un Martini, no era en ese momento un interlocutor muy fiable. Quizá sólo le estaba tomando el pelo.
-¿No me estará tomando el pelo?
-¡Pero qué dice! ¿Cómo iba a saber si no lo de la puerta?
-Sí, claro.
-Coincidencias -sentenció Ana, reprimiendo un bostezo.
-Es mucho más que eso -Marco empezó a dar vueltas por el estudio, agitando suavemente su bebida-. Es un acontecimiento, un punto de encuentro, un cruce de personalidades... Esto tiene que significar algo. Quizá... ¡Sí, ya lo tengo! Algo relacionado con la política: derecha, izquierda... -hizo un gesto de balanza con las manos, invitando a Ernesto a decantarse. Éste negó con la cabeza.
-No me interesa la política.
-Seguro que votamos al mismo partido el año pasado. Ernesto ni siquiera había votado. Pero Marco insistía en que aquellas dos manías compartidas implicaban forzosamente un vínculo más profundo.
-¿Qué edad tiene?
-Cuarenta y tres.
Marco, treinta y siete.
-¿En qué mes nació?
-Octubre.
Marco, en junio.
-No, no, tiene que haber algo. Algo en común. ¿Dónde estudió usted? ¿Tiene hermanos? ¿Está casado...?
Unas veces sí, otras muchas no. Las respuestas de Ernesto iban dejando claro que ambos no eran demasiado parecidos, ni siquiera demasiado diferentes. No obstante, estaba claro que a los dos les gustaba charlar, especialmente sobre técnicas de pintura. Aquello no era muy justo para Ana, experta en fisioterapia. Un par de horas después, cansada de mirar el reloj y de servir copas, decidió irse a la cama.
Tuvo un sueño muy intenso, de esos cuya sensación se prolonga durante días. Soñó que a través de la puerta entreabierta del dormitorio se perfilaba el pie derecho de su marido, llegando al rellano de la escalera seguido del izquierdo. Y luego vio cómo se descalzaba y dejaba los zapatos en aquella extraña posición.
Suavemente extraña...
Cuando el rostro de Marco se aproximó para besarla, Ana sintió un escalofrío al descubrir que era Ernesto Calvo.
No supo si despertó por la visión o por el barullo de voces procedente del taller. Marco y Ernesto estaban discutiendo. No habría decidido intervenir de no ser por el ruido de un vaso estrellándose contra el suelo.
Los encontró frente a frente, a ambos lados del enorme lienzo, ahora al descubierto. Ernesto estaba rojo de ira, sudaba y hacía aspavientos con las manos, llegando incluso a tocar algunas partes del cuadro.
-Esto, y esto… ¡Y esto!
Marco, aún con la sábana blanca entre las manos, negaba con la cabeza y casi parecía a punto de sonreír de incredulidad.
-¿Pero no se da cuenta de que eso es ridículo?
-¡No es ridículo! ¡Es un hecho! ¡Es una infamia!
Ernesto sostenía que aquel cuadro era una imitación. El original, repetía una y otra vez, había sido ya pintado por él hacía tan sólo un mes.
-¿Pero cómo, cuándo, dónde iba yo a copiarte? ¿Para qué? ¡Si ni siquiera lo he terminado!
-Ya lo sé, ya lo sé. Tan sólo dos pinceladas de rojo aquí y aquí, y su copia estará consumada, ¿no es así?
Marco se apresuró a cubrir de nuevo el lienzo, antes de que el visitante rayara la pintura con las uñas.
-No voy a negar que ambas obras puedan tener el mismo concepto, que empleen técnicas similares, en definitiva, que se parezcan...
-¡No se parecen, son idénticas! Usted pintaba animales y de pronto pinta esto. ¿Por qué ha cambiado de tendencia?
-Ya le he dicho que ni yo mismo sé lo que es. ¿De verdad cree que he decidido fríamente qué es lo que voy a pintar?
-Usted decide fríamente qué es lo que va a copiar. Todo esto es una farsa. Me ha traído aquí con un propósito muy claro. Primero me hace creer que tenemos cosas en común...
-Manías.
-Y me muestra el cuadro para que yo, el pobre aficionado, diga: "¡Oh, sí, es otra coincidencia!".
-¡No es una coincidencia! -Marco subió repentinamente el tono de voz. Aquel individuo empezaba a irritarle-. No es una coincidencia porque dos obras de estas características no pueden ser iguales. ¡Es una abstracción, por Dios!
-Vayamos a mi estudio y se lo demostraré.
Ana se vio obligada a intervenir.
-No creo que sea una buena idea. Otro día quizá...
Pero la decisión ya había sido tomada. Marco dejó su copa sobre una mesa y se frotó las manos.
-Por supuesto que iré. Ahora mismo.
Ana agarró a su marido por el brazo y lo condujo hasta un rincón del taller, mientras el visitante descubría de nuevo el cuadro, como si quisiera recrearse en su indignación.
-En mala hora decidí mostrárselo.
-Marco, no vayas.
-Cariño, sólo quiero aclarar este asunto. Ese hombre ha bebido más de la cuenta...
-Tú también.
-Lo que dice es tan absurdo.
-¿Y si es cierto? ¿Y si llegas allí y te encuentras con un cuadro idéntico al tuyo?
-¿Pero qué dices?
-Piensa por un momento en que exista esa remota posibilidad.
-No existe.
-Sí, pero piénsalo. Piensa que quizá sea tan simple y arbitrario como eso.
-¿Cómo qué?
-Como que compartís dos manías... y un lienzo. Escucha, he soñado que...
-Es imposible -Marco remató una a una las sílabas de su sentencia, como si dictara un veredicto.
Luego la besó y se fue.
Ana volvió a ver a su marido una vez más, en el depósito de cadáveres. Él y Ernesto estaban medio calcinados.
Tras considerar varias hipótesis, la policía llegó a la conclusión de que la noche del accidente, después de un violento forcejeo, una de las dos víctimas intentó prender fuego a un enorme lienzo. Las llamas se propagaron por toda la casa del señor Calvo, acabando con su vida y con la de su invitado.
Cuando Ana fue citada para identificar los cuerpos, miró a uno y otro, contuvo un gemido y susurró:
-No sé quién es quién.

de ALEJANDRO AMENÁBAR
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martes, 27 de noviembre de 2018

ALGA ENREDADA


Foto Paquita: Callejón de las Abejas, en La Pedriza
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ALGA QUISIERA SER, ALGA ENREDADA...

Alga quisiera ser, alga enredada,
en lo más suave de tu pantorrilla.
Soplo de brisa contra tu mejilla.
Arena leve bajo tu pisada.

Agua quisiera ser, agua salada
cuando corres desnuda hacia la orilla.
Sol recortando en sombra tu sencilla
silueta virgen de recién bañada.

Todo quisiera ser, indefinido,
en torno a ti: paisaje, luz, ambiente,
gaviota, cielo, nave, vela, viento…

Caracola que acercas a tu oído,
para poder reunir, tímidamente,
con el rumor del mar, mi sentimiento.

de Ángel González.
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XL

Hoy deseo dedicarte
unas palabras de amor.
No lo presumas tan fácil:
en corazón se me agita
al repetir que te quiero
en el hueco de la noche.
Pero quiero confesarte
que me tocó la fortuna:
aquella vez que nos vimos,
fue un no se qué… ¡qué sé yo!
y desde entonces noté
ese "nosequeseyo"
siempre que pensaba en ti.
Me salía la emoción
solo soñar con tu aroma,
perdido en las discusiones
con mi propio pensamiento:
busco razones al aire
porque la duda me llama.
Pero el roce con tu piel…
Entonces me lo creía:
¡todo podría pasar!
Y despierto divagaba
en vigilia con tu amor,
aunque nada te decía,
siempre lleno de temores
de que tú me despertaras.
Eras mi sol y mi día,
mi luna de noche negra,
mi faro de salvación
cada vez que buceaba
en mi tormenta de amores.
De futuro dialogamos.
(Del respeto, del amor.)
Solo esa vez a la tuya
mi mano, leve suspiro,
se acercó.
Y padecí mil tormentos.
Era tanta mi alegría,
tu rubor tan colorado,
la melodía, tan suave,
de tu voz...
Ahora invoco los recuerdos
y la emoción me desborda,
y me embarga la ternura,
y me abrasa la pasión.
Vivo cada noche y día
el minuto,
de aquella felicidad:
y ese no sé, ¡qué sé yo!

De apuntes, 2001
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SIMPLEZA POÉTICA

Que últimamente se diga que la poesía se está poniendo de moda es para preocuparse. No porque se lea y se escriba más poesía, sino por eso de "estar de moda" que, como bien se sabe, es algo pasajero, destinado a olvidarse pronto y ser sustituido.
No es tanto estar de moda como que haya más abundancia, sobre todo de gente que se dice poeta, más que de lectores. Y esa abundancia viene por la mayor cantidad de alfabetizados y la facilidad para escribir en redes o publicar un librito o salir en un libro comunitario. También es posible que ocurra por la crisis de valores y económica que sufrimos, que ya dijo Cervantes que "el año que es abundante en poesía suele serlo de hambre".
De tener la posibilidad de escribir, porque no se es analfabeto, a ser un escritor, hay una distancia similar a la de sostenerse flotando en una piscina o ser Michael Phelps, Mireia Belmonte o Johnny Weissmüller.
Entre escribir unos versitos e incluso publicarlos y ser un poeta hay la misma diferencia de la que tenemos cualquier pelanas canturreando en la ducha o en el coro de la parroquia y Luciano Pavarotti atacando el Nessun dorma.
Pero la simpleza a la que hago referencia en el título es uno de los aspectos más desastrosos de la nueva montonera de poetas que circulan por nuestros papeles y recitales. Me refiero a todos esos simples que afirman escribir y no corregir "porque se pierde espontaneidad"; a todos esos bobos que insisten en que cuando llega la inspiración hay que soltarla tal y como viene y no retocar nada porque eso es lo más poético.
Los sentimientos, por buenos o aparentes que sean, no garantizan un poema, lo he dicho muchas veces. Hay que añadir ideas, inteligencia, lenguaje, oficio, esfuerzo en suma; y aún así hay muchas veces que ni por esas.
A cualquier poeta de verdad, rara vez le sale un poema de un tirón, no digamos un libro. Y cuando ocurre, la mayoría de las veces es porque venía bullendo en la cabeza desde hacía tiempo. Aún esos poemas "de sopetón" suelen ser revisados una y mil veces por sus autores si es que lo son de verdad y no meros junta-palabras.
Es ley la frase del gran Paul Valery: "Un poema no se termina, simplemente se abandona". O lo que es lo mismo: el verdadero poeta repasa, corrige, quita y añade hasta que ya no puede más porque ese es el oficio, la sustancia de la creación artística, la responsabilidad de dejar la obra lo más perfecta posible. E igual le sucede a casi todos los pintores, los músicos y demás familia de creadores.
Y todo lo que no sea eso, es por lo general petulancia, torpe soberbia, vacía vanidad y ganas de ir de listo por la vida, que se convierte en ir sólo de listillo y termina en simple zoquete.
De todo esto son buena muestra las imágenes con las que ilustro este articulillo: Sendas páginas autógrafas de José Zorrilla, Gustavo Adolfo Bécquer y César Vallejo, llenas de tachaduras, correcciones y acotaciones —pentimentos, que dicen los pintores—.
¿Son sospechosos de ser malos poetas esos tres autores? ¿Es que no son modernos y no lo fueron en su tiempo? ¿Es que no tienen ni idea de lo que es la inspiración, la emoción y los sentimientos?
Queridos mequetrefes del "todo vale", del "me ha salido así", del "todos tenemos derecho", del "si leo me contamino" y de "el sentimiento no hay que retocarlo", permitidme (o no, tanto me da) que os aplique la frase de Calderón en el Alcalde de Zalamea: "¡Ah, villanos con poder!", entendiendo aquí como poder el saber juntar las letras y como villanía el no saber hacerlo más que con vulgaridad o cursilería y en "sostenella y no enmendalla" que hacía otro borrico en las Mocedades del Cid, de Guillén de Castro.
Tachad, colegas, tachad. Os aseguro que en este escrito he tachado yo más que lo que he dejado en el sufrido papel.

de Enrique Gracia Trinidad
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martes, 20 de noviembre de 2018

LECCIONES DE VIDA SEXUAL


Aguja en la zona alta del Callejón de las Abejas, en La Pedriza

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PEQUEÑAS SEDICIONES


hay tanta gente sola

seria perdida mustia
emborronada
que sueña que sucumbe

gente que se detiene
en los semáforos
y hojea –es un decir-
revistas de países
a los que nunca irá

ánimas solitarias cuerpos solos
con tedio se masturban y a menudo
piensan en el pasado

lejos de ser felices se conforman
con la mención de la felicidad

están al día de todas las noticias
de todas las canciones
los libros las películas

son buenos anfitriones y organizan
cenas con compañeros de trabajo
en pisos de alquiler

recogen entre todos
la mesa
tristemente

después vuelven a casa
y así viven

todos creen merecer algo mejor


inédito de Javier Vela
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XXXIX

Una brisa de canela,
de refrescante sonrisa,
si te imagino a mi vera.

Con el sol del mediodía
me asaltan desde las piedras
comezones y morriñas.

Una poquita de sal
y unos granos de pimienta
son la suerte que me espera.

Se cruzan, traban y enredan
los caminos de mi vida;
pero a ti ninguno llega.

de apuntes, 2001
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CINE: LECCIONES DE VIDA SEXUAL

LA FICHA 'Kinsey' Director: Bill Condon Intérpretes: Liam Neeson, Laura Linney, Chris O'Donnell, Peter Sarsgaard, Timothy Hutton, John Lithgow País: EEUU Duración: 118 minutos.

Alfred Kinsey (1894-1956) dedicó 20 años de su vida al estudio de un tipo de avispa que ni vuela ni pica. La avispa de agalla. Kinsey recogió y analizó hasta un millón de ejemplares de estos insectos, y llegó a relevantes conclusiones de la ciencia entomológica. Kinsey, en verdad, era un tipo que lo hacía todo a lo grande. El mismo celo enfermizo con el que coleccionó avispas y las examinó al trasluz lo aplicó después a su siguiente objeto de estudio: la sexualidad humana. Suyo fue el llamado informe Kinsey, obra capital sobre el comportamiento íntimo de hombres y mujeres que, en el ecuador del siglo XX, dejó patas arriba a la sociedad americana, tan proclive al grito y el pataleo cuando se trata de hablar simplemente de sexo.

El retrato. Bill Condon, director de sensibilidad dulce e infrecuente (Dioses y monstruos, 1998), retrata en Kinsey los recovecos y aristas de un científico excéntrico y extrañamente oblicuo, interpretado por Liam Neeson con formidable presencia escénica. Un personaje singular y ambiguo, homosexual reprimido y masoquista según unas biografías, abiertamente bisexual según otras; traumatizado en su niñez por un padre castrador, retrógrado y moralista; capaz, en fin, de pincharse el prepucio con una aguja hasta sangrar para experimentar la sensación de dolor que algunos de sus encuestados decían sentir cuando practicaban sexo.
Condon explora la vida de Kinsey en un insólito juego de equilibrios entre pasión y moderación, entre ciencia y esperpento, eludiendo vicios y trampas propios del biopic, género con peligrosa tendencia a la exaltación y la hagiografía. El director neoyorquino se acerca a Kinsey a través de entrevistas rodadas en blanco y negro, las mismas que el científico hizo masivamente en sus estudios sobre sexualidad, y viaja con él desde su adolescencia en la reaccionaria Indiana de principios de siglo hasta sus penúltimos días en compañía de su esposa, allá por 1956.

Insectos y sexo. Kinsey fue una autoridad mundial en el estudio de las avispas de agalla. Siendo profesor de Entomología en la Universidad de Indiana, conoció entre el alumnado a la que sería su mujer, Clara McMillen (Laura Linney). Ambos eran vírgenes y sus primeras experiencias sexuales fueron un desastre. Siempre tan científico, Kinsey consideró que era necesaria una metodología sobre sexualidad. Poco a poco le pilló el truco -y de qué modo- a la relación marital, y empezó a dar cursillos de matrimonio en la universidad, donde explicaba a jóvenes parejas cuestiones básicas de sexo: masturbación, excitación, posición. Las avispas quedarían relegadas a la vitrina del coleccionista.

La encuesta. Obseso recolector de datos y estadísticas, Kinsey trasladó la rigurosa metodología de estudio entomológico a la investigación del comportamiento sexual humano. Para tal fin diseñó un completísimo cuestionario a modo de cuadrículas y comenzó las entrevistas que, entre 1937 y 1953, llegarían casi a 20.000. Con preguntas íntimas y espinosas como "¿con que frecuencia tiene relaciones sexuales?", "¿a qué edad empezó a masturbarse?" o "¿qué acto masoquista prefiere?"

Las conclusiones. Las principales conclusiones del informe son: a) el 92% de los hombres y el 62% de las mujeres se ha masturbado alguna vez; b) un tercio de los hombres ha tenido una experiencia homosexual y un 4% se declara sólo homosexual; c) el 42% de las mujeres sólo ha tenido sexo con un hombre en su vida; d) el 10% de las mujeres nunca ha llegado al orgasmo, y e) casi el 50% de los hombres casados ha practicado sexo oral, un 45,5% en el caso de las mujeres.
Nadie, hasta Kensey, se había atrevido a hablar de sexo a la cara. Sexual behavior in the human male (1947) y Sexual behaviour in the human female (1953) hicieron crujir la moral del país de pies a cabeza. "Les estás diciendo que sus abuelas e hijas se masturban. ¿Cómo no quieres que se escandalicen?", le dice su esposa, Clara, en un momento de la película. Kinsey hizo despertar a América el sentido de su propia sexualidad.
Una objeción: pese a lo extenso de la muestra, siempre cabrá la duda sobre la veracidad de los datos. La posibilidad de contrastar el informe Kinsey, uno de los axiomas del método científico, es nula.

El escándalo. Visto hoy, tanto ruido social podría parecer gazmoño. Cincuenta años después de las conclusiones de Kinsey, el sexo sigue teniendo muy mala prensa. Las hordas moralistas y ultraconservadoras de EEUU han vuelto a estigmatizar el sexo. Aprovechando el estreno del filme de Condon, salieron a la calle para boicotearla. "El sida, el aborto, el divorcio y la pornografía son parte del legado de Kinsey", bramó el grupo ultraconservador Morality in Media. En el fondo, las cosas del sexo no han cambiado tanto. Qué curioso. Kinsey tendría todavía mucho trabajo.

De Julián García, 2007
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martes, 13 de noviembre de 2018

EL HOSPICIO


Canal hollada, canal vencida
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EL HOSPICIO

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.

Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de agrietados muros y sucios paredones,
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!

Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,

a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

de Antonio Machado
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XXXIII


Era bravía la rosa.
Disfrutaba los colores,
al compás de sus primores,
desbordado de alegría.
Por esa rosa bravía
que me daba sus amores.

Me dijeron que tu cuerpo
ya no valía la pena.
Que ya no estabas tan buena.
Fue tanto lo que te amaba.
que más que correr volaba
para ver tu piel morena.

Un beso te mando yo
en esta noche de luna.
Con este beso me acuna,
sangre de mi corazón,
esa boca de piñón,
esos labios de aceituna.

Con tu canto y con tu risa
vas ganándote a la gente.
Con tu mirada inocente
a todos vas conquistando.
Y aquí me tienes, llorando.
¿Por qué serás diferente?

En el plantar, la virtud
siempre se sitúa en medio:
si lo riegas sin promedio
se te pudre con pesar
Si lo dejas de regar
se te seca sin remedio.

Los valores del deseo
que sientes por agradar,
no se te pueden pagar.
no tienen tasa ni precio;
La arrogancia y el desprecio,
nunca los voy a olvidar.

Un sentido de poder
hay en lo de manejar
del que quiere dominar.
Y, como no hay dos sin tres,
está el de no obedecer
contra el vicio de mandar

Te huelen a boquerones
esas manos que tu tienes.
Te huelen a boquerones.
A mi me huelen a rosas
a jazmines y claveles
esas manos tan hermosas.

De apuntes, 2001
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EL INTERFONO

Una noche, mientras soñaba -lo recuerdo- con un mar sereno en el que nadaba rodeada de sol, el interfono que comunicaba mi dormitorio con el de mi hijo cambió su tenue luz verde por una intensa luz roja y un quejido sonó a través de él. Me incorporé y fui hasta el cuarto del pequeño, al que encontré dormido. Reprimí las ganas de acariciarle el moflete que se le espachurraba cómicamente sobre la almohada y regresé a mi habitación. Me acosté y, acurrucada de nuevo bajo la manta, froté los pies contra el colchón tratando de contrarrestar la frialdad del suelo que habían pisado hacía un momento. Sólo entonces, recuperado el calor del lecho, me percaté de que el sonido del interfono había sido extraño, probablemente fruto de mi sueño y no de mi hijo.
Estaba consiguiendo volver a dormirme cuando a través de la precaria piel de los párpados noté un cambio de luz; abrí los ojos bruscamente y vi que el aviso rojo del interfono centelleaba de manera intermitente. Sin embargo, ningún sonido salía de él. “Habré apagado el volumen y el niño estará moviéndose”, pensé, como si tal combinación de hechos explicase el fenómeno. Naturalmente no me conformé con esa hipótesis y volví a dirigir mis pasos hasta su habitación. El suelo estaba todavía más frío, la puerta estaba entornada en el punto exacto en el que la había dejado, mi hijo seguía durmiendo en la misma posición. Me acerqué hasta su cara, me llegaba su delicioso olor, dormía un sueño tranquilo y respiraba acompasadamente.
Me aseguré de que el receptor que había junto a su cama tuviera el volumen alto y volví por segunda vez a la mía.
Había conseguido relajarme cuando a través del interfono me llegó un llanto repentino e intenso. Me incorporé a toda prisa, corrí hasta el cuarto del niño y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza al encontrarle profundamente dormido. Miré el receptor durante unos segundos con la esperanza de encontrar una respuesta, permanecía de pie en medio del cuarto y sentía el suelo cada vez más frío. Dos posibilidades cruzaron mi mente. La primera, que mi pequeño hubiera llorado un instante en sueños, otras veces había ocurrido; la segunda, que se tratara de una interferencia y me estuviera llegando el llanto del niño del quinto.
De vuelta en mi cama, traté de olvidar lo ocurrido y retomar el sueño del mar y el sol. Imaginé e imaginé con la esperanza de que la imaginación conjurara al resto de mi cerebro y lo imaginado se convirtiera en soñado, pero no ocurrió. Milagrosamente conseguí dormirme otra vez, pero ese mar y ese sol se me escaparon para siempre.
Un “mamá” gritado con angustia me despertó de nuevo. Abrí los ojos y la luz del interfono, roja e intermitente, indicaba el sonido que captaba el receptor, incesante. “Mamá ven, mamá, tengo miedo”, se oyó con claridad. Entre el aturdimiento y los nervios se abrió pasó la certeza de que aquella no era la voz de mi hijo, así que recorrí el pasillo auténticamente aterrorizada. Y allí estaba él, que se había girado hacia la pared y dormía tranquilo… y solo. O eso pensé. Caí en la cuenta de que el niño del quinto tenía sólo dieciocho meses y apenas hablaba, así que no cabía duda de que tampoco podía tratarse de él a través de una interferencia.
Tenía mucho miedo y concentré todas mis fuerzas en evitar pensar. No debía pensar, no debía, tenía que no pensar, si pensaba iba a tener más miedo. Me metí en la cama y me acurruqué junto a él, tan cerca que mi nariz tocaba el pelo que le caía sobre la nuca. Quise verle la cara, y me estaba incorporando con sigilo para lograrlo, cuando una idea me detuvo: era necesario apagar el interfono, era prioritario, me espantaba imaginarlo en mi dormitorio, arrojando sobre la sagrada atmósfera de mi hogar una voz angustiada y desconocida. Anduve los ocho metros de pasillo con decisión y me planté ante mi cuarto. El interfono gemía, gemidos ajenos, infantiles y lejanos, estremecedores como una tormenta que se acerca. Detenida en la puerta, lamenté no haber apagado el receptor, aferrándome a la lógica de que así los sonidos habrían cesado. “Soy idiota”, me dije. Mientras me acercaba al aparato los gemidos se hacían más intensos, alternando con palabras ininteligibles. Toda la decisión de hacía unos segundos se había volatilizado y extendí mi mano hacia el interfono con más temor que si se tratara de un objeto incandescente. Rozaba ya con la yema del índice el botón de apagado cuando palabras nítidas y serenas se elevaron de pronto por encima del resto de sonidos: “Ven. Mamá, ven, por favor. ¿Por qué no vienes?”.
Cogí el interfono y corrí hasta la habitación de mi hijo, pero un ahogo de pánico apagó mi grito y mis fuerzas cuando al llegar le encontré sentado sobre la cama, como algunas veces le encontraba cuando me llamaba, solo que esta vez de espaldas, mirando a la pared de manera terroríficamente incomprensible. El aparato que sujetaba en mi mano derecha continuaba emitiendo lamentos, mi hijo seguía cara a la pared, como un pequeño buda o una estatua en la noche. Inmóvil. Me agaché hasta la mesilla y con la mano izquierda apagué el receptor, pero ni siquiera entonces cesaron las quejas en el interfono, que ardía entre mis dedos fríos. Me repugnó su calor, no pude contenerme más y lo arrojé al suelo con pavorosa ira sin poder ni querer evitar el estruendo que hizo al caer y destrozarse. Entonces mi pequeño se giró, me miró espeluznado y por fin rompió a llorar.
Le abracé y acaricié para sofocar sus sollozos. Fue un llanto largo e inconsolable, pero a mí me pareció vivificador, señal de que una parte de mi realidad volvía y ya no luchaba sola para alejar las sombras. Cuando cayó rendido y se durmió de nuevo, todavía respingó varias veces. Permanecí toda la noche a su lado, vigilante, dispuesta a enfrentarme a lo que quiera que fuera aquello que nos rondaba, preparada para plantarle cara al mismísimo Satanás si aparecía por la puerta, pero sin valor para levantarme a cerrarla y acabar con la horrible rendija por la que asomaba el pasillo oscuro. “El mar y el sol, estoy nadando en el mar, hace sol, mucho sol, nado en el mar…” me repetí una y otra vez durante las dos horas que transcurrieron hasta el amanecer.

de Elena Prado
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martes, 6 de noviembre de 2018

HOY DOBLAN LAS CAMPANAS


Hacia La Canal del Silencio, en La Najarra.
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Nacer
Flotar
Vivir, nada
Nada
Rosas cubiertas de lodo
Eco silencioso
en el eterno sabor del llanto
Hoy vuelve a mirar
a través del cristal
Oscurece
De nuevo el relámpago.
Golpea el cristal
Fuego, y más fuego
-no tenemos nada-
Murmura bajando la voz
Más relámpagos
El cristal se rompe
Su frente con él
Sus ojos con él
Sus labios con él
Su aliento con él
Cesan los relámpagos
Qué soledad absurda
en medio del humo,
en medio del polvo
en medio de nada.
Más rosas, más rosas
Rosas cubiertas de lodo
rosas cubiertas de miedo
rosas cubiertas de nada

de Zeneida Pizarro Verganzo
(Zene)
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XXXVII

En el parque de San Pablo
nos miramos a la cara.
Yo te lancé mi cumplido.
Tú no me dijiste nada.

Al cruzar la calle nueva
te dijeron un piropo;
te pusiste colorada…
y pasaste poco a poco.

La reja de tu ventana
tiene cadena y un perro
para alejar a los mozos
que solicitan tus besos.

Lo contaron en la esquina.
Lo daban todos por cierto:
por la calle paseaste
del brazo de aquel acento.

Con ese talle y figura
imagino veros juntos,
paseando –tú la i-
por la calle –y él el punto.

No lo quería creer.
No lo he visto con mis ojos.
Miraré para otra parte
hasta que cese el embrollo.

Porque sabes que te quiero,
aunque nunca te lo dije:
los ojitos que me clavas
no son de alguien que finge.

Como no te vi con él
y tu sentío me pierde,
mañana, noche sin luna,
a tu reja voy a verte.

de apuntes, 2001
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HOY DOBLAN LAS CAMPANAS


Hoy doblan las campanas.
Hay lluvia. Y hace frío.
En un lecho de luna,
leve, yace dormido,
como un cachorro manso
ansioso de descanso.

Fue niño. Trabajaba
el campo. Sus pasiones:
vivir la vida loca
sin miedos, sin temores;
pero sin compromiso:
es lo que siempre quiso.

No despreció mañanas
de siembras y laureles;
ni tardes de jarana;
ni noches de mujeres
hasta las madrugadas
de bellas alboradas.

Con una mano abierta
tomó de lo que había
en cada esquina torva.
Tal como se sentía,
mostrábase goloso,
y un punto generoso.

Amado fue, y amó,
y tuvo descendencia
que le aportó sosiego
a su vida; y conciencia.
Aunque alguna razón
le diera desazón.

Su sueño era tener
sin fondo, y derrochar,
y en su existencia larga
lo consiguió lograr
sin gran dedicación
y muy poca intención.

No le importaba nada,
y trabajar tampoco.
Ponía su atención
al listo como al loco,
para después reírse:
de todo hacía chiste.

Su mundo fue un lamento
por un tiempo ya ido:
-¡ahora –repetía-
debía haber nacido!
No se quería perder
los goces del ayer.

Poco a poco la vela
agotó su pabilo,
y en esta cruda noche
de otoño, se ha dormido
con la luna en un pozo,
y un coro de sollozos.


Octubre de 2018
Para Ángel, in memoriam
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